Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

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Cruzadas
Villa Garrotazo, la primera en volver


Esta es una historia de amor, una historia que empezó hace trece años, en la India, a la sombra de un cobertizo, la vez que un viejo de piel reseca y ojos acuosos puso una mano sobre el hombro de su hijo, un muchacho de 15 años, enjuto, nimbado por el asombro, y le dijo: “Ve con ella, Ramachandra; sé como un hijo para ella; ayúdala, querido Ramu.” A su lado, Adelina del Carril de Güiraldes, la viuda del autor de Don Segundo Sombra, sonreía.
La historia no tiene final, se proyecta a través de un cono de esperanza en cuyo extremo cae un sol decembrino, un sol pringoso y una atmósfera de yuyos, en San Fernando, al norte de Buenos Aires; al final del cono resuena, acústica, la voz de un hombre que calza alpargatas y una camisa raída, que dice Queremos ayudar. Y, detrás de él, un coro desafinado, voces de mujeres de crenchas duras y de niños desnudos, panzones, sucios de moco y barro, repica: Queremos ayudar, queremos ayudar.
La historia continúa; se despatarra sobre la ciudad y florece en el fondo de una zanja, a la vera de un rancho de latas y en los despachos de prudentes funcionarios. Un brote se coló a través de la ventana del presidente Illía: “Ayudaremos —prometió—; me parece un proyecto perfectamente realizable.”
A partir de ese momento, los miembros de la flamante Asociación de Comunidades Rurales Argentinas (ACRA) respiran algo más acompasadamente. A los 28 años, Ramachandra —Ramu— siente que su larga peregrinación no fue inútil. El 12 de setiembre, ACRA suscribía sus estatutos, la tinta eje una aspiración elemental: “Crear condiciones de vida satisfactorias en torno de comunidades agrarias, técnica y socialmente organizadas, en las que puedan establecerse las familias que habitan en la actualidad las villas de emergencia, que hayan acreditado capacidad para el trabajo rural y deseos de recuperar un nivel de dignidad humana, y de seguridad económica y jurídica.”
El origen de ACRA es, tal vez, la resultante de sueños obsesivos incubados por Ramu a lo largo de su soleada desolación, cada vez que sus ojos tropezaban con el raquitismo de los desheredados, cada vez que despegaba sus ojos de las citas de Gandhi y la miseria lo agredía por dentro. Su penitente deambular por los laberintos donde la promiscuidad cuece el desdén, y el desdén resentimiento, lo retrotrae a aquel tiempo en que sus tíos, que habían compartido las prisiones del Padrecito Mahatma, le susurraban, desconsolados: “Quien acepta lavarse las manos y piensa yo no soy guardián de mi hermano, es Caín redivivo.”
“Hay que trabajar y no hablar”, masculló Ramu en medio del camino, cuando su mente comenzó a germinar la idea de concebir comunidades agrarias, a la manera de los ashrams gandhianos, o de los kibutz y moshaves israelíes. Convencido de que la acción personal era el único atajo para atravesar indemne la barricada de ese resentimiento, un día su voz resonó, estentórea, dentro de sí: “Una comunidad se hace con trabajo, y no con palabras”, algo que desde 1930, desde que en los pajonales de Puerto Nuevo se instaló la primera villa miseria (Villa Desocupación), se repitieron muchos políticos, henchidos de buenas intenciones, florecidos de lágrimas y reprimiendo el hedor.
Villa Garrotazo, en San Fernando, “un lugar donde ni la policía se aventuraba de noche”, un rancherío en el que bullían 4.000 desamparados, decidió a Ramu a la acción, hace algo más de un año. Pero para entonces su fervor ya no crecía solo, ralo, en la tenue orfandad en la que yacen los precursores. Antes, una muchacha rubia que cursaba Bellas Artes y a la que un libro de Albert Schweitzer conminó a ingresar en Medicina (“Hay libros que como dagas toledanas cortan las amarras de los mejores navíos”) coincidió en su encrucijada y de allí continuaron juntos.
Casi sobre la marcha de sus planes, otro libro —Jesuitas y masones— empujó a Ramu a encontrarse con su autor, el polémico Töhötom Nagy (número 79), jesuita húngaro reducido al estado laical por expresa autorización del Papa y que, con el cura Kerkai, había fundado en su país el movimiento Kalot, un programa social para la integración del campesinado. Residente en Buenos Aires y profesor de Filosofía en un instituto privado, Nagy admite haberse sorprendido la vez que, al cabo de una de sus clases, un alumno lo enfrentó para confesarle: “Me he anotado en este curso nada más que para acercarme a usted. Quiero interesarlo en algo, en trabajar juntos."
“La suya, la de Ramu, fue una persecución despiadada”, sonríe Nagy, convertido ahora en uno de los adalides del operativo Villa Garrotazo, junto con dos miembros del movimiento Catholics for Latin América —los norteamericanos Jack Evans y Tom Hollywood—, incorporados no bien Ramu hendió su pala en el primer charco de aguas estancadas. La Catholics for Latin América es una organización inspirada por John Kennedy, cuyos embajadores —Evans y Hollywood, en la Argentina— propugnan la idea de convertir a los moradores de las villas de emergencia en individuos comunitariamente útiles, inyectándoles una vocación que les es ajena: el afán de superación, un aliento aplastado bajo las chapas calientes, los adobes y los iglús de piedra que millones de aborígenes latinoamericanos han convertido en templos de la barbarie, para delectación de los turistas, indirectamente.

Nadie dijo adiós
Era la primavera de 1963; el momento en que las glicinas se desataban en una catarata de azul sobre los techos de cinc.
—¿Y para qué queremos una zanja? —preguntó, escéptico, un hombrón curtido por la molicie.
—Debemos drenar todo esto —contestó Ramu.
—¿Drenar? —El hombrón se rascó la cabeza.
Tanto como las moscas, zumbantes, un torbellino de chicos giraba a su alrededor. “¿Van al colegio?" No, no iban: “Mi tata no tiene pa zapatillas, ni pa delantal, ni cuaderno”, explicaron todos a la vez. Sin embargo, la zanja —un desagüe que pasaría por debajo del terraplén de SEGBA— era todavía una necesidad más apremiante que la escuela, ya que los pobladores de Villa Garrotazo se abastecían de agua contaminada mientras aguardaban, impávidos, que la Municipalidad cumpliera su promesa, renovada cada tanto, cada vez que unos señores se aventuraban en la zona —casi siempre en vísperas de elecciones— a compadecerse y a sentir un poco de asco, la cuota necesaria para templar su desidia.
Alumnos de una escuela primaria colaboraron con su director, Carlos Castronuovo, para apresurar el cavado de la brecha, y riendo se hundieron en el yuyal y desafiaron la indiferencia de los habitantes de la villa, atisbando a lo lejos. Pero bajo el lamido del sol, los muchachos no tardaron en escatimar su colaboración: los exámenes, el peligro de contraer alguna enfermedad, la acritud de sus padres, el simple desaliento, fueron carcomiendo su entusiasmo. El dicharachero frenesí de los primeros días concluyó, de nuevo, en una renuncia solapada, en puntillas, que Ramu, Jack Evans y Tom Hollywood no tuvieron tiempo de reparar. Encorvados por el esfuerzo, decir adiós significaba perder mucho tiempo.
Cuando quedaron solos, aquel hombrón que tres meses atrás se había golpeado contra la palabra drenar emergió de pronto de entre los juncales, se quitó su viejo chambergo y tímidamente anunció: “Vengo de parte de mis compañeros de la villa. Quisiéramos hablar con ustedes. ¿Puede ser mañana?”
Al día siguiente, Ramu aprendió que la indiferencia es sólo la costra de la desconfianza y que hay una sola terapia para erradicarla: el tesón. “La zanja es insalubre; hay que abrir una vertiente, terminarla.” Los miembros de una extraña asamblea se revolvieron sordamente, murmuraron entre sí y se barrieron a miradas. Uno de ellos, Argentino Rivero, sillero, dio un paso al frente y aventuró: “Cuente con nosotros, don.” Los demás asintieron, y, detrás de ellos, las mujeres se persignaron y también asintieron. Tres hombres de afuera se habían encastrado en sus vidas, y eso era algo que no podían aceptar sin un escalofrío; por lo menos, era algo que ellas no habían visto antes.
Ña Tomasa, la mujer de Romualdo Quinteros, rompió definitivamente el recelo. Quinteros se alineó entre los primeros osados, y ella (“Si hubiera sido rica, hubiera estudiado medicina”) no quiso que le sacara mucha ventaja: mucama en hospitales, doméstica en consultorios médicos, fue así aprendiendo a aplicar inyecciones, a asistir partos, a distribuir entre las demás mujeres sus conocimientos de primeros auxilios. “Ahora, con el calor y el peligro de las diarreas de los chicos, lo que hace falta aquí es un dispensario ... La escuela está bien, pero vendrá después", sentenció.

Empezar otra vez
A un año de la primera palada, el torrente de agua fluye ahora límpido, y el dispensario (“Vea, jefe; hemos pensado que si nos ponemos a hacer las cosas, las hacemos como la gente”) eleva ya su estructura de material: dos habitaciones y un vestíbulo por los que Ña Tomasa persigue, ufana, ataviada de enfermera, haciendo flamear su toca, al doctor Boló Bolaño, comprometido a visitar la villa todas las mañanas.
Bajo la advocación de ACRA, lo que empezó como la utopía de un afiebrado es ya una comunidad socialmente constituida, un reverbero de sueños que se alientan a la caída del sol, en los cálidos crepúsculos del Delta, en informales asambleas en las que Ramu y sus amigos acarician blandamente el lomo de un animalito domeñado, nacido allí e hijo de todos; el futuro, se diría que un cuzco de cola inquieta.
En el patio del recién inaugurado Club de Fomento, donde sábados y domingos se organizan bailes con el fin de proveer fondos para medicamentos e instrumental del dispensario, las 40 familias que integran Villa Garrotazo asisten a cursos de cooperativismo, que dicta Nagy (fundador de 800 cooperativas agrarias, desde 1935 a 1945, en Hungría) y a lecciones de economía, e historia y geografía argentinas, que les imparten Ramu y Castronuovo. “Últimamente llegaron alumnos de otras zonas, gente que nos envía el padre Soares, que vive en una villa Miseria del Tigre”, dice Ramu.
Ante sus pupilas se abre un horizonte inesperado: “Ustedes viven en el fondo de un pozo —les advierte Castronuovo—. Los que estamos afuera podemos sentarnos en el borde y arrojarles migas de pan para que no terminen de morirse, o tomar la escalera que tenemos a mano y ayudarlos para que salgan a la superficie. Para recoger las migas, basta con abrir la boca. Trepar la escalera significa esfuerzo, un riesgo. Pero ustedes decidirán, lo que prefieren.”
La decisión se expande como un viento fresco e inunda a todos de un ansia vital: en su mayoría provenientes del campo, chacareros o peones, los ocupantes de Villa Garrotazo se agrupan, solidariamente, en torno de un mismo anhelo: volver a la tierra, pero no a aquella tierra que debían trajinar por leguas en busca de un poco de agua, donde los chicos sucumbían, “porque no había más medicinas que las hierbas del monte”, y donde los grandes vadeaban las noches en blanco porque el hambre cruje y no deja dormir. “Volveríamos unidos, a trabajar juntos, a fundar un pueblo”, ruegan. “Como las golondrinas, queremos volver”, se alza la voz quejumbrosa de Isabelina Vera.
Hasta tanto la hora llegue, Ramu está construyendo un rancho de tierra amasada, junto al de Argentino Rivero, temeroso de que el ímpetu desfallezca. “Quienes creen que las villas Miseria son lugares a los que habría que rociar con querosén y echar un fósforo, deberían participar de este milagro”, proclama. Un milagro que Ña Tomasa esculpe a golpes de coraje: “Ya tengo mis cosas embaladas; es necesario empezar de una buena vez.”
ACRA espera obtener en breve plazo los fondos prometidos por el gobierno y empresas privadas, para gestionar entonces la adquisición de tierras fiscales o particulares cuyo costó se amortizará con el producido en las tareas agrarias y de granja en que se desempeñarán los habitantes de Villa Garrotazo, convertidos así en la primera comunidad piloto; la primera de un plan que aspira a atemperar —“siquiera sea en un 10 por ciento”— el peligro de un fermento que bulle en 600.000 menesterosos que pueblan las villas Miseria, que arrastran su desarraigo a nivel de un insospechado masoquismo.
Esta es, ciertamente, una historia de amor. Pero una historia inconclusa, que concluirá, quizá, a las puertas de una oficina, tal vez frente a una bandera argentina y, seguramente, bajo un crucifijo.
PRIMERA PLANA
15 de diciembre de 1964
 
 

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