Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado


príncipe de Lieja




ALBERTO DE LIEJA: UN PRÍNCIPE A LA DERIVA
—¿Y esa sirena? Lo deben de haber encontrado. ¡Abran la ventana, che!
—Quédate tranquilo, que es el príncipe de Lieja...
Durante los seis días en que el príncipe Alberto de Lieja recorrió Buenos Aires en un automóvil de la Cancillería, adornado con banderitas belgas, equipado con una ululante sirena y precedido por cuatro motocicletas, los porteños encerrados en las oficinas céntricas vivieron repetidas veces el mismo sobresalto. Es que el secuestro de Aramburu era el tema que excitaba a todos, y cada vez que se advertía el paso de una comitiva oficial y se oían las sirenas policiales, empezaban a abrirse todas las ventanas.
Mezclado en esa confusión y aprovechando que los periodistas se ocupaban del caso Aramburu, Alberto de Lieja anduvo desde el sábado 30 de mayo con toda comodidad por las calles de Buenos Aires, como ningún otro príncipe pudo hacerlo jamás en la Argentina. No necesitó siquiera protección policial para caminar por Florida o para ir a tomar fotografías a la magnolia de la Recoleta. Tampoco lo persiguieron los fotógrafos cuando entraba o salía del Plaza Hotel, porque todos estaban apostados frente al edificio de Montevideo 1053, atorados con el desfile de personajes que frecuentaban la casa de la familia Aramburu.

LAS MUJERES. Alberto de Lieja no tuvo necesidad de envolverse en su aparatoso uniforme de marino (ostenta el grado de capitán de navío) para concentrar la atención de las mujeres que se dieron cita en el hall del hotel, la tarde de su llegada. Le bastó con un traje gris de calle y una corbata de colores apagados, porque con su pelo rubio encrespado, sus ojos azules y su altura (1,82) era suficiente. Caminaba con toda naturalidad, sin aires principescos, y solía responder con amables sonrisas a quienes le echaban miradas demasiado curiosas. “Tiene papada", fue la única crítica que recibió de las mujeres; el resto de su figura parecía aceptable.
Una pertinaz minifaldera de 25 años, que el lunes 1º esperó ansiosamente en el hall del Plaza durante tres horas para atraparlo, se le acercó al verlo bajar del automóvil y le propuso en voz baja un joint-venture. El príncipe le contestó con una de sus típicas sonrisas y siguió de largo. “De eso ya nos hemos ocupado nosotros", susurró al oído de la joven uno de los empleados del hotel.
Desde luego, la ansiedad del príncipe por conocer la belleza argentina en todo su esplendor no fue difícil de calmar. “Mire, el que dio trabajo en serio fue un tipo que vino de Indonesia hace como diez años. Ese quería poco menos que un harem...", reveló a Panorama uno de los choferes del servicio diplomático, refiriéndose a la visita del príncipe Sukarno, ocurrida en mayo de 1959.

LLUVIA Y DESAYUNO. Durante la visita que la comitiva belga hizo el miércoles a los astilleros de Ensenada, uno de los funcionarios de la Cancillería le alcanzó un paraguas para que se protegiera de la fina llovizna, pero el príncipe rechazó amablemente el ofrecimiento. “La lluvia fortifica el pelo", explicó. Rato después, cuando el agua le chorreaba por el cuello y empezaba a sentirse molesto, se secó con un pañuelo. El funcionario insistió, pero no pudo quebrar la terquedad de la nobleza belga. “La lluvia es buena", repitió obcecado, y sin darse cuenta metió el pie derecho en un charco. Embarrados hasta los orejas por los salpicones, los motociclistas de su custodia que debieron abrirle paso durante todo el viaje de regreso a Buenos Aires, no pensaban lo mismo de la lluvia.
“Todas las mañanas se levantaba a las 8 y preguntaba por el estado del tiempo; cuando yo le llevaba el desayuno, se comía una docena de tostadas con mermelada y manteca, dos huevos duros, un pedazo de queso fundido y se tomaba un par de tazones de café con leche”, reveló Severino Siccardi (58), el maître del Plaza. “Al mediodía —dijo Siccardi— almorzaba liviano: un bife con ensalada, crépes-suzettes y agua mineral sin gas. Y se leía tres diarios: Buenos Aires Herald, Le Quotidien y La Nación. No hubo que limpiarle ningún traje, porque trajo muchos y usó uno por día. Sólo mandó lavar una camisa de nylon y algunas medias. Eso sí, en cuanto podía se escapaba a la calle con la cámara fotográfica y los bolsillos cargados de rollos. Es medio maniático. Yo no me explico para qué tantas fotos si no se alejaba del hotel más de diez cuadras. Pero es un tipo sencillo, eh...; le gusta charlar con todo el mundo y está siempre contento. ¡Qué diferencia con otros que estuvieron aquí!”.

DE COMPRAS. El jueves pasado, cuando Panorama lo entrevistó en una sala del hotel y le recordó que en marzo de 1962 la visita del príncipe Felipe, duque de Edimburgo, había coincidido con el derrocamiento del presidente Frondizi, Alberto de Lieja no pareció inmutarse. “Son coincidencias”, fue todo lo que se le ocurrió decir. En ese instante, claro, en su mente flotaba una duda: ¿las crisis políticas serán tan frecuentes en estos países que siempre habrá coincidencias de este tipo? Sin embargo, la mayor parte de los porteños reunidos frente a las pizarras de los diarios arriesgaba otra clase de conjeturas: “¡Estos principinos traen mufa!", se comentaba en la puerta de La Prensa en la mañana del martes, cuando el automóvil con las banderitas belgas atravesaba ruidosamente la avenida de Mayo rumbo a la Casa Rosada.
Se le preguntó esa vez si no temía que lo raptaran y soltó una carcajada. "¿A mí? ¿Y por qué habían de raptarme a mí?” Pero su sonrisa se cortó cuando le dijeron que no era conveniente que anduviera solo sacando fotos por la calle, mientras recrudecían los procedimientos policiales y se agudizaba la tensión política. Entonces, como le quedaba un solo día en Buenos Aires, prefirió hacer sus últimas compras acompañado de algunos funcionarios de la embajada. Su equipaje se ensanchó con seis pares de zapatos y media docena de carteras de cuero. Entre ellas, una para su mujer, Paola de Lieja, que compró en 80 mil pesos viejos.
El príncipe había venido, en verdad, para concretar ventas y no para hacer compras, pues su visita respondía a una programada misión económica compuesta por 50 funcionarios del Ministerio de Comercio Exterior de Bélgica, de los bancos privados de Bruselas y de media docena de empresas industriales belgas. Los resultados de tanto despliegue aún no se conocen. De eso tendrán que informar ahora minuciosamente los funcionarios argentinos que lo acompañaron en las recepciones oficiales (a las que no pudo asistir el presidente de la Nación), porque la suite del príncipe belga costó al gobierno argentino 68 mil pesos diarios.

¿Y PAOLA? La visita de Alberto de Lieja, además de eclipsarse por motivos políticos, tuvo también un factor negativo más difícil de superar: la ausencia de su hermosa mujer, Paola de Lieja, con quien no parece llevarse muy bien en los últimos tiempos. Se sabe, porque las revistas europeas suelen abundar en infidencias sobre la vida en las casas reales, que “Paola y Alberto viven juntos pero duermen separados”. Ese es el último chisme que revelaron los sirvientes del Cháteau de Belvedere, la fastuosa residencia de Bruselas, donde viven con sus tres hijos: Felipe (10), Astrid (8) y Lorenzo (7).
Nacido en esa misma ciudad en 1934, como tercer hijo de Leopoldo III y la reina Astrid, Alberto siempre fue más apuesto que su hermano mayor, Balduino, ahora rey de Bélgica, y siempre se apoderó con más frecuencia que él de las crónicas sociales. Su noviazgo con la despampanante rubia Myrta Sciarra sirvió para llenar páginas enteras, pero el casamiento con Paola Ruffo di Calabria, una italiana de sangre azul y silueta estilizada, en febrero de 1959, era para todos el final de sus aventuras amorosas,. Sin embargo, a pesar de que Paola le ha dado dos hijos varones (el primogénito, Felipe, probablemente se convierta en rey si su tía Fabiola sigue sin darle descendencia a Balduino). Alberto ha vuelto a las andadas. "Tengo mucho trabajo —se defiende el príncipe— y debo viajar constantemente al frente de estas misiones económicas. Por eso estoy poco con mi familia.” La excusa le sirvió en los últimos dos años para visitar Estados Unidos, México, Gran Bretaña, Dinamarca, Suecia, Japón, Perú, Arabia Saudita, Irán, Congo e Indonesia. Eso sí, siempre en su calidad de presidente de honor de la Oficina Belga de Comercio Exterior.
También tiene dos cargos más para ostentar: presidente de la Cruz Roja de su país, de la Caja General de Ahorro y Jubilación, y senador por derecho real. Pero como está obligado a demostrar conocimientos marinos por su condición de capitán de navío, suele organizar espléndidos cruceros con mujeres hermosas que se pasean elegantemente en la cubierta del yacht privado. Impotente en su tarea de retenerlo cerca del hogar, Paola se desquita de dos maneras: haciendo compras en las más caras boutiques europeas y comiendo más de la cuenta, hasta perder la silueta.
El viernes al mediodía, tras firmar una declaración en la Cancillería argentina, conjuntamente con el ministro de Economía, José María Dagnino Pastore, Alberto de Lieja partió de regreso a su país. Cuando el Boeing despegó de Ezeiza se recostó en el mullido asiento del avión dispuesto a descansar de tanto ajetreo y pidió a sus colaboradores que lo dejaran dormir tranquilo. No pudo hacerlo: al rato lo despertaron para anunciarle que a bordo de esa máquina se iba a celebrar una gran fiesta. “No, déjenme tranquilo”, rogó al personal de servicio del Boeing. “Es imposible —le contestaron— porque vamos a festejar su nacimiento. Dentro de pocas horas usted cumplirá 36 años.”
PANORAMA, JUNIO 9, 1970
 

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