Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

Miguel Gila
MIGUEL GILA: A CONTAR VIDAS
La Guerra Civil Española, la última guerra de hombres románticos, generó una cosecha de resentidos y exquisitos del humor negro. Miguel GilaEs natural. Uno de los derrotados, Miguel Gila, todavía arrastra las penurias de esa catástrofe que sólo sirvió para demostrarles a los españoles que eran, simplemente, españoles.
Lejos de sus apariciones comerciales, de su fino humor —el mismo que lo mantiene en las pantallas de la televisión—, también de ese otro humor que se burla de las desgracias, Gila publica 'Un poco de nada', una colección de recuerdos, perfectamente enlazados en el tiempo y en la narración, una travesía gigantesca referida por mínimos y sencillos detalles.
Desfilan personajes y elementos insólitos, casi todos humildes; ordenado, el autor los monta de tal manera que su libro se convierte en un círculo perfecto. Al parecer, Gila pretende ironizar parabólicamente sobre la guerra; sin embargo, sólo consigue exaltar esa locura española. A los héroes de yeso, contrapone los sacrificados restos de los combatientes (quizá sea parcial: los desvalidos siempre son republicanos); a un mundo que nace —buena parte de estas vivencias están ancladas en la década del ’40— le enfrenta las contradicciones naturales; ingenuamente, no puede olvidar sus padecimientos. Dice que “es necesario gritar que las guerras las inventan gentes poderosas y corrompidas, que los monumentos a los héroes se erigen sobre cadáveres y ruinas”. Hubo quienes han gritado mejor contra esa Ley Universal; él lo sabe y, modestamente, ofrece su historia: el dolor de un soldado, la muerte de sus compañeros, la ignorancia de un pueblo, su increíble evasión de un fusilamiento.
Parecería que Gila, como escritor, ya está más allá de ciertos rencores; pero, comprensiblemente, no puede olvidar: “Hacía años que mi vida no valía nada. La humillación y la obediencia habitaban en mí. Si no me rebelé contra nada y acepté seguir viviendo, si no fui capaz de correr hasta el muro para ser abatido por el certero disparo de un centinela. Si fui capaz de seguir viviendo por el solo hecho de no aceptar la muerte como algo mejor que la humillación. Si por cobardía quise seguir viviendo, tenía que hacerlo como correspondía a mi condición de: sí, señor. Claro, señor”.
Las confesiones, una feroz prosa descriptiva, la frialdad de las resoluciones, el tramado perfecto de las historias convierten a Un poco de nada (Schapire Editor) en un poco de todo.

¿DE QUE ME OLVIDE?
Pasó los 50 años, tiene una risa franca y amplia; sin embargo, no hace chistes cuando habla. Tiene cara de gallego —es madrileño—, es pequeño pero debe de ser fuerte. Era mecánico de aviación antes de la guerra; luego, durante tres años, soportó la cárcel, para saltar a la radio y, aunque nadie lo crea, relató partidos de fútbol, alabó, como locutor, las ventajas de un detergente o de una bebida sin alcohol. Más tarde, quizá sin rumbo, fatigando a escondidas máquinas de escribir, Gila colaboró en el semanario de humor La Codorniz. Entonces, trascendieron sus dibujos, perdió el Miguel.
Se propuso, siempre, ridiculizar a quienes inventaron las guerras. Así se ganó la vida. Ahora, sin olvidar su sustento, apunta a reflotar otro costado de la guerra, el verdadero. Si por televisión sus parlamentos abundan en coroneles infradotados y generales delirantes, en este ejercicio literario sólo se encontrarán zapateros, empleados de comercio, escribientes, dueños de alojamientos, peluqueros.
Su memoria rescata gestos, muebles y colores: “Sólo han quedado en el desván —reconoció a primera plana en el número 429— mis peleas de niño, el olor de la casa donde nací y las lágrimas de mi madre”. Su objetivo: retratar la decadencia de una época, sorprenderse “por haber escuchado órdenes de vencedores a vencidos en el mismo idioma... que el que mataba y el que moría hablasen la misma lengua”.
Estos postulados de Gila, con valiosas perlas de humor y de surrealismo —también desempolvó antiguos avisos: cómo curar las hemorroides, la solución de la impotencia, cómo crecer ocho centímetros en 15 días—, recalan en 223 páginas antológicas. Y, por sobre todo, humildes, como esa dedicatoria enternecedora a su amigo Federico, ese que tiene 18 años en una libreta, pero que realmente tiene dos, que “no sabe de envidias ni rencores, ni de traiciones ni de hipocresías, que no sabe lo que es la muerte, que ni siquiera sabe llorar”. Es decir, ignora todo lo que Gila quisiera que el mundo pudiese olvidar.
Revista Primera Plana
15.02.1972
 

ir al índice de Mágicas Ruinas

Ir Arriba