Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

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Juan Filloy: Las 39 y una obras en la noche de un marginal

Ante todas las cosas, su rostro es indescriptible. Tiene algo de seráfico y de goyesco a la vez: ojos traslúcidos y enormes, rasgos que esconden una leve severidad y una desbordante ternura; y mientras prende ceremoniosamente su pipa, también se enciende a su alrededor una espléndida ironía, un humor infatigable. “A mí el premio me sacó de quicio”, confiesa Juan Filloy, un hombre de 76 años que en nada se parece a un anciano: su vitalidad es desconcertante. El viernes 11 de junio recibió el Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, motivo por el cual tuvo que romper su amado aislamiento en una casona de la ciudad cordobesa de Río Cuarto, donde nació en 1894, en el barrio General Paz. "Me fastidia haber salido de mi rutina, ¿pero sabe por qué me alegró el premio?: por la alegría que dio a los demás”.
Filloy aún no ha reaccionado de la ambigua emoción que de despertó el premio. Su desconcierto es comprensible: su carrera literaria es la más marginal de la literatura argentina, su nombre es la clave de un misterio y no tanto el apellido de un escritor.
En 1910 vio impreso por primera vez un texto suyo, en un oscuro quincenario dirigido por Horacio Quiroga, quien por entonces también se llamaba Eduardo. En 1931, Filloy publicó su libro inicial, una serie de notas sobre sus viajes, llamado Periplo. Como el resto de las obras publicadas en la década del 30, ésta tuvo una tirada limitada de 500 ejemplares. “Yo era un escritor clandestino —recuerda ahora, mientras maniobra su pipa—: mis libros iban a parar a las personas que quería”. Luego vinieron Balumba (1933), poemas más bien procaces; Op Oloop (1934), considerada su mejor novela édita; Aquende (1936); Caterva (1937), una novela de marginados admirada por Julio Cortázar, y Finesse, de 1939. “Este último libro de poemas —recuerda Filloy, sonriente—, lo escribí porque mi mujer me pidió que escribiera un libro que pudiera leer cualquiera, hasta mis hijos, cuando pequeños. Es un libro muy delicado, lo único delicado que he escrito, en realidad. Yo no me ando con tapujos de ninguna especie cuando escribo”.
Esa falta de solemnidad, esa tendencia a utilizar temas, expresiones y palabras no estrictamente recomendables le valieron, a la larga, esa condición de escritor clandestino. Abogado y juez, Filloy no quería deteriorar una imagen indispensable para el oficio que ejercía. El sistema de tirada limitada, sin distribución comercial, no impidió, sin embargo, que diversos ejemplares de Balumba sirvieran de combustible a hogueras purificadoras en múltiples patios de beatas familias. Con Op Oloop, además, editor mediante, intentó ingresar en el terreno de la distribución normal. No obstante, por ese entonces, regía en la Municipalidad una ley mediante la cual todo libro, antes de ser publicado, debía pasar por un consejo censor. Obviamente, los catones de siempre se abalanzaron sobre él.

YO CONOCI VACAS INFELICES. Unos años atrás, la colección de literatura argentina, de la editorial Paidós dirigida por Bernardo Verbitsky, reeditó Op Oloop y Estafen, y próximamente relanzará Caterva y la novela inédita La potra, donde una ninfómana inglesa, propietaria de una estancia, combate fervientemente los crueles métodos de la inseminación artificial, que impiden a las vacas gozar de vida sexual. El mismo Filloy, por otra parte, en su habitual tirada limitada, ha editado Ignitus —un drama— y en los próximos meses Yo Yo y Yo —tres monólogos paranoicos—, Witness —virulentos poemas contra los Estados Unidos— y Vil y Vil, una sátira sobre los golpes militares. “Todos estos libros —señala— los editaré de la misma manera, con el mismo formato de tapa —sólo cambiaré los colores— y con mi logotipo”.
También prepara la edición de otros libros suyos —lleva escritos 40 en total—. Dentro de la diversidad de su obra, todos tienen desde ya algo en común: cada uno de sus títulos cuenta invariablemente con siete letras, y ninguno comienza con la misma palabra. “Uno se queja de la vida de provincia, pero tiene la ventaja innegable de permitirte usar plenamente tu tiempo”, advierte. Filloy no se queja de su destino: casado con una compañera admirable, padre de un hijo —ingeniero, de 34 años— y de una hija —licenciada en literatura, de 31—, su intención ahora es sacar a la luz esa obra tan pacientemente urdida, donde el papel de escritor siempre lo jugó entre la gravedad y la ironía.
Enclavado en la década del 30, en una tradición que después daría obras como Adán Buenosayres y Rayuela, Filloy es un caso ejemplar dentro de la literatura argentina, y parte imprescindible de ese carácter único ha sido la marginalidad inusual a la que fue relegada su obra. Aunque no es menos cierto que el propio Filloy reconoce haber cultivado esa clandestinidad con tanto fervor como otros han cultivado la promoción, la fama. Mientras saca por segunda vez la tabaquera de su impecable traje, el ermitaño acota, con una enorme sonrisa: “Además, la clandestinidad es un notable agente difusor”. ♦
M. P. R. (nota: trataríase de Marcelo Pichón Rivière)
Panorama 22/06/1971

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