Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

árbol de navidad
Un árbol de doce siglos

Desde que Bonifacio, un misionero inglés en Alemania, reemplazó el culto de Odín y su adoración en torno del roble sagrado por el rito de los tributos al Niño Jesús y la mística del pino de Navidad, hace doce siglos, los símbolos de la celebración han sufrido una plácida metamorfosis encaminada a convertirlos en elementos decorativos antes que en una ofrenda.
Hasta entonces, los druidas engalanaban sus casas con muérdago y los sajones con hiedra, acebo y laurel, y la liturgia doméstica no era todavía una exaltación de frivolidad, como ahora, a través de pequeños artefactos, pesebres de terracota y esferas de cristal y plástico, restallantes de colores. En desmedro de aquella unción, la luminosidad del pino, incorporada por Martín Lutero, implantó un clima de regocijo no necesariamente poseído de religiosidad: el champaña y los fuegos artificiales no son, obviamente, partes del dogma.
Pero tanto como los abrigados papás Noel, los pinos nevados eran, en la Argentina, una de las más graves manifestaciones de inadaptabilidad, casi una aberración folklórica. Hasta la Navidad anterior, los arbolitos ostentaban capullos de algodón y una escarcha de virutas plateadas, pero a partir de entonces, en Buenos Aires se insinuó tímidamente una revisión de las formas tradicionales. Este año, los melancólicos arbolitos de Navidad desecharán de cuajo sus reminiscencias invernales y se adaptarán al verano: los colores fríos serán reemplazados por rojos y anaranjados brillantes, pifias y flores serán los adornos preferidos y, por supuesto, se derretirán las nieves y los algodones.
No sólo eso se verá en la Navidad 1964; esta vez, las ramas de pino (naturales o artificiales) pueden reemplazarse por estructuras de plástico o hierro, de paja o madera. En Snob, un herrumbroso subsuelo de la calle Posadas, en el barrio Norte de Buenos Aires, saturado de objetos antiguos y modernos, era posible, hasta la semana pasada, admirar (o, por lo menos observar) dos revolucionarias estilizaciones de pinos.
Sobre un cono de hierro erizado de ganchos —fue antes un secador de botellas— se colocaron hileras de globos de vidrio, de distintos tamaños y tonos, interrumpidas cada tanto por gruesas velas de sebo. El conjunto alcanzaba a ocultar una lámpara eléctrica que lo circuía de un halo rojizo, tenue.
Tanto más audaz era el árbol de perchas, la más alta colgada del techo y que servía de enganche a las demás. Por una vez, las perchas —de madera— no sostenían trajes o vestidos: en sus extremos pendían globos de colores. Una tensa cinta roja simulaba, con esfuerzo, el tronco.

El pino del espacio
Mabel Castellanos (soltera, profesora de dibujo), una de las dueñas de la galería Antígona, de la calle San Martín, se hundió en el escepticismo ante tan irreverente estallido de pop-art: “Yo sigo prefiriendo los pinos de siempre; las modas son pasajeras”, sentenció. Sin embargo, un pino de paja, un cono macizo, compacto, incrustado de adornos, “me cautiva, de veras.”
Por ahora, toda incursión a la extravagancia queda librada a la iracundia y a la imaginación de los estrafalarios, y en tanto en los comercios sólo se expenden pinos convencionales, de papel y alambre, a menudo raquíticos, en una decena de ateliers se engendran raras especies de cinc, madera y cáñamo, con incrustaciones de vidrio y plástico, y adornos de chatarra y resortes de acero, espiralados, “algo muy apropiado para quienes deban celebrar la Navidad en Cabo Kennedy”, señaló un diseñador. Y otro, algo más afiebrado, agregó: “Si buscamos representatividad, las rampas de lanzamiento son el arbolito de nuestra época.”
A espaldas de la profecía, miles de pinos artificiales se multiplican, como trífidos, en bazares y jugueterías de Buenos Aires: los más diminutos, casi de la altura de un pan dulce, se conseguían a 25 pesos; los más desarrollados (dos metros y medio) costaban entre 2.300 y 2.600 pesos. Una variedad novedosa —los árboles metalizados, desarmables, importados de los Estados Unidos—, más funcional y homogénea, se cotizaba, según su tamaño, entre 600 y 2.800 pesos. Para decorarlos —velas y enanitos encaramados en las ramas y una guirnalda de luces eléctricas, intermitentes—, convenía disponer de mil pesos más.
Pero para los entusiastas, el pino es apenas el costado material de un rito que exige prolijidad, ingenio “y un profundo sentido de la estética; en esto no se puede ser chabacano”. Acudir a los adornos, desde las centelleantes esferas de vidrio hasta las flores de celofán y los cirios multicolores es. siempre, una maniobra riesgosa; es allí donde el decorador juega su prestigio.
El equilibrio entre la sobriedad y la chafalonería discurre en zonas difusas: “Lograr que un arbolito inspire espiritualidad e irradie un aura de ternura requiere aptitudes de poeta, no es soplar y hacer botellas”, explicó un vendedor de la juguetería Colón, de la avenida Santa Fe, dedicado a la venta de gráciles globos de vidrio, soplados.

Las luces frágiles
Repetidos en todos los tamaños y en todos los colores, los globos constituyen el principal ingrediente para la decoración de un árbol de Navidad. Acondicionados en cajas de cartón, que preservan su alta fragilidad, se venden desde diez pesos cada uno, los más chicos, hasta 200. Las estrellas de Belén, para asentar en la cúpula del árbol, entre 300 y 500 pesos.
Otros tipos de globos constituían un desvaído exponente de originalidad. Presentaban una superficie semiahuecada, en cuyo seno revivían escenas bucólicas o escalofriantes: lánguidas damiselas echadas sobre raudos trineos o cazadores de torso desnudo que perseguían cervatillos espantados. Cada uno de estos artefactos costaba 140 pesos. En varios comercios del centro se venden esferas de vidrio, decoradas a mano, desde 30 pesos. En este caso, las motas blancas o los rayados chillones reemplazaban a las sinfonías tontas.
Los vendedores especializados coincidieron, la semana pasada, en que con 1.300 pesos, término medio, es posible consumar una decorosa ofrenda navideña. El buen gusto aconseja, además, guardar una cierta moderación: si los globos son grandes, bastarán cuatro o cinco. Si se pretende un mayor realismo, las florerías pondrán en venta ramas de pinos, naturales, a alrededor de mil pesos, o pinillos enteros, desde 2.000. Pifias y frutas de la estación se conseguirán a precios de plaza. Conviene no barnizarlas, por los chicos.
22 de diciembre de 1964
PRIMERA PLANA
 
 

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