Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

mao tse-tung
Poeta Mao: El vuelo interminable del ganso salvaje
A raíz de la aparición en Francia de Poésies completes de Mao Tse-tung (L’Herne, 134 páginas), el poeta egipcio Georges Henein desentrañó —para el semanario L’Express— la importancia de una obra poética que suele ser desechada, hasta despreciada, por los occidentales. Henein señala su importancia tanto en el discurso poético cuanto en el trascurso de la historia.

Los lectores europeos pueden caer en la tentación de creer que Mao Tse-tung tiene una predilección por los lugares comunes. Es un error. Lo propio de los chinos es que muchos lugares singulares les son comunes. Que son aficionados a ellos como especies de emblemas, y que extraen del paisaje un complemento de identidad. En el discurso político, como en el de la poesía, vemos aparecer árboles, montañas que florecen, anchos ríos que corren. Y el viento mismo interviene, con una presencia carnal, para modelar los seres, para enlazarlos y conquistarlos para su lenguaje. 'Vivas como el viento... esas hijas de China tienen mil ideas extrañas', escribe el presidente Mao en un breve poema cuyo título es significativo: "Para una fotografía de las milicias populares femeninas”.
Me parece esencial apelar aquí al interés de una obra que trasmite la visión de Mao, en su estado de subjetividad colectiva podríamos decir, y de una manera más sensible que en el Libro rojo: se trata de esta edición de sus Poesías completas, traducidas y comentadas por Guy Brossolet, conocedor prudente y minucioso, que vive actualmente en Hongkong. Si uno quisiera ser malévolo con el espíritu de la mirada occidental, tendríamos una prueba de su indiferencia hacia la verdad en la escasa repercusión que tuvo este volumen.
La disciplina poética china comienza con la estructura misma del ideograma poesía. Se compone, señala Brossolet, de dos partes: el de la izquierda significa palabra, el de la derecha, "sala donde las cosas son dichas como deben ser". Así, desde siempre, el poeta se atiene a un lugar central, a partir del cual practica el bien decir. Nada, en su actividad, podrá ser gratuito. El capricho fantasioso no lo roza. La intimidad del verbo es un dominio público. El poema enseña al hombre a durar por las palabras.
Y las palabras le descubren la naturaleza y el lugar que ocupa en ella; la sociedad, y el papel que juega en ella.

SIMBOLOS. Mao acepta estas reglas, muy antiguas, del clasismo chino y se mueve plenamente entre ellas. En admirables versos, la inteligencia respira, el cuerpo reflexiona, la tierra es justificada: 'He ascendido hasta la verdeante cima por cuatrocientos sinuosos senderos. / Ante la vasta extensión líquida, lanzo sobre el mundo una mirada equitativa.'
La última etapa de la epopeya militar de la Larga Marcha acuña esta concentración lírica: 'El cielo es alto, las nubes son claras; / El ojo persigue al ganso salvaje hacia el sur interminable. / No seremos hombres si no llegamos a la Gran Muralla'.
La evocación importante, en forma subyacente, es aquella de los gansos salvajes: su vuelo teje el pasaje del tiempo en la serenidad de la historia. Los conflictos humanos, las revoluciones, las dulces intrigas de amor son las estaciones mecidas por el batir de las alas, por ese estremecimiento del espacio. Un siglo antes de nuestra era, otro poeta, el emperador Wu, saludaba ya ese símbolo fluido y perpetuo. De Wu a Mao, después de dos millares de grafismos literarios, no se abandona al ganso salvaje, que continúa lanzando su grito en el viento.
Si Mao no fuera más que el jefe no tendría derecho más que a la mitad del respeto que los chinos le tienen. Pero él es, para ellos, debido al artesanado poético que ejerce, el hombre atravesado de lugares y patinado por el tiempo, el hombre en movimiento que no reniega de la patria inmóvil del pasado. ¿Está lejos del pueblo, como pretende Robert Payne en su Portrait d’un révolutionaire? En ese caso sería un ejemplo perfecto del solitario-solidario, y eso explicaría que el pueblo se sienta tan cerca de él, tan atento a sus signos.
El es el poeta de la memoria púdica que puede designar la aurora, y que le crean. Porque la aurora no está, como el poder, al borde del fusil. Ella tiene necesidad de la memoria. Y Mao es la memoria de China.

CARICIA. Mao es hijo de un pequeño propietario, catalogado en la época como "rico” porque cultivaba una hectárea y media, en Choa-chan. “El 15 de cada mes, recuerda, él les hacía un favor a los obreros, y les daba huevos con arroz, pero nunca carne." El 25 de junio de 1959 Mao visita el territorio de su infancia. Y es entonces cuando se entrelazan los dos momentos de su vida: 'Frágiles imágenes de mi partida —¡maldita el agua que pasa! / Del viejo jardín, hace 32 años. / La bandera roja entonces se enrolaba en las lanzas de los siervos / y las manos negras tenían alto el látigo de los tiranos.'
Luego se derrama, libera su alma: 'Qué alegría ver los campos de arroz y de legumbres ondular como mil olas.'
Esta es la caricia profunda del Oriente. El caravanero la deposita como un beso sobre las arenas del desierto, el montañés la confía a los oídos de las fuentes, el campesino la dedica al perfume de la tierra. Ella es el lazo y la unidad: el momento puro de toda la existencia que retorna de sus golpes. ¿Imaginemos un instante a François Mitterrand haciendo el ridículo con una frase poética sobre los pastores de Normandía?
En la sala donde las cosas son dichas como ellas deben ser, Mao permite a los chinos comulgar con el tiempo de China, con el suelo de China. Allí está la abundancia de los pobres.
Copyright L’Express, 1971.
PANORAMA, AGOSTO 17, 1971
 

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