Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
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Ausencia de Héctor Bianciotti: La literatura como desarraigo Hace quince años que Héctor Bianciotti se fue de Buenos Aires. Era la segunda vez en su vida que “se iba de casa”: la primera ocurrió cuando contaba once años de edad y abandonó a sus padres, en la provincia de Córdoba, para internarse en lo desconocido. La semana pasada se reencontró con ellos; al volver de Córdoba, antes de regresar a París, pasó unos días en Buenos Aires, donde no había estado desde 1961 (y entonces apenas por diez días). Sería fácil adscribir el nombre de Bianciotti a los de tantos escritores hispanoamericanos establecidos en Europa, si no lo separara una circunstancia quizá casual pero reveladora. De los tres libros que ha publicado, sólo el primero ha aparecido en su idioma original: Los desiertos dorados, editado por Sudamericana en 1965. Aunque también escritos en castellano, los dos siguientes (la novela Alguien viaja en la noche y la obra teatral Los otros, una noche de verano) sólo han aparecido en su traducción francesa. "Desde luego que en la Argentina me han considerado europeizado y en Europa no me estiman exótico: es algo que me tiene sin cuidado; creo que siempre hubo una forma de ser argentino que consiste en no querer serlo, en no preocuparse o esforzarse por parecerlo. Por eso mismo soy fatalmente argentino”. En la voz de Bianciotti ha persistido un levísimo dejo cordobés, bajo el tono reposado con que parece meditar mientras habla, mientras echa hacia atrás un largo mechón rubio que insiste en cubrirle la frente. “Precisamente si un prestigio cultural tiene la Argentina en Europa, es el de sus grandes desarraigados, esas figuras espléndidas como Borges o Le Parc o Cortázar, aun sus directores de teatro, que no apelan a los misterios de lo «telúrico» —esa palabra espantosa— para integrarse, lisa y llanamente, en una corriente única de creación e investigación”. EL MUNDO ENTERO. Bianciotti sonríe tímidamente, como si tuviera conciencia de que sus opiniones no le ganarán el afecto de las mayorías seudointelectuales. Desde su posición de lector de libros en idioma español e italiano para la editorial Gallimard, ha visto desfilar innumerables novelas de tipo testimonial o exótico, donde la buena voluntad recorría el camino más corto hacia la mala literatura. A partir de este año, ya no lee los libros que le propone el editor; él mismo busca originales y autores: “Es menos trabajo pero tanta más responsabilidad...”. Qué pasa con los autores de este continente en su traducción al francés, es algo abierto a especulaciones, y versiones, a menudo contradictorias. "Ante todo —aclara Bianciotti—, no hay autores no franceses que se conviertan en grandes éxitos de librería, salvo los contadísimos best-sellers internacionales. Las mejores obras traducidas del inglés o del alemán se venden poco: una media, en la colección Du Monde Entier, serían mil ejemplares; cinco o seis mil ejemplares de una obra traducida son una cifra excepcional. Esto, desde luego, no tiene nada que ver con el prestigio: un editor de grandes éxitos, como Laffont, que ha vendido cientos de miles de ejemplares de Papillon, considera que en el plano literario su casa "se salva” por haber traducido a Buzzatti y a Bioy Casares. (Años después de La invención de Morel y El sueño de los héroes, acaba de sacar el Diario de la guerra del cerdo y ha firmado contrato con Bioy para publicar en francés su obra completa en un plazo de dos años). Sobre sus libros propios, Bianciotti se muestra más parco. Su obra de teatro le parece lo más logrado. "Cada libro mío sale de una página de otro, y sería ocioso señalar que el material de Los otros, una noche de verano tiene una materia común con mis novelas”. Bianciotti trabajó en el teatro desde su adolescencia cordobesa, y cuando partió hacia Europa en 1955 alentaba ambiciones de convertirse en metteur-en-scéne: estudió en Italia, primero, y más tarde se estableció en España, donde actuó en unos seis o siete films, fue ayudante de dirección de Luis Escobar y montó revistas musicales. Cuando tuvo la oportunidad de actuar como asistente en una puesta en escena de ópera en Salzburgo, la policía española descubrió que no había registrado su entrada y atravesó una ordalía burocrática. LO QUE NO SE SABE. "Los autores que me gustan son los que me dan ganas de escribir y Virginia Woolf me da más ganas que nadie”, confiesa. "Cuando los franceses redactan una solapa o contratapa se sienten obligados a comparar, a hacer nombres”, explica, cuando le señalan que la Woolf, James y Musil figuran en las referencias francesas a sus libros. "Los desiertos dorados pareció tan ajeno a lo francés y a la idea francesa de lo hispanoamericano, que me buscaron una genealogía inglesa: no la vertiente Joyce sino la vertiente que de Virginia Woolf terminó fecundando a Nathalie Sarraute...”. "James, para mí, es un continente y, salvando las distancias de altura, diría que el eco reconocido en mis obras quizá sea el de que son dos visiones desarraigadas: nunca habría podido James ver Europa como lo hizo si no fuera americano, ni hablar de América como lo hizo de no haber vivido casi toda su vida en Europa. Además, no soy de los que se sientan a escribir para decir algo que ya saben sino para llegar a decir algo que no saben todavía. Se escribe para alcanzar, para buscar ese secreto. La esencia es ésta, no el secreto en sí”. No en vano la nota que precede a la edición francesa de Los otros, una noche de verano pide al espectador que se abandone a la representación ideal de esa obra como a una música, "que no tiene mensajes ni significaciones inmediatas, pero que echa su línea a lo más profundo de nosotros para sacar de vez en cuando algo precioso, algo sumergido, algo que al subir a la superficie” del alma —y aunque no sepamos muy bien de qué se trata— amplía nuestra visión del mundo, de nosotros mismos”. ♦ PANORAMA, DICIEMBRE 19, 1970 |
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