Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado



Pronsato

PIONEROS
Una aventura de nunca acabar
Avanzó con seguridad entre el mobiliario esgrimiendo un bastón. Apenas se detuvo para arreglarse el poncho con descuidada coquetería. "¿De Buenos Aires?”, preguntó. Entonces le trepó al rostro una emoción que terminó vibrándole en los brazos. Es en definitiva la única debilidad que se tolera recién ahora, a la vejez. “¿Están prendidas las luces?", se impacientó luego. Delató así sin quererlo —Junto con su intacto carácter— que las tinieblas con las que convive desde hace 25 años no le preocupan demasiado. Por el contrario, le ayudaron a recrear las imágenes que conserva de su prolongada vida; personajes, escenas y paisajes que repuja con minuciosidad en su prodigiosa memoria.
A los 89 años (dos hijas, cinco bisnietos) el ingeniero Domingo Pronsato es un testimonio vivo de toda una época, uno de esos personajes decisivos para la historia de una región o de un pueblo, que el progreso desmemoriado se fagocita sin remedio. La semana pasada en su casa de Bahía Blanca ("mi único patrimonio”), no pareció fatigarse durante las cuatro horas de una entrevista nacida a instancias de su último libro: El desafío de la Patagonia. Tenía borbotones de anécdotas, críticas y proyectos que salieron sin método disparados junto con los nombres de personajes que conoció aquí o en Europa. Bailey Willis, Primo Capraro, Emilio Frey, Guido Jacobacci y Martín Shefield entre los prohombres patagónicos de su época. Pero la lista puede ser insólita, arrancar en Gardel y Ceferino Namuncurá y concluir con Ernesto Hertz, María Curie, Federcio Nietzsche, Verdi y Puccini. Es sin duda, el último testigo de toda una época sureña.
“Nací aquí en Bahía en 1881, de padres bahienses (Antonio Pronsato y Catalina Zona) cuando esto era una aldea. Apenas tenía siete años (en 1888) me impregné de un perdurable cariño hacia la Patagonia. Hicimos un viaje en carreta hasta Algarrobo Clavado (hoy, simplemente Algarrobo), una aventura que duró 15 días pasando por médanos, los anchurosos bañados de Sauce Chico y los salitrales de Chasicó. Allá tenía unas tierras mi abuelo Domingo, un pionero que había llegado en 1856 con la Legión Agrícola Militar del Coronel Silvino Olivieri. Era una avanzada para colonizar la campaña vecina al poblado".

OTROS TIEMPOS. "Después del primario me mandaron a estudiar a Buenos Aires en el colegio salesiano Pío Nono. En 1896 tuve por compañeros a Ceferino Namuncurá y Carlos Gardel. Recuerdo que el hijo del cacique tenía su genio. En los recreos nos distribuía unos palos de escoba que utilizábamos a la manera de armas aborígenes. El lanzaba un gracioso grito de guerra: funiculi, funiculá, a la guerra de Namuncurá. Era la orden de ataque para los bandos. Otra vez desensilló el caballo del repartidor de leche y disparó montado al pelo para retornar con picardía.”
Sus estudios superiores se resolvieron curiosamente: "Mi padre (en 1900), vino a Buenos Aires y me pescó en una milonga. Entonces me fletó a estudiar a Europa”. En Génova se doctoró en Física. En 1907 pasó a Turín y se graduó de ingeniero electrotécnico. En Milán la empresa Edison decidió especializarlo en hidroenergía en la Alta Italia. Pero además se entusiasmó con la política (“Me hice socialista y hasta me metieron preso. Conocí y admiré por entonces a Filippo Turati, cabecera del socialismo reformista italiano"), por la música ("viajaba hasta Alemania para escuchar las óperas de Wagner") y por la arqueología ("me especialicé, en Creta”). Fue partidario de la revolución operada en las ciencias físicas y astronómicas. Además tuvo tiempo para casarse con Elisa Cosmeli. En Italia le dio dos hijas. Con toda su familia y 30 años de edad regresó a Bahía. Desde entonces (a excepción de alguno que otro viaje, incluyendo uno a Europa en 1932), se prodigó para su ciudad. Se preocupó del futuro patagónico. Como agrimensor (especialidad que también alcanzó), mensuró 750 mil hectáreas de campos en el norte patagónico. Confeccionó el catastro de su ciudad (30 mil casas, lotes y quintas) y amojonó el trazado de 4 pueblos, además de intervenir el 1º de enero de 1918 en la fundación del Balneario de Monte Hermoso. Chequeó información con Bailey Willis y Emilio Frey en sus trabajos de estudios hidrológicos y topográficos que posibilitaron el trazado del ferrocarril a Bariloche. Hasta juntó oro en el mismo lugar que lo hizo el aventurero Martín Shefield (un ex sheriff texano que persiguió delincuentes norteamericanos en la Patagonia —entre ellos al ahora publicitado Butch Cassidy—, para trasformarse luego en buscador de oro). "Recuerdo que el americano fue asesinado por tres chilenos que codiciaban 3 botellas de Cinzano que él había logrado llenar de oro, unos 19 kilos. En ese mismo lugar (cerca del llamado Hoyo de Epuyén) nosotros lavamos oro durante 20 días y obtuvimos unos 100 gramos”.
De aquellos años surgen sus recuerdos más bucólicos, los que considera más sabrosos: “En 1916 realicé una travesía a caballo de más de mil kilómetros que abarcó una extensa zona, hasta El Bolsón (Chubut). Por entonces me gustaba contemplar detenidamente el atardecer patagónico. Si llegábamos a algún cerrito le pedía a los peones que se fueran. En soledad, experimentaba una sensación difícil de describir, como si uno fuera dueño de todo eso”. Eran tiempos de asado con cuero, de lungas paradas en estancias. A cada paso era fácil encontrarse con vestigios de la vida aborigen. "En una toldería encontré colgada de uno de los cueros endurecidos de la vivienda, una lanza tacuara con banderola punzó".
La anécdota en boca de Pronsato tiene un significado especial, un insólito y nonagenario regocijo: es admirador del Brigadier General Juan Manuel de Rosas. Por lo menos exalta la campaña al desierto del año 1833. Como sus amigos lo susurran, es el filo más polémico de su personalidad, también el más valiente. Uno de los proyectos que incluye en su Desafío... es un ampuloso homenaje a Rosas en Médano Redondo, un lugar cercano al río Colorado. Propone se levante allí la reproducción de un fuerte que funcione como museo, rodeado de una colonia agrícola. Quizás esos sueños reivindicatorios los conoció un ex comandante del Quinto Ejército con asiento en Bahía Blanca: el general Juan Carlos Bocha Uriburu. El también se embarcó en esbozar un homenaje parecido un año atrás en Cipolletti (Río Negro). Una casualidad, parece.
No ha sido el único proyecto que imaginó. Ciudades industriales al sur del río Colorado, integraciones económicas regionales, explotación petrolera en la bahía (ya sugerida en 1924), fueron objeto de puntillosos planes. El mayor quizás —su broche de oro— es sin duda el que esbozó en 1943: unir por ferrocarril los puertos de Bahía Blanca y Talcahuano (Chile) "para desarrollar la economía patagónica y para que ganemos un puerto en el Pacífico".
Como si fuera poco, su exquisita sensibilidad artística y una aguda captación de los bermellones (que los horizontes patagónicos suelen encender al atardecer), le hicieron desembocar en la pintura. Setecientas telas son su abundante producción. Van desde 1926 hasta mediados de la década del 40. Interviene en múltiples exposiciones nacionales y extranjeras. En el 1933 expone en Genova. En el 37 en París. En 1939 en Nueva York. Un año antes ya había perdido el ojo derecho en una crisis de hipertensión ocular. Años más tarde queda definitivamente ciego. Desde entonces fue un incansable escritor. Desde Hacia otros Horizontes (1924) hasta el Desafío... su obra se impregna de cariño sureño. En su último libro (300 páginas y 1.200 pesos viejos), el abogado José Cafasso (53) efectuó las correcciones y prologó la obra. Para escribir Pronsato se asiste desde hace 18 años de una fiel secretaria: Isabel Mux. A ella se agregó últimamente una docente especializada en ciegos: Victoria Arizmendi (29). "Nos tiene al trote. Dicta con energía, incansablemente. Pero lo admiramos", suelen coincidir. Cuando ellas abandonan la vieja casona bahiense (al 200 de la calle Dorrego), el ingeniero tantea las llaves de luz. Elisa Cosmelli todavía está allí para acompañarlo. El dormirá pero poco. "A las cuatro de la mañana ya mi cabeza comienza a trabajar”, se alegra. Por la mañana lo visita Amleto Zanconi, un amigo industrial a quien confiesa cada proyecto. Cuando llega la hora del dictado, sus secretarias deben abalanzarse sobre una antiquísima máquina de escribir. Esos repiqueteos durarán por lo menos “hasta que el roble caiga. Porque lo hace de golpe", susurra en el abrazo de despedida.
PANORAMA, JUNIO 2, 1970







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