Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

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Entre la Luna y el infinito
Los científicos norteamericanos sostienen con pesimismo que cuando el último petardo del programa Apolo haya estallado, antes de fin de año, una vasta laguna de inactividad anegará la investigación espacial. Sólo a fines de la década del 70 (o principios de la siguiente, con los retardos previsibles) un nuevo programa de tecnología volverá a colocar al espacio en los titulares de los diarios. Este monstruo agonizante de la investigación espacial, sin embargo, parecía —hacia comienzos de la semana pasada— gozar de buena salud. Y, aunque manifestándose de manera menos espectacular que lo habitual, revelaba que los años próximos estarán tupidos de episodios. El sábado 26 la agencia Tass anunciaba en Moscú que las primeras muestras de rocas provenientes de las montañas lunares habían llegado en buen estado a Baikonur. Al día siguiente, el vehículo norteamericano Pioneer 10 se aprestaba a emprender un largo viaje al planeta Júpiter en busca de información sobre los rincones más remotos de nuestro sistema solar.

HOMBRES SABIOS. La expedición de Luna 20, el artefacto soviético, es la segunda de su tipo que se ha llevado a cabo con éxito. Representa la confirmación de una filosofía de la exploración espacial que comparten científicos soviéticos y norteamericanos, pero que la URSS llevó hasta sus últimas consecuencias: la utilización de robots en lugar del hombre como protagonistas de los viajes espaciales.
A un costo mucho menor, con la ayuda de dos sondas automáticas Luna y del vehículo Lunokhod, los soviéticos han logrado obtener un acopio de datos sobre nuestro satélite, comparables en calidad e importancia a los procurados por las diversas misiones Apollo. El costo de esta experiencia, sin embargo, ha sido decididamente inferior; el riesgo de vida, nulo; y la proyección hacia el futuro, incuestionable. La tecnología desarrollada por los soviéticos para la Luna es aplicable en las futuras etapas de la exploración espacial sin necesidad de nuevos desarrollos.
Las rocas que embarcó Luna 20 corresponden a una región montañosa de la superficie lunar que por sus características físicas resulta terreno inapropiado para el descenso de una nave de mayor porte, como son los vehículos tripulados. Las condiciones del retorno fueron igualmente azarosas. Una tormenta sacudió violentamente a la cápsula mientras atravesaba la atmósfera. El mecanismo automático, sin embargo, soportó el vapuleo: un vehículo tripulado se habría visto en la necesidad de postergar su reingreso a la atmósfera o modificar el punto de descenso.

SENSORES REMOTOS. El Pioneer 10 es el exponente norteamericano de la lógica de la automatización. A más de novecientos días de viaje de la Tierra, Júpiter está separado del Sol por una distancia de 778 millones de kilómetros. La nave deberá desarrollar una velocidad de 50 mil kilómetros por hora para alcanzar su objetivo en el plazo fijado. Estas dos condiciones hacen necesario descartar desde el principio la posibilidad de un viaje tripulado, de acuerdo con la tecnología actual.
Las incógnitas que encierra Júpiter, gracias a una espesa barrera de nubes que lo envuelve, son innumerables. Los astrónomos no saben si su núcleo es sólido, como la Tierra, o si se trata simplemente de una masa de gases que giran a elevada velocidad. Ignoran también en qué consiste una serie de bandas oscuras paralelas al Ecuador del planeta. Igualmente desconocen qué puede ser una mancha roja que parece flotar a su alrededor. Sus satélites (doce, de los cuales Ganimedes es el mayor) son otras tantas incógnitas.
El control remoto de las maniobras del Pioneer 10 será particularmente difícil, pues las ondas de comando demorarán 45 minutos en llegar desde el centro de control terrestre hasta el artefacto. Los resultados de estas órdenes, a su vez, tardarán otros tres cuartos de hora en ser conocidos en la Tierra. Para salvar esta dificultad, una computadora simula instantáneamente en el centro de control los efectos de cada instrucción que se imparte al vehículo y están en condiciones de corregir así cualquier error.
Atlas-Centaur, el cohete que trasportará al Pioneer 10 hasta su destino, es ya un modelo veterano de la exploración espacial y seguirá sirviendo aún en muchas futuras campañas. No es esa la suerte del sistema Saturno 5, un gigante diseñado para los vuelos Apolo cuya muerte será precoz y antieconómica. La suspensión del programa Apollo-Aplications, destinado a aprovechar la tecnología desarrollada para la Luna en otros menesteres, ha hecho que el costo relativo de los cohetes Saturno creciera enormemente.
Impulsado por Atlas-Centaur el vehículo norteamericano pasará rozando a Júpiter y se perderá luego en las profundidades del espacio sin regresar más a nuestro mundo. En los confines del universo dará testimonio de que sobre nuestro planeta existe una especie viviente que comienza a deletrear el abecé de la Creación.
Martín Yriart
PANORAMA, MARZO 7, 1972
 

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