Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

tren trasandino
Rieles argentinos en la ruta del Gran Capitán
Por EROS NICOLA SIRI
Fotografías de Enrique Herrera


Acompáñanos, lector. Vamos a realizar un viaje extraordinario deslizándonos sobre la potente diagonal de acero que une al Atlántico con el Pacífico, a través de pampas infinitas y desiertos de piedra, encaramándonos finalmente en el imponente macizo andino.
Sólo realizándolo se puede medir en toda su magnitud lo que significa este viaje.
Es emocionante aquilatar la voluntad y la pericia de los maquinistas criollos que conducen con singular maestría las locomotoras que realizan la avanzada más gigantesca del riel argentino, precisamente en la ruta gloriosa que marcó el general San Martín. Allá, en cada uno de los peñascos y ventisqueros andinos, donde quedaron como hitos las tacuaras de sus soldados, surge hoy una estación o un simple apeadero ferroviario del riel argentino, que viene a proclamar que la independencia económica de la patria es actualmente tan real como la independencia política.
Causa admiración ver a esas pequeñas locomotoras del trasandino argentino encaramarse en las cuestas y vencer, palmo a palmo, al gigante. Allí, en esta difícil etapa, es donde se aprecia el valor y la capacidad del ferroviario criollo.

El viaje
A las 6.35 ha arribado el tren internacional a Mendoza. En el mismo andén, a la derecha, está ya listo para partir el Trasandino, al cual trasbordan pasajeros y carga. Su pequeña locomotora lanza al espacio en la diáfana mañana cuyana sus chorros de vapor. La campana de la estación indica la partida. El reloj marca las 7.10.
La etapa trascordillerana se inicia lentamente. No es posible, ya en terreno ascendente y caracoleado, marcar “records” de velocidad. Ahora todo se torna cauteloso, y el maquinista y sus ayudantes no apartan sus sentidos ni una fracción de segundo del comando de la máquina.
El macizo andino apenas se dibuja en lontananza, y avanza el convoy por sus primeras estribaciones y contrafuertes.
A 13 kilómetros de Mendoza nos enfrenta con el glorioso villorrio de Paso de los Andes, allí donde el Gran Capitán inició la cruzada libertadora. Como un símbolo de grandeza, el Trasandino tiene tendidos sus rieles sobre el camino cordillerano que siguiera el ejército de San Martín, o sea por el paso de Uspallata, lo cual condensa en sí la hermosa realidad de ver rieles criollos en la ruta del Libertador.

Un tren de juguete en un paisaje de cataclismo
El Trasandino, prolongación en la montaña del Ferrocarril Nacional General San Martín, sigue impertérrito su ruta en la cordillera. Su pequeñez contrasta con la grandiosidad de la naturaleza, que se hace más recia a medida que el convoy va escalando la imponente mole para penetrar en el mismo corazón de los Andes.
Observado desde cualquier ángulo o altura, el Trasandino parece un verdadero trencito de juguete en medio de ese paisaje de cataclismo, donde a su frente, a su derecha o a su izquierda se abre el abismo. Las altas cumbres nevadas, sus ventisqueros y farallones, pareciera que van a desplomarse sobre el convoy, que, metro a metro, kilómetro a kilómetro, va ganando altura y dominando la reciedumbre pétrea del gigante.
Puentes de mecano sobre abismos insondables, líneas que serpentean en escalofriantes laderas, túneles horadados en la roca viva es lo que va dejando el pequeño tren que sigue su marcha hacia las nevadas cumbres. Así ve el viajero desfilar ante sus ojos atónitos los pueblitos montañeses de Blanco Encalada, Cacheuta, Potrerillos, Guido, Uspallata, Polvareda, Punta de Vacas...
Sobre las 14 llega el Trasandino al Puente del Inca, paraíso de esquiadores y andinistas.

La última etapa
El trayecto que media hasta la estación Las Cuevas, en el límite internacional, “es el más bravo”, según expresión de los maquinistas. Hay que cubrir catorce kilómetros en empinada cuesta, mordiendo el riel cremallera.
Trasponiendo siete túneles artificiales que protegen las vías de las avalanchas de nieve, el Trasandino, al caer la tarde, llega a la última estación.
El lugar está cubierto de nieve, y la vía ha tenido que ser dejada expedita por medio de los “arados barre-nieve” y de las escuadrillas de obreros que a punta de pala y pico abren picadas en el hielo, a ambos lados de las vías. Con su último resoplido, la diminuta locomotora detiene el convoy en la frontera con Chile. Un simple cambio de máquina se opera allí, y ahora, arrastrado por una locomotora eléctrica chilena, el Trasandino se internacionaliza: cambia de piloto y, dirigido por personal del país vecino, reanuda la marcha a través del túnel construido por el hombre en la roca viva en una longitud de 3800 metros. Al otro lado se abre nuevamente la agreste grandiosidad andina.
Nosotros hemos descendido. Y al perderse la cola del tren dentro del túnel, nos embarga la emoción.
El cielo cargado de nubes plomizas que se estrellan y deshacen contra el cono del Aconcagua se aclara de pronto con un rayo de sol que se proyecta al sesgo sobre el filo de la cordillera y que ilumina, cual luz votiva, la gigantesca imagen del Cristo Redentor.

Revista Argentina
01.04.1950
tren trasandino
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