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Grete Stern: una pasión en blanco y negro

A fin de mes un museo porteño expondrá 70 retratos de famosos personajes: es la obra retrospectiva de una talentosa fotógrafa alemana que supo apresar, detrás de un visor, la exacta dimensión del hombre y su entorno

Ocurrió en 1933, en el pequeño local de una librería londinense. En su trastienda, distraído mientras observaba algunas ediciones de teatro clásico ¡lustrado, el dramaturgo Bertolt Brecht esperaba la llegada de una señorita que, momentos antes, le había solicitado insistentemente su buena voluntad “para que yo me apodere de su imagen con una máquina de fotografiar”. Entre curioso y divertido, quizá porque estaba de vacaciones y tenía tiempo libre, ya que los críticos teatrales, actores y editores ignoraban su presencia en la capital inglesa, Brecht acompañó a la empeñosa fotógrafa hasta su atelier. Ya allí, la timidez de la chasirete desapareció: una vez que conectó las luces del estudio, suave pero terminante, comenzó a hablar con su visitante. Poco a poco, el autor de Madre Coraje fue cayendo en las redes de esa compatriota suya que sutilmente le imponía a su gesto un toque de humor, una actitud displicente, una mirada lejana. Entonces, cuando la pose logró el ángulo deseado, la cámara fotográfica funcionó. Una, dos, tres veces hasta que la sesión —después de una larga conversación sobre teatro moderno, escenografías y actores famosos— llegó a su fin.
Años más tarde, en 1947, el poeta chileno Pablo Neruda caía envuelto en idénticas redes, frente a las mismas luces, sumiso a los designios de la artista. Sin embargo, esta vez el escenario era una habitación alquilada en los altos de la Galería Güemes de Buenos Aires, junto a una ventana que daba a la calle Florida. Así, mientras la conversación giraba en torno a las poesías del vate, su rostro redondo y ancho era captado por el objetivo fotográfico, se incorporaba a la colección de personajes que la retratista acumula en su archivo, un verdadero itinerario que a fines de agosto se exhibirá en los salones del Museo Nacional de Bellas Artes de la ciudad de Buenos Aires.

EL PINCEL EN EL OJO
Mientras en su pequeño estudio la fotógrafa Grete Stern —68, dos hijos— ultimaba los detalles de su muestra, aceptó improvisar una definición ante el cronista de Siete Días: "Fotografiar —dijo— es lo mismo que pintar: simplemente hay que saber mirar, apreciar cada
rayo de luz, el contorno que ribetea y envuelve aquello que intentamos hacer perdurar. La cámara es, sin lugar a dudas, un instrumento mecánico que hay que domesticar, de la misma manera que el pintor aprende a manejar los pinceles, pomos de pintura y la paleta. Todo debe reducirse a saber esperar, apreciar el momento oportuno para apretar el botoncito; algo que jamás podrá repetirse porque una foto, como un cuadro, es una imagen única, irreproducible”.
Alumna del prestigioso diseñador Ernst Schneidler en la Escuela de Artes Gráficas y Aplicadas de Stuttgart, Alemania, GS supo encontrar muy pronto un lugar dentro de un oficio al que las mujeres aún no habían accedido. La fotografía, en los años veinte, era todavía una actividad "secreta", cuyas técnicas plásticas recién entonces se estaban descubriendo y cuyas aplicaciones artísticas eran consideradas como un mero trasplante mecánico de la realidad física. Aquellos que encontraron una vertiente plástica a través de una cámara, cerraban sus logros en pequeños cenáculos infranqueables. “En ese entonces —recuerda— tuve oportunidad de asistir a una exposición de retratistas norteamericanos. Como siempre me interesó la figura humana, especialmente los rostros, comprendí que el dibujo (algo que yo practicaba desde adolescente) no podía encerrar toda la gama de posibilidades que brindaba una película de celuloide bien trabajada. Luego de estudiar profundamente las caras severas y afiladas que delineaban los dibujantes alemanes de la Edad Media, me decidí a emprender un estudio más metódico del arte fotográfico”.
Quizá porque su insistencia demostraba algo más que un simple interés femenino, su hermano la puso en contacto con Walter Peterhans, profesor del célebre Instituto Bauhaus de Artes Plásticas y Diseño. Alumna "durante un año completo, durante todos los días en clases que duraban mañana y tarde”, encontró en el especialista alemán "un verdadero maestro". De esa época —1930—, Grete Stern conserva su primera cámara, una Linhof de placa, complicada máquina que aún hoy preside un rincón de su estudio, en las proximidades del Palacio de Justicia porteño
En 1935, ya casada con el fotógrafo argentino Horacio Coppola, se instaló durante tres años en Londres, hasta que a fines de 1938 emigró a la Argentina. "No me resultó difícil adaptarme, quizá porque mi compañero conocía el idioma y las costumbres de este país". Instalada en un pequeño estudio, se vinculó rápidamente con publicistas y editores porteños, reproduciendo a pedido de plásticos locales sus cuadros y esculturas. “Pero duró poco porque nuestra hijita se enfermó y tuvimos que irnos a Córdoba buscando mejores climas. Cuando todo pasó —recuerda— nos instalamos en Ramos Mejía, donde yo me dediqué de lleno a mi vocación de retratista".
Desde entonces Grete Stern buceó en los personajes más famosos del ambiente plástico y literario: Antonio Berni, Lino Spilimbergo, Emilio Pettoruti, Demetrio Urruchúa, entre otros, posaron para ella. “Para poder hacer un buen retrato —aconseja— hay que ir más allá del objetivo de la cámara: hay que saber captar el espíritu humano, intentar ser un poco psicóloga, aunque todo eso sea intuitivamente. Yo veo una cara y, si me gusta, la reflejo a mi manera. A diferencia del pintor, el fotógrafo lleva el pincel en el ojo. Hay que dedicarse mucho tiempo a observar, jamás buscar lo que uno quiere fotografiar a través del visor o del vidrio esmerilado. Hay que saber exactamente lo que se quiere, iluminar precisamente, modelar la figura de acuerdo con esa idea.
Entonces, cuando todo está resuelto, se aprieta el botoncito. Lo demás es mecánico y no cuesta mucho trabajo adquirirlo”

PUNTOS DE VISTA
Cuando en 1943 Stern comenzó a trabajar para las editoriales Losada, Emecé, Club del Libro, la Imprenta López y agencias de publicidad, comenzó una trayectoria creativa que la obligó a recorrer todo el país. Una selección de sus mejores trabajos mereció ser expuesta en 1949 en los salones de la Unión Panamericana, en Washington, y al año siguiente ofreció una muestra de retratos y paisajes en Buenos Aires. En 1965, luego de un viaje a través de las comunidades aborígenes del Norte argentino, exhibió en el Museo de Arte Moderno sus secuencias documentales. "Pretendía con mis fotos trasmitir la tremenda situación en que se encuentra esa gente y, paralelamente, hacer un aporte al conocimiento que se tiene de ellos", dijo al recordar su periplo.
Poco afecta a las exposiciones de los foto clubes ("porque esos trabajos no me parecen interesantes, ya que se trata de fotos técnicamente perfectas que no dicen absolutamente nada y no me llaman la atención") y ferviente estudiosa, en cambio, de las obras de los grandes retratistas internacionales, GS prefiere no comparar su estilo al de otros colegas. Cuando Jorge Luis Borges aceptó trasladarse hasta su estudio de Ramos Mejía y pasar un día con ella para que su rostro fuera simplemente observado por la artista, consideró que las tres placas que registró fuesen perfectas.
“No sabría decirle en qué se diferencian mis retratos de los otros que le tomaron a Borges —dice—, ya que jamás vi ni estudié una sola foto del escritor. Prefiero no hacerlo". Lo mismo ocurrió cuando visitó a Neruda; ahora, a 25 años de aquel día, esforzando su precaria memoria, GS trata de reconstruir las principales dificultades que tuvo que superar: “La suya no es una cara fácil de fotografiar, no es bonito, aunque sea un hombre de mucha importancia en las letras. Los ojos juntos, hundidos, son realmente muy difíciles de iluminar. Afortunadamente no llevaba lentes, porque si no hubiera complicado aún más las cosas. Además, Neruda acostumbra inclinar mucho la cabeza, impidiendo apreciar exactamente todo el entorno de su geografía facial”.

SETENTA PERSONAJES, UNA AUTORA
Grete Stern acepta que sus años no han pasado en vano, “aunque ya son muchos”. Desmemoriada, ajena a los pequeños detalles de su vertiginosa vida, dedicada por entero a una pasión en la que invirtió desde joven todos sus esfuerzos, la fotógrafa justifica su próxima exposición con un juicio terminante: “Lo hago para demostrarme que todavía estoy; que todavía hago, que aún veo y aprecio el mundo que me rodea, la gente, las caras, las cosas, los objetos. Pero también para rescatar esos rostros, un pequeñísimo muestrario de tanta gente linda, de esos gestos que alguna vez estuvieron junto a mí, frente a mi ojo, dentro de un pequeño trozo de película enhebrado en la máquina de sacar fotografías”.
Por eso, quizá la artista hace hincapié en el permiso previo a su trabajo: “Fotografiar es apoderarse, apropiarse de una imagen ajena, vencer las resistencias que todo el mundo puede llegar a sentir frente a alguien que lo observa. Algo así como meterse dentro de un mundo particular, en el cual los ajenos, los extraños no tienen tanto derecho —algo que muchos fotógrafos no tienen presente— a penetrar. Por supuesto, cuando alguien acepta las reglas de este mecanismo y vence esas resistencias, se puede lograr un reflejo muy bello, pero subjetivo, de la personalidad de un hombre y de su entorno”.
Más allá de la filosofía, pero más acá de ese mundo de personas y objetos que vive ensobrado dentro de miles de negativos, GS prepara su exposición. Por eso, cuando 70 poses se cuelguen en las paredes del Museo 'Nacional de Bellas Artes, y aunque su autora no lo advierta, le estarán devolviendo una atenta mirada, una aguda percepción de su propio mundo. Quizá entonces, cuando los cuatro autorretratos de la artista se exhiban junto a una retrospectiva de su obra, Grete Stern tendrá una exacta dimensión de su propia existencia.
Siete Días Ilustrados
14.08.1972
 
La casa de Grete Stern en Villa Sarmiento,
Partido de Morón, Provincia de Buenos Aires,
Argentina


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