Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

ludmilla tcherina
La otra cara de Ludmilla Tchérina
Por SARA GALLARDO
Fotos: Speranza
La bailarina más famosa del mundo revela los secretos de una vida marcada por la tragedia, el arte y el amor.

En el establo no queda mucho sitio para dormir. Hay un aire espeso, treinta personas angustiadas y las vacas. Monique se tiende junto a su madre, sobre la paja. Dos personas duermen ya al lado de ella. No hay casi sitio; Monique cambia de postura y al moverse su brazo toca a los vecinos. El contacto la sacude como una descarga eléctrica. Las dos personas tendidas a su lado están muertas.
Por primera vez en su vida, Ludmilla Tchérina tropieza con el espectro de la muerte.

La bola de cristal
Ahora está frente a mí. Célebre, cuarenta años, hermosísima. Está en la rotonda oscura del teatro Colón estudiando frente a un espejo. Está en el escenario ensayando entre músicos y bailarines; la cara apenas enmarcada por la peluca de San Sebastián. Está, toda una tarde, en su hotel. Está en su camarín de suelo de baldosas y muebles anticuados.
Siempre hierática, impasible, una estatua egipcia de ojos ribeteados, de perfecta cortesía, razonadora, inteligente, dotada de humor, que entreabre apenas la boca perfecta para sonreír; no se inmuta, sólo tiene un destello de cólera fría en los ojos si usted quiere sacarla de su reserva. Desesperante, en verdad, para un pobre periodista. Como para lanzar un gran suspiro de desaliento e irse con la música a otra parte.
Buen lector, lo veo en la casa de un mago. A través de la bola de cristal usted tiene una audiencia con una princesa perfectamente cortés, perfectamente hermosa, perfectamente lejana. Toda pregunta le será contestada. Todo inconveniente subsanado. Al final de la audiencia usted sentirá cierto rencor contra tan inasible princesa. Tal vez romperá la bola de cristal con una patada indigna de su educación.
Lector: usted no es periodista. Si lo fuera, se guardaría la bola de cristal en el bolsillo, buscaría una cuerda y un espejo, y escalaría una de las ventanas del palacio de la princesa.

La princesa y el espejo
Hágalo. Si la princesa se llama Tchérina, muéstrele el espejo. Quedará atrapada. No podrá quitar los ojos de su imagen.
Si no hay espejo no importa. Ella buscará su reflejo en la expresión de usted, que la mira boquiabierto. Entonces usted empezará a ver que bajo esa apariencia puede temblar una sensibilidad oculta, como plantas en el fondo de un estanque. Entonces usted quizá se atreva a preguntarle:
—Señora, ¿no piensa que su belleza la perjudica?
—¿En qué sentido?
—Que el narcisismo puede ser un refugio agradable, pero también aparta totalmente de seres humanos.
Una mirada fría. Respuesta:
—Estoy muy cerca de la gente que amo. Muy lejos de los otros.
Aparte de ella, con una sonrisa suavísima, la madre murmura:
—Sin embargo, creo que lo único en que mi hija nunca está segura es respecto de su físico.

“Quiero bailar la misa”
Siempre fue segura de sí misma. Cuando, muy chiquita, vivía en la antigua casa del siglo XVI donde nació, frente a Notre Dame, de París. Cuando, a los tres años, fue con sus padres a un restaurante con música rusa, y de pronto saltó entre los cosacos de la orquesta, y ella, que nunca había bailado, se puso a bailar loca de alegría. Nunca fue tímida. Ni cuando acompañaba a sus padres en los viajes por las ciudades de Francia, en busca de curiosos ejemplares de libros, y distinguía con toda naturalidad un grabado sobre madera de uno sobre cobre. O cuando, en plena misa en Notre Dame. se entusiasmó con la música del órgano y se largó a bailar frente al altar. O cuando se mudaron a Montmartre, a la gran casa de Jeróme, el pintor de la época de Napoleón III, se hizo para vivir con su familia, puertas y techos decorados, cuartos enormes y taller.

Una novela policial
Un día la vida se transforma en una especie de film policial. Hasta entonces, Avenir Avenirovich, príncipe Tchemerzine. erudito bibliógrafo y matemático ruso, su mujer francesa Stephane de Chanéac, que pertenece a la pequeña nobleza provinciana y también se especializa en bibliografía, y su hijita Monique, vivían los días calmos y espirituales de los intelectuales europeos. Súbitamente los nazis ocupan a París. Se enteran de que Avenir ha inventado un cohete luminoso especial para bombardeos nocturnos. Quieren comprar la fórmula. El huye, vende la fórmula a los ingleses y pasa toda la guerra escondido en un sótano de una ciudad de la Costa Azul. Monique y su madre tienen que huir. Queda solo el departamento de Montmartre, con su biblioteca, famosa en París por los ejemplares que guarda.
Entonces la noche del establo. La revelación de la muerte para la niña precoz. Cuando el fantasma aparezca por segunda vez, su soplo será tan cruel que estará a punto de alterar para siempre su destino.

Vivo en el riesgo
“Sólo creo en el riesgo —dice ahora, sentada frente a mí—. Vivo en el riesgo. Por eso admiro a Picasso. El pudo quedarse en cualquiera de sus épocas: la rosa, la azul. No lo hizo. Yo tampoco. Creo que cuando uno tiene la certeza de que no puede hacer mejor una cosa, debe buscar un nuevo camino. Por eso hago ballet moderno. Soy de las pocas personas que se arriesgan en el mundo de la danza. En su mayor parte las bailarinas llamadas académicas se mantienen en lo que hacen. Hay una falta de coraje general. Si el ballet es un arte que evoluciona con tanta lentitud lo debe a que tan pocos se arriesguen dentro de él.
—Pero en su vida privada los riesgos...
—No existen. Mi oficio es mi aventura. Pienso que un creador tiene necesidad de una vida de familia, nada complicada, de ternura y amor. Creo que la aventura en la vida impide la vida de creador.

La gran aventura
Tiene razón. Pero la aventura, los riesgos en el orden artístico, empezaron temprano. A los seis años Monique había decidido ser bailarina. Sorpresa para los padres: “Creíamos que sería matemática’’. Algo la ayudó. “En mi adolescencia hubiera querido dedicarme al teatro, a la danza —dice Ninon, su madre—. Pero eran otros tiempos y mi familia no me lo hubiera permitido. Eso me hizo sufrir.” El padre no hizo problemas: “En Rusia la danza es muy apreciada.” Monique empezó a estudiar a los seis años. Después la guerra la empujó con su madre hacia Montecarlo. Y allí sucedió algo extraordinario:
"Nunca he formado parte de un cuerpo de baile. Yo era... una palabra horrible, niña prodigio. Fui llevada directamente a ser estrella. A los 15 años era estrella del ballet de la Opera de Montecarlo. Claro, fui terriblemente envidiada, pero no tenía conciencia de la excepcionalidad de mi caso. ¡Trabajaba tanto! ¿Usted se imagina?; a los quince años tener la responsabilidad de bailar “El lago de los cisnes” o “Giselle”. Yo tenía una enorme facilidad y una gran madurez. Pasé de golpe de la primera infancia a la adolescencia. También era coreógrafa a los 15 años. Hice cuatro ballets. Ahora me doy cuenta de que fui un caso verdaderamente extraordinario. Entonces no.
—¿No tienta el orgullo cuando uno se descubre tan dotado?
—¡Dotado! Yo no creo en las dotes sin trabajo. No creo en el genio o el talento sin trabajo. Si uno tiene algo que le ha sido dado debe trabajar continuamente, exigiéndose, renovándose siempre.

Lifar entra en escena
Entonces aparece Serge Lifar. “Él me lanzó al estrellato mundial.” Pero antes la bautizó: “Serás Ludmilla Tchérina”. Borrada del mapa Monique Tchemerzine, Ludmilla Tchérina hace para mí un retrato de Lifar:
“Muy instintivo, muy gentil, egoísta, profundamente bueno. Su egoísmo no es frío, desagradable, sino cálido, de niño grande. Eso es Lifar: un niño grande. Lo cual lo hace hacer muchísimas tonterías."
Lifar significa ir a París. Ensayar hasta que los pies se estropeen. Luchar con la pobreza. Bailar con zapatillas prestadas (“siempre de un número 36, 38 ó 39, nunca del 37 que calzo”), con mallas ajenas, escamoteadas por él en algún vestuario. Significa, un día de 1942, estrenar en París “Romeo y Julieta” de Tchaikovski. Significa la gloria.

"No puedo vivir sin amor”
—No puedo vivir sin amor. Lo descubrí en un momento espantoso de mi vida —dice la hermosa esfinge sin parpadear.
Apareció el amor. En la persona del bailarín y coreógrafo Edmond Audran. “Yo hubiera preferido — murmura Ninón — que ella fuera mayor. Pero nunca me atrevería a hacerle oposición. Sólo le doy consejos.” Ludmilla ya era una estrella mundial. Había sido Julieta en escena. Ahora vivía el amor de Julieta. “Edmond era mi primer amor. Y luchamos tanto juntos...” Se casaron. Y bailaron juntos entre 1945 y 1951, estrenando ballets, pasando penurias. “Desterramos los decorados. Usábamos fondo negro y mallas de colores. Sí, muy vanguardistas. Pero por pobreza.”
Retrato de Edmond Audran. por Ludmilla: “Tenía la bondad, la gentileza, el esplendor de un santo. Una suavidad que raramente tiene la gente cuanto está destinada a vivir. Era perfectamente luminoso. Y fue una especie de poeta de la danza. Era un ser muy excepcional. Si hubiera vivido, ocuparía uno de los primeros lugares como «metteur en scéne»”.
Pero no vivió. Murió en un accidente de auto cuando corría hacia España para buscar a Ludmilla, que bailaba allí. Durante una larga noche, ella acompañó su agonía en un hospital de provincia. Después:

Después de la muerte
“Abandoné la danza. Quedé en un estado espantoso durante dos años. Era el año 51. Como hasta entonces yo había trabajado mucho, empecé a recoger los frutos de ese trabajo: Un Oscar en Hollywood, otro en Francia, premios.. . Ahí comprendí que el amor es lo más importante de mi vida. Fui muy agasajada ese año, y recibir premios y felicitaciones siempre llega. Pero es una vanidad agradable y nada más. Volvía sola al hotel: no tenía a nadie a quien querer. No puedo vivir sin amor. Ni siquiera trabajar. En esa época de desesperación no soportaba ni siquiera los homenajes de los hombres. Vivía encerrada. No tenía valor para afrontar al público. Entonces conocí a alguien que podía esperarme, que podía escucharme hablar de mi marido. Un año después comprendí que estaba enamorada de él. Y como era la quinta vez que me pedía en matrimonio, acepté."

Nunca una bailarina me hizo llorar
Así apareció Raymond Roi. Ningún parecido con Edmond, sólo que ambos son de Sagitario. Descripción de Ludmilla: “Es la persona que más admiro en el mundo. Un ser maravilloso moralmente, Tiene dos cualidades principales: es un gran luchador (empezó siendo carpintero. Ahora tiene una importantísima empresa de construcciones). Es muy erudito; tan superiormente inteligente, que tiene una gran facilidad para aprender. Y es demasiado bueno”
Que sabe quererla, es evidente: “Hacía como tres meses que nos habíamos casado. Estábamos en casa. La radio transmitió el “Claro de luna”. Yo me puse a improvisar una danza. Siempre tuve ese don de improvisación, que es muy distinto de la capacidad de hacer una coreografía. Es un don que... no sirve de nada. Uno después no recuerda nada. Sólo es una expresión del momento. Mi marido se emocionó hasta las lágrimas. Me dijo: “Es absolutamente necesario que vuelvas a bailar. Nunca una bailarina me ha hecho llorar”.
Días después llegaba un ofrecimiento de la Scala de Milán para bailar “Giselle”. Su marido firmó contrato por ella. “Debí prepararme en 6 semanas, después de dos años de inactividad. Pero fue una noche inolvidable. Técnicamente debí haber bailado mal. Pero fue una noche de inspiración. Los recuerdos eran terribles. Todo el cuerpo de baile me sostuvo. Toscanini, muy viejito, que estaba en la sala —fue una de sus últimas salidas— vino llorando a felicitarme. Gracias a esa noche volví a bailar.”

Fiel y salvaje
Ahora la estatua que confiesa “no puedo vivir sin amor”, dice “soy muy fiel en amor, y en la amistad”. Y también: “Soy salvaje. Huyo de la gente. Veo a ciertas personas sólo por necesidad, por producirme, porque en nuestro oficio es necesario producirnos”. Así, esas fotos en que se la ve navegando por el Mediterráneo en el yacht de Onassis, esas fotos en “cocktails”, en veladas que reúnen al “tout Paris” se borronean en el recuerdo ante sus palabras. “Sólo me gusta ver a mis amigos y hablar de cosas interesantes. Soy feliz estando con mi marido y mi madre. O pintando sola en mi atelier” Según dice, la pintura es para ella tan importante como la danza: “Es un arte más egoísta, en que uno hace exclusivamente lo que quiere. El teatro es un arte colectivo, en el que todos toman una parte." Una pintura exitosa, que se vende casi íntegra en cada “vernissage”. Una pintura de Narciso en el que un cuerpo de bailarina se tiende en posturas ideales, estilizadas. O en la que graciosos payasos tiemblan entre puntos luminosos.

El corazón bajo el hielo
Hay un silencio, Cuando la madre de Ludmilla Tchérina me habla de su pasado, de su vida, de sus cosas, un temblor de timidez le mueve la mejilla izquierda. Cuando habla de su hija no. “Es idéntica a su padre. De carácter pronto, se enoja y se calma en un minuto.”
La hija vuelve a entrar. La madre calla. Bien educada, impasible como e? primer minuto, la princesa clava los ojos en el espejo y vuelve a quedar atrapada por su imagen. ♦

Revista Atlántida
06/1966
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