Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
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| EL LUNOKHOD EN LA LUNA LOS OFICIOS DEL PATITO FEO Mientras el tractor soviético prosigue su lerdo paseo lunar, sus creadores explican cómo funciona, de qué manera se lo maneja y cuáles son sus metas Todas las mañanas, mientras el lector de esta nota se cuelga de un colectivo o rezonga dentro de su auto con los albures del tránsito, un equipo de técnicos soviéticos se dirige a su trabajo de cada día: desplazarse por la Luna. Claro que no tienen tiempo de ir hasta allá y volver, pero desde su cabina pueden ver —por televisión— el paisaje ubicado frente a su vehículo, el Lunokhod instalado en el satélite por la misión espacial Luna 17 a mediados de noviembre pasado. Con la pachorra informativa que los caracteriza, los servicios soviéticos de prensa no se apuraron demasiado en difundir los detalles del tractor lunar, de las investigaciones que está desarrollando o de la manera en que se lo maneja desde Tierra: en un primer momento se limitaron a suministrar los datos generales y confirmar el éxito de la misión; hace tres semanas el diario oficial Pravda hizo conocer pormenores de la tournée lunar, cuyos derechos adquirió SIETE DIAS en forma exclusiva a la agencia Dan. Por extraño que parezca, los responsables del manejo del Lunokhod —a pesar de los 400 mil kilómetros que los separan de su navío— conforman una verdadera tripulación. Los responsables del programa espacial soviético no acostumbran dar los nombres de los técnicos que participan en los proyectos lunares, pero en cambio se sabe cuál es la distribución de tareas: “embarcados” desde Moscú en su exótico trasporte, navegan 5 técnicos, reemplazados por sus suplentes cuando les llega la hora de dormir o cuando —después de jornadas de agotadora tensión nerviosa— necesita unos días de descanso. El jefe del equipo es el que adopta las decisiones, de acuerdo con el programa que le fue fijado por los científicos que diseñaron la misión; ante él responden: un piloto que ejerce los mandos de control remoto para hacer avanzar, girar o detener el artefacto; un navegante que realiza los cálculos de trayectoria y elige la ruta; un operador que orienta las antenas y cámaras del lunamóvil y un ingeniero de a bordo, que analiza la información recibida de la Luna en lo que respecta a la marcha del vehículo (temperatura, estado de 1os motores, dificultades con el terreno y otras). EI resto de la información es procesado por los científicos de la base espacial, en parte gracias a sistemas de computación, claro. No es tan fácil, sin embargo: a pesar de la pericia y entrenamiento de la tripulación, operar los mandos la esa distancia no es menuda hazaña. Un automovilista que observa un (obstáculo puede oprimir su freno al instante; si apareciera un inconveniente en la ruta del Lunokhod, en cambio, el piloto recién se enterarla unos tres segundos más tarde, y desde el momento en que accione el freno hasta que comience la frenada lunar pasarán otros dos o tres segundos más. Si se le suma el tiempo que requiere tomar una decisión por el estilo, es fácil comprender que el gobierno del Lunokhod se complica bastante. Según las cautelosas palabras del Pravda, “el cumplimiento de las obligaciones por la tripulación durante el guiado del Lunokhod se caracteriza por muy grandes sobre cargas psicológicas y físicas. En relación con esto la tripulación ha sido sometida previamente a un examen médico biológico y durante el trabajo se encuentra bajo constante observación médica”: es que la responsabilidad de un mal paso en el espacio es algo más grave que un raspón en tierra firme. Y no lo cubre ningún seguro. Claro que ni el paseo fue improvisado ni la tripulación es novata: el entrenamiento exigió la construcción de grandes simuladores o lunódromos, sencillamente extensiones de terreno especialmente anfractuoso al que se recubrió de fino polvo y se sembró de obstáculos parecidos a los que se podrían dar en el satélite; durante un tiempo los actuales tripulantes se entretuvieron haciendo funcionar el aparatejo en Tierra pero por control remoto. Una de las dificultades con las que se encontraron fue que no siempre era fácil advertir visualmente el declive del terreno: en un auto, por ejemplo, aunque la vista engañe, el volante siente con su cuerpo que está bajando, o subiendo; en terreno desconocido, y sentado a 400 mil kilómetros del lugar, esa noción puede perderse hasta peligrosos extremos. Al final los ingenieros dieron con la solución: instalaron un sistema de brújulas e inclinómetros giroscópicos a bordo del artefacto, de manera que para andar derechos los tripulantes no tienen más que mirar sus instrumentos, como si estuvieran volando a ciegas en un avión. El rumbo también se corrige por la posición de las estrellas —recuérdele que en la Luna son visibles aun de día y a pleno sol—, gracias a las cámaras de televisión instaladas a bordo. UN CHICHE COMPLICADO Más allá de su descripción genérica y de su peso —756 kilos en la Tierra (algo más que un Citroën); unos 130 kilos en la Luna—, poco se sabia hasta ahora de las características mecánicas del tractor lunar. Básicamente consta de dos partes: el compartimiento de aparatos y el chasis. La primera, empotrada en una “carrocería” hecha con aleaciones de magnesio, termina en un radiador especial por el cual fluye gas; arriba va una tapa móvil, articulada como la de una cafetera, que tiene una doble misión: durante la noche lunar se cierra impidiendo el enfriamiento excesivo del radiador y de las demás máquinas del interior, y de día expone a la luz sus pilas fotosensibles, que proveen de electricidad a las baterías de gran capacidad (como se recordará, todos los mecanismos, incluso los motores de las ruedas, son eléctricos). El gas que circula por todo el interior del aparato —con el fin de mantener un cierto equilibrio de temperaturas— es calentado de noche por una pequeña usina atómica; de todos modos, si el blindaje de los costados y de la tapa no fueran rigurosos, ese calor se perdería irremisiblemente en la fría noche lunar, que dura catorce largos días (terrestres) y durante la cual la temperatura alrededor del pobre Lunokhod desciende hasta por debajo de los 200 grados bajo cero. En la parte delantera del compartimiento de aparatos se encuentran los ojos de buey; por ellos se asoma una pareja de cámaras de televisión. Aparte hay dos cámaras montadas en los costados y dotadas con lentes panorámicas, que trasmiten mediante un sistema parecido a las radiofotos. Una potente radio y un juego de antenas, que pueden moverse según órdenes recibidas desde Moscú, completan el equipo trasmisor. Un detalle insólito es que, aprovechando el lento desplazamiento del Lunokhod y la total ausencia de novedades en el paisaje lunar, las imágenes televisivas son enviadas a Tierra a un ritmo decididamente lerdo: si en un televisor convencional la pantalla es recorrida por el haz luminoso decenas de veces por segundo, en el sistema lunar se trasmite apenas un cuadro cada 3 segundos, y a veces menos. Además de las antenas, el Lunokhod cuenta con una especie de espejo óptico especialmente diseñado por científicos franceses y que permite la reflexión de un rayo láser enviado desde la base terrestre: ese reflejo es detectado en los observatorios astronómicos de Crimea (URSS) y Pique du Midi (Francia). De acuerdo con métodos convencionales de telemetría, la información recogida coordinadamente por ambos laboratorios permite conocer con exactitud la ubicación del aparato viajero en el mapa lunar, así como determinar algunas cifras de interés para los científicos (la exacta distancia entre la Tierra y la Luna en cada instante, por ejemplo, o los movimientos de rotación y oscilación del satélite). Los rusos están doblemente contentos con las experiencias basadas en el sistema de telemetría láser: no sólo se manifestó como eficiente y exacto, sino que involucró a un país occidental en un proyecto soviético, lo que dio lugar a una profusa publicidad acerca de la coexistencia en el terreno de la ciencia y otras yerbas del jardín del optimismo. A poco de iniciado el día lunar, e| Lunokhod sale de su siesta nocturna, se despereza y —orden terrestre mediante— levanta su tapa: inmediatamente las baterías solares comienzan a recoger energía con la que se cargan los acumuladores del navío. En cuanto el sol esté un poco más alto sobre el horizonte será hora de reanudar el lerdo paseo; la velocidad del aparato no puede medirse de una manera convencional, ya que sus tareas de exploración geológica le exigen a menudo moverse en un zigzag cerrado, "barriendo” una ancha franja: en los tres primeros días lunares —unos 40 días terrestres— reconoció una "avenida” de 3.600 metros de largo por 150 de ancho. Debe considerarse que no son aptas todas las horas: cuando recién comienza o poco antes de terminar el día lunar, la luz es insuficiente y cualquier montículo puede dejar en sombra a las baterías solares; durante el mediodía lunar, por el contrario, la luz tan vertical impide a la tripulación ver con nitidez el terreno. De manera que sólo las horas intermedias son propicias. El diseño dado al chasis y a las 8 ruedas permite superar obstáculos y grietas sin gran esfuerzo y con mínimo riesgo de atascamiento. El Lunokhod lleva también una novena rueda libre, pero que se apoya débilmente y solamente sirve como cuentakilómetros y medidor de la consistencia del suelo: gracias a ella se sabe que en la región de alunizaje elegida la superficie está constituida por una capa de polvo fino de 1 a 2 centímetros de espesor, seguida de una capa arenosa más compacta y resistente que llega a medir alrededor de 7 centímetros de alto; debajo de ambos mantos se encuentra el terreno rocoso característico del satélite. Cada una de las 8 ruedas tiene su propio motor eléctrico, un sistema reductor del tipo piñón-corona (destinado a .darle más fuerza a costa de velocidad) y suspensión independiente. En el interior del cubo que sustenta el eje de cada rueda se hallan alojados, también, un freno de discos, un embrague electromecánico y medidores de revoluciones y temperatura. Como sería casi imposible coordinar la acción de las ruedas mediante sistemas mecánicos, se optó por una suerte de computadora elemental, que regula el voltaje que manda a cada motor, de manera de distribuir esfuerzos y mantener el vehículo en línea recta y a velocidad constante. Si desde Tierra se desea modificar el rumbo, una orden radial hace que esa computadora —los rusos la llaman,' más modestamente, "bloque de automación”— haga andar más rápido las ruedas de derecha o izquierda; normalmente se frena en forma también eléctrica (como los tranvías), y sólo para detener al Lunokhod en una cuesta se utilizan los frenos de discos, que hacen las veces de freno. Los embragues sólo funcionan cuando una de las ruedas queda trabada, para evitar recalentamientos del motor eléctrico, y lo hacen en forma automática, comunicando inmediatamente a Tierra la dificultad surgida. Otros instrumentos montados en la base del chasis —que tiene un notable despeje del suelo, claro está— están alertas para determinar cualquier cambio significativo en la topografía del terreno, como podría serlo la aparición de un manto profundo de polvo fino, incapaz de sustentar al navío, y también tienen órdenes precisas de detener la marcha en caso de que el peralte supere cierto ángulo y amenace volcar lateralmente al patito feo. Como se ve, en caso de que ocurriera algún accidente no sería por falta de precauciones. LOS PRIMEROS FRUTOS Obviamente, el primer objetivo del Lunokhod es el estudio de sí mismo: a modo de ensayo general, su paseo permitirá la corrección de errores y el ajuste de detalles de manera de arribar al diseño de un versátil laboratorio ambulante, ya que, como resulta cada vez más evidente, los soviéticos no tienen gran interés en colonizar la Luna y en cambio parecen preferir la exploración de otros planetas más prometedores. Cumplir su plan implica prescindir por el momento de tripulación humana y optar por los vehículos automáticos a control remoto: a diferencia de los astronautas, los eventuales Martekhod o Venuskhod no tienen hambre, ni sed, ni frío, no respiran y tampoco extrañan a la familia, lo que les permite hacer largos viajes de meses enteros, como los que insumiría llegar a otros planetas, sin exigir demasiados esfuerzos. Mientras tanto, el Lunokhod no sólo se estudia a sí mismo: también procede como un buen geólogo, reconociendo palmo a palmo la estructura y topografía del suelo lunar. Me. nos conocida, su otra tarea es el estudio del espacio exterior —también destinado a facilitar una posterior exploración del sistema solar—, simplificado por la ausencia de atmósfera. En lo que hace a su investigación de superficie, el Lunokhod también se propone la confección de “rutas” lunares, en el sentido de trayectos marcados en los mapas y por los cuales la circulación es más rápida y menos riesgosa. Por lo demás, se verificó que en la zona de descenso la geografía está constituida por amplias llanuras donde es raro encontrar pendientes abruptas —sólo se dan en los bordes de los grandes cráteres, y rara vez superan los 20 grados—, pero abundan los hoyos y piedras de menor tamaño. Las rocas predominantes son parientes cercanas de los basaltos terrestres, algo que los rusos ya sabían desde que la nave automática Luna 16 retornó a la Tierra trayendo muestras del terreno. Las observaciones astronómicas del espacio exterior, en cambio, requieren un análisis más detallado y minucioso para poder extraer conclusiones. Por lo pronto se verificó que la radiación cósmica no es demasiado distinta de lo que se sabía desde este lado de la atmósfera. Un telescopio Röntgen dotado de distintos filtros permite medir con exactitud la cantidad y composición cualitativa de la radiación proveniente de cualquier dirección del espacio: la conclusión más significativa fue que el aumento de rayos cósmicos y de la lluvia de partículas provocado por las perturbaciones solares sigue siendo el mayor de los riesgos en el espacio vacío. El 12 de diciembre, por ejemplo, la modificación de una mancha solar provocó un chubasco de proporciones: en la Tierra apenas se registraron tormentas magnéticas, que molestaron un poco en las comunicaciones radiales de larga distancia, pero en la Luna los marcadores del Lunokhod registraron un aumento en la radiactividad ambiente del 100 mil por ciento. Un motivo más que suficiente para que los rusos se feliciten de haber mandado una máquina, quedándose ellos en sus casas. Revista Siete Días Ilustrados 5/4/1971 |
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