Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

ezra pound
LIBROS
El texto definitivo sobre Ezra Pound
La era de Pound, de Hugh Kenner, podría muy bien haberse conocido como “la era de Kenner”, puesto que no existe crítico que haya establecido con más fuerza su demanda por los preciosos bienes de la literatura de lo que lo ha hecho Kenner durante las tres primeras décadas del siglo XX en Inglaterra. Autor de previos estudios sobre Joyce, T. S. Eliot, Wyndham Lewis y Pound (para nombrar algunos), Kenner cruza a grandes pasos la literatura moderna, si no como un coloso, por lo menos como una presencia de formidables proporciones. Un libro nuevo de él es ciertamente un acontecimiento.
La era de Pound (University of California Press, 606 páginas; con ilustraciones) recoge en un volumen gran parte del mismo profundo conocimiento y punto de vista que se encuentran en los más tempranos trabajos de Kenner. En particular, el libro parece haber desarrollado una situación que Kenner descubrió hace 22 años en su primer tratamiento de Pound: "No existe ningún papel bien caracterizado en el que la imaginación esencialmente melodramática del historiador de la literatura pueda ubicar a Ezra Pound, excepto tal vez en el personaje de bárbaro; de allí que tenga poca oportunidad de sobresalir en las extravagancias académicas de los años 60 y 70”. Aunque no lo haya hecho melodramáticamente, Kenner, con su gran capacidad de historiador de la literatura, busca rectificar en La era de Pound el deplorable estado de confusión que rodea al papel peculiar de Oíd Ez [El viejo Ezra].
Bajo la vehemente dirección de Kenner, Pound es ubicado como el protagonista del escenario de la literatura del siglo XX, con un elenco formado por Eliot, Joyce, Lewis, William Carlos Williams (en viaje por América) y de otro proveniente de un medio enteramente distinto, el escultor Gaudier-Brzeska. Ausentes para siempre, o relegados a sólo pequeñas partes, están W. B. Yeats, D. H. Lawrence, Joseph Conrad y Virginia Woolf.
Para Kenner, los meses que directamente precedieron a la Primera Guerra Mundial marcaron el momento más alto de la era de Pound, cuando las semillas de una “asamblea renacentista” parecía que estaban a punto de florecer en el jardín Vorticista de Wyndham Lewis y Ezra Pound. El Vorticismo —la palabra fue inventada por Pound-— estaba concebido para liberar a la pintura y a la literatura de las garras de todo lo que era estéril, y para instalar una nueva vitalidad en el comatoso arte inglés. Su famosa publicación trimestral Blast —solamente dos volúmenes fueron publicados antes de que la guerra arrasara tanto con el movimiento como con la publicación— celebraba las energías vitales que Kenner ve dando vueltas alrededor y sin cesar en el vórtice de ese tiempo: "La poesía inglesa iba siendo liberada de la pintura. La música inglesa de la 'literatura’, la pintura de !la anécdota, la escultura del sentimiento. Cada arte se originaba de nuevo, impetuoso y distinto y simultáneamente del todo liberado de lo mimético”.
La guerra terminó con todo esto, según Kenner, y la destrucción del Vórtice fue algo de lo que ni Inglaterra ni el "hombre del Vórtice" se recuperaron completamente. Pero a pesar de que fue neutralizada por la guerra, el Vórtice había llegado ya a lo que Kenner estatuye como el principal tema de la era de Pound: el descubrimiento que el pasado puede tener una unión íntima, en absoluta independencia, con el presente y que "todos los tiempos pueden reposar en el mismo plano”. La energía de las pinturas paleolíticas de las cuevas del sur de Francia y España, los objetos de la Troya de Schliemann, el Diccionario etimológico de Skeat, la reaparición de algunos fragmentos de Safo: todo era parte de un 'etos' que muy tangiblemente hizo venir el pasado al presente y ayudó a estimular a Pound y a los otros a ver la historia, no a través de lentes de distancia, sino como ofreciendo posibilidades vitales a su tiempo. La visión que sugiere Kenner, de muchos modos subyace en Ulises, en The Waste Land y en los Cantos.
La mayor parte de La era de Pound trata sobre las implicancias del lenguaje y de la forma en un tema que busca fraguar “una realidad ecuménica, en donde todos los tiempos puedan encontrarse sin la ficción del tiempo”. La huida de la mimética convencional y de las estructuras sintácticas es, por supuesto, una característica bien documentada de la literatura moderna: como lo señala Kenner, la era de Pound "dilucida esquemas de dicción y reúne significados no consecutivos de ordenamientos”.
El intento de Kenner de reubicar el papel de Pound aparece, por ejemplo, en el mismo título de este libro: La era de Pound, cuatro sencillas palabras que hacen un reclamo e implican una definición difícil de aceptar. El florecimiento de la literatura modernista en las tempranas décadas de este siglo no puede razonablemente pensarse —y Kenner nunca convence de lo contrario— como acaeciendo en la era de Pound. A la hazaña creadora de Pound simplemente le faltan la significación y centralidad que hace de términos sintéticos tan convincentes como "la edad de Chaucer” o "la edad de Shakespeare”, maneras aceptables de enfocar un período de la historia literaria. Si Pound merece algo mejor que un indiferente público de lectores, y que sus ocasionales críticos incomprensivos y hostiles, sin embargo parece exagerado el dotar a la época con su nombre, o afirmar que él y sus compañeros 'Vorticistas son responsables del hecho que “la lengua
poética se empeña en la actualidad por conseguir fusión e independencia al mismo tiempo, y con frecuencia también la prosa".
Kenner, obviamente uno de los más informados y sensibles lectores de Pound, está siempre dispuesto a recordar la obligación de encontrar a Ezra admirable en todas sus manifestaciones. Encontrar fallas en él implica invariablemente "cavilar”; juzgarlo oscuro es, simplemente, aislarse de la principal corriente de la literatura moderna.
Es esa misma cualidad intelectual la que hace a Kenner con tanta frecuencia fascinante como historiador de la literatura y, al mismo tiempo, tan artificioso y difícil. Sólo un hombre ocasionalmente acrítico en su entusiasmo se sentiría inclinado a afirmar que Ernest Fenollosa, cuyo trabajo con obras de teatro Noh e ideogramas chinos resultó tan importante para Yeats y Pound, fue el único individuo apto “para, por primera vez en centurias, restaurar la metáfora al corazón del proceso poético”.
Como lector de Pound, Kenner es soberbio. Se mueve con facilidad y autoridad a través de los más enmarañados pasajes de alusiones, ideogramas y fragmentos de griego y latín. Como abogado que arguye para que los Cantos sean reconocidos como un triunfal y decisivo término imaginativo es tal vez menos convincente. Irónicamente, su misma excelencia como lector sugiere el grado en el que los Cantos permanecen inaccesibles a cualquier común auditorio que no tenga sus cualidades.
A pesar de la maquinaria teórica de las ligazones de Buckminster Fuller y las integridades esquematizadas que él saca a flote, y a pesar de las ayudas proporcionadas por la vasta erudición de Kenner, los Cantos parecen destinados a permanecer ilegibles para todos, excepto por un grupo leal de entusiastas e inflexibles académicos.
La era de Pound es un libro exigente y excitante, que resplandece al mismo tiempo que antagoniza. Kenner aparece aquí en todo |su virtuosismo, desplegando tanto sus admirables aptitudes críticas cuanto, al mismo tiempo, un estilo de prosa autocomplaciente. No se hace ninguna concesión al lector: como los Cantos mismos, el libro emplea el luminoso pormenor y la "mirada crítica” como su método de organización. Provocativo y Heno de una inteligencia extravagante, el final no altera el sentido de las prioridades de la época, o sus mejores empeños creadores. “Una conmovedora radiografía de cómo nuestra época se desembarazó del fin de siècle, La era de Pound propone una personal pero rigurosamente dibujada visión estructural de la inmediata herencia literaria del siglo XX. ♦
Michael Rosenthal
Copyright The New York Times y Panorama, 1972
PANORAMA, MAYO 25, 1972

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