Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

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UNA DRAMATICA AVENTURA DE LA CIENCIA
¿Se reproducen las máquinas?
La cibernética pondrá fin a la fatiga humana, mediante robots y supercerebros.
A mediados de junio de 1955, los jóvenes enamorados que recorrían el parque Saint-Cloud de París oyeron raros sonidos que emanaban de un mástil de acero hueco de 50 metros de altura, erigido por el escultor Nicolás Schöffer, en homenaje a la segunda exposición de arte al aire libre del grupo francés “Espace”: susurros, ecos de campanas lejanas, ruidos como de gongos y otros que parecían arrancados a latas de conserva golpeadas con un palo. Alguien dijo: "Esta música tiene algo de siniestro”.
La torre era de chapas de metal distribuidas asimétricamente, pintadas de diversos colores, rojo, azul, amarillo, anaranjado, marrón y plateado: una escultura electromecánica con un mástil que “canta” día y noche. Colaboraron con Schöffer el compositor Pierre Henry, del célebre Estudio de Experimentación de la Radiodifusión Francesa, y el ingeniero Lotter. El músico golpeó las chapas metálicas hasta registrar 12 ruidos diferentes en una cinta magnetofónica, el ingeniero por su parte construyó un aparato electrónico provisto de una célula fotoeléctrica “para ver”, una resistencia “para palpar” y un micrófono “para oír".
Las oscilaciones de la temperatura, las variaciones en la intensidad lumínica y los diversos ruidos exteriores constituían “señales” que impresionaban los “sentidos” del robot y se convertían en impulsos eléctricos. El mástil “elegía” entre infinitas posibilidades combinatorias y generaba los sonidos. La extraña música era emitida continuamente por el aparato y su producción dependía, a la vez, de la naturaleza y del azar: una nube que atenuara la luz, el calor o el frío, la lluvia, el ruido de la bocina de un automóvil, todo se convertía en Impulsos eléctricos que daban origen a sonidos, sin interrupción.

El ex prodigio
Este “juguete” del siglo XX es, quizás, la expresión más curiosa de una ciencia joven que crece a toda velocidad: la cibernética. Los primeros pasos de esta disciplina fueron acompañados por Norberto Wiener, un genio que había sido, además, niño prodigio. "A los 7 años de edad ya leía a Dante y a Darwin y conocía los trabajos psiquiátricos de Janet y Charcot: experimenté en carne propia lo que es ser un niño prodigio”, confiesa Wiener, padre de la cibernética, en su segundo libro autobiográfico titulado Soy un matemático (al primer tomo de la historia de su vida lo llamó Ex prodigio). A los 18 años, Wiener se doctoró en ciencias en la Universidad de Harvard con una tesis sobre un tema de filosofía de la matemática. Becado, se trasladó a Cambridge (Inglaterra) donde estudió lógica y filosofía de las ciencias con Bertrand Russell y matemáticas superiores con G. H. Hardy.
En 1964, el año de su muerte, el Instituto Tecnológico de Massachussets publicó su último libro, que muchos consideran su testamento espiritual, una monografía de menos de 100 páginas, cuyo extraño título es Dios y el Gólem, S. A.

“El peligro amarillo”
‘‘Las ideas iniciales sobre cibernética se me presentaron al intentar resolver un problema concreto de artillería antiaérea. Durante la segunda guerra, Wiener estudió la posibilidad de construir una máquina capaz de prever todas las maniobras posibles de un avión en vuelo, para orientar con precisión a la artillería antiaérea. Al cabo de unos meses, redactó una memoria científica titulada El peligro amarillo (lo de “amarillo” se refiere al color de la tapa del informe) donde estableció las reglas y procedimientos para construir una máquina: el predictor. El artefacto concebido por Wiener anuló a los aviones suicidas japoneses, detuvo las incursiones de las VI sobre Londres e inutilizó a los aviones comunes de bombardeo.
Los fundamentos teóricos del predictor pertenecen a dos disciplinas científicas: la teoría de las comunicaciones y la estadística. Durante varios años, Wiener participó en las investigaciones de Busch y otros sabios que trabajaban en las máquinas de calcular.
Asimismo, le eran familiares las teorías lógico-matemáticas de Shannon y las investigaciones de Mc Culloch sobre el sistema nervioso. “Cuando vi funcionar al predictor —declaró Wiener después— me sorprendió su parecido con el sistema nervioso humano; sobre todo, cuando sufría algún desperfecto.”
Wiener encontró el término cibernética para designar a la nueva ciencia a través de un complejo mecanismo. "Buscando la palabra griega que significa “mensajero”, descubrí el término heleno “ángelos” (que, en inglés, equivale a “mensajero divino”, ángel), poco apropiado para simbolizar “comunicación”. Busqué, entonces, la traducción griega de “control”: la única expresión griega que yo conocía era la correspondiente a las voces “piloto, timonel”, Kübernetes, de ella derivé la expresión inglesa “cybernetics” (cibernética).
En 1948, un extraño personaje, el editor Greymann, accedió a publicar un libro que resumía las teorías de Wiener. Nacido en México, de padre alemán y madre india, Greymann era el alma mater de la editorial Hermann de París. A su influjo, se constituyó el equipo de matemáticos que firman con el seudónimo “Nicolás Bourbaki”. Así como inventó un nombre para los autores de la obra matemática más ambiciosa de nuestro siglo, pensó crear una universidad ficticia que llamaría “Universidad de Nancago” (de “Chicago” y "Nancy”). Curiosamente el libro Cibernética, o control y comunicación en el animal y en la máquina, erizado de amenazadores símbolos matemáticos, se convirtió en un best seller: se vendieron 20.000 ejemplares. Lo que no pudo lograr Wiener en una vida consagrada a la investigación, se lo proporcionó su libro Cibernética: una mínima seguridad económica.

Los nervios de la computadora
La cibernética, en realidad, una interciencia, fue definida por Courfignal (director del Laboratorio de Máquinas Matemáticas del Instituto “Pascal” de París), como el arte de hacer eficaz la acción. Ross Ashby (director de investigaciones del hospital psiquiátrico Barnwood House), expresó que el campo de la cibernética abarca la construcción y el estudio de todas las máquinas posibles, creadas por la naturaleza o fabricadas por el hombre. Hay más definiciones, pero ninguna supera la de Wiener: “la ciencia del control y la comunicación en los seres vivientes, en las sociedades y en las máquinas”.
Según Wiener, hay sorprendentes analogías entre las computadoras electrónicas y el sistema nervioso: la máquina está constituida por una red de válvulas y conductores eléctricos semejante al sistema de neuronas que integran el sistema nervioso; éste transmite el impulso nervioso y genera electricidad, en tanto que la máquina conduce electricidad. Los circuitos neuronales transmiten mensajes a partir de los órganos de los sentidos; las computadoras también: los equivalentes de los órganos de los sentidos serian las células fotoeléctricas y los radares. La transmisión del impulso nervioso se cumple por la ley del “todo o nada”: si la excitación alcanza el nivel requerido, los conductores nerviosos transmiten el mensaje; en caso contrario, no hay transmisión; pero no parece existir la posibilidad (salvo algunas excepciones que mencionaremos más adelante) de una gradación de la actividad. Análogamente, la conducción eléctrica en la máquina se produce por una ley binaria (sí-no), representada por los números 1 y 0: la corriente eléctrica se transmite o no, pero no hay término medio.
Finalmente, se han señalado dos importantes analogías más: la retroacción (feed-back) es la clave de la autorregulación en las máquinas cibernéticas (un ejemplo simple es el termostato de una heladera) y también lo es en la fisiología del sistema nervioso (y en otros procesos fisiológicos del organismo humano). Por último, la memoria es el depósito de datos e informaciones, tanto en el hombre como en la máquina. En ésta, los datos son registrados en tarjetas perforadas o en cintas magnéticas; en el hombre, el cerebro cumple esa función posiblemente a través del ácido ribonucleico (RNA).
Por su parte, la memoria de la máquina es infalible, porque no es más que registro de informaciones convertidas en señales; en cambio la memoria del hombre, de extraordinaria complejidad, implica aspectos conscientes e inconscientes y un mecanismo cuyos pasos son: conservación, reproducción, reconocimiento y localización.

Las tortugas electrónicas
El fisiólogo Walter Cannon precisó el concepto de homeostasis, clave de la salud del organismo, generalizando la noción de constancia del medio interno previamente formulada por Claudio Bernard: la homeostasis es la conservación del equilibrio fisiológico dentro de ciertos límites. Ejemplo: la conservación de la temperatura en los animales homeotermos. El psiquiatra Ross Ashby construyó una máquina, que denominó homeostato, que conserva su “medio interno” a pesar de las perturbaciones del exterior o del interior. Esta capacidad, análoga a la de la homeostasis orgánica, fue denominada ultraestabilidad. Este curioso mecanismo cibernético ha sido el origen de los “animales artificiales”.
Grey Walter y su esposa Viviane Walter-Deovey tienen 3 vástagos: Timo, Elmer y Elsie. Timo es un varón; Elmer y Elsie son dos tortugas electrónicas. Una tortuga electrónica es una “máquina viviente”, es decir, un pequeño mecanismo montado sobre tres ruedas, parecido a un triciclo en miniatura. Está recubierto de bakelita y posee, en la parte superior, una célula fotoeléctrica. Un motorcito electrónico hace girar lentamente el eje vertical por estar vinculado a la fotocélula y a la rueda delantera por medio de un tornillo sinfín y un sistema de engranajes.
Elmer (ELectric-MEchanical Robot) y Elsie (Electro-Light-Sensitive-Internal-External) "nacieron” en 1948; "se alimentan” de luz, que transforman en electricidad, cargando así un acumulador. Cuando su “vientre” está lleno, no buscan más la luz y solo quieren “descansar” en la penumbra. Cuando un obstáculo interrumpe su camino, las tortugas retroceden, se desplazan de lado y prosiguen su marcha en busca de la luz.
Entrevistado en su hogar londinense, Grey Walter respondió al interrogatorio periodístico, rodeado de su esposa y sus tres “hijos”. Elmer, que es “varón”, tiene una simple caparazón de bakelita, pero Elsie, la “dama”, está cubierta por un elegante manto plástico de color rojo. Los pequeños monstruos van y vienen por la habitación, eluden los muebles, se detienen, echan nuevamente a andar. Timo, el niño, los persigue gateando y, al no poder alcanzarlos, llora y protesta.
“Trate de encerrarlas”, dice el doctor Grey Walter. El visitante rodea a Elsie de muebles; la bestia mecánica avanza, retrocede, gira, se detiene, choca contra el obstáculo y, finalmente, “encuentra” la salida. “¿Sabe usted que mis tortugas son narcisistas?” — agrega—. Y, repentinamente, coloca un espejo frente a Elsie. Ante el reflejo de su imagen en el cristal, la máquina se entrega a una extraña danza de avance y retroceso, como si se sintiera fascinada.
Durrocq, un ingeniero francés, ha construido varios animales artificiales: Miso I, que se caracteriza por su perfecta simetría, posee 12 papilas periféricas que le permiten “olfatear” simultáneamente a los cuerpos cercanos, en todas las direcciones, y es capaz de encontrar la salida de un laberinto; la rana electrónica posee cinco sentidos, memoria y reflejos condicionados. El último monstruito construido por Grey Walter es la “máquina dócil”, que pueda ser dirigida mediante silbidos (impulsos acústicos), previamente asociados con los impulsos lumínicos.
El matemático Claude Shannon ha construido un ratón mecánico, ingenioso aparato provisto de un mecanismo de dirección, que puede ser influido por los movimientos realizados anteriormente. Al recorrer un laberinto por segunda vez, el “ratoncito” no repite los pasos inútiles del principio.

El robot médico
Wiener, el ex niño prodigio, no concebía la ciencia pura: el conocimiento científico debía ponerse al servicio del hombre. Desde la época de sus primeras investigaciones en los servomecanismos, soñaba con crear un dispositivo electrónico que, al convertir las señales visuales en ondas sonoras, permitiera “ver” a los ciegos. "Si tuviera que sintetizar en una palabra el sentido de las aplicaciones de la cibernética, diría: prótesis. Y son prótesis desde un par de anteojos hasta un brazo artificial”, dijo Wiener en el Congreso Internacional de Ciencias de la Información, que tuvo lugar en Royaumont, hace tres años.
“Cuando afirmé, hace 15 años, que era posible construir miembros artificiales comandados por el cerebro, me trataron de idealista. Hoy ya poseemos una mano electrónica”, replicó a un colega que le inquiría por el sentido práctico de la nueva ciencia.
En el Primer Congreso Internacional de Control Automático, Kobrinski y colaboradores presentaron una mano electrónica, que funciona por las diferencias de potencial de los músculos flexores y extensores del antebrazo. Mediante un electrodo, se capta la energía eléctrica que producen los músculos cuando la mente los excita a través del cerebro y los conductores nerviosos. La corriente eléctrica producida por la onda mental es multiplicada por un equipo de transistores y la mano artificial se abre y se cierra a voluntad de su poseedor.
El diagnóstico mecánico actualiza un viejo sueño de la humanidad: el robot que diagnostica las enfermedades. En un hospital de Washington, un computador electrónico analizó cientos de electrocardiogramas, con un éxito diagnóstico del 90 %. En la Universidad de Oklahoma, un grupo de investigadores sometió a un computador los datos médicos de 445 enfermos con infarto de miocardio; la máquina acertó en su pronóstico de recuperación, en una proporción del 92 % y 73 médicos clínicos, que estudiaron la misma información, solo alcanzaron un pronóstico exacto en un 67 %. El robot médico tiene dos ventajas: la velocidad y la precisión de la “memoria”; pero no hay que olvidar que un computador electrónico no puede amar al enfermo, y sin amor no existe auténtico acto médico.

¿Pueden reproducirse las máquinas?
Los rusos manejan electrónicamente la producción, la distribución y la mano de obra de todo el país. La refinería de petróleo de la ESSO, en Fawley (Gran Bretaña), destila alrededor de 25.000.000 de litros de petróleo crudo por día; los equipos electrónicos que realizan esa labor son manejados por seis obreros por turno. Catorce obreros, cada uno de los cuales atiende (en realidad, no hace más que vigilar) una máquina electrónica, bastan para producir el 90 % de las bombillas eléctricas y el 100 % de las válvulas de los aparatos de radio y televisión de los Estados Unidos (que son más de 300.000.000).
Las máquinas electrónicas son utilizadas por las fuerzas armadas, en los proyectos espaciales, en la economía, en el cálculo de la trayectoria de los satélites artificiales, en los servicios sociales y de salud pública. Y, día a día, se descubren nuevos campos de aplicación.
Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza y el hombre posee el don divino de engendrar seres semejantes a él mismo. Von Neumann se preguntó si sería posible dotar a los nuevos artefactos de la propiedad de autorreproducirse. Matemáticamente, demostró que es posible: en una primera aproximación, parecería que los “hijos” del robot tendrían que ser menos complicados que el “padre”. Von Neumann probó que no es así: es posible construir un robot con un “programa” que le permite crear robots iguales a él, los que, a su vez, podrían cumplir esa misma función. Las informaciones inscriptas en el “programa” constituyen los “genes” que el robot habrá de “transmitir” a sus hijos.

“Dios y el Gólem, S. A."
El doctor Samuel (de la IBM) construyó un autómata capaz de jugar a las damas y de mejorar su juego a través de la experiencia. Teóricamente, todos los juegos pueden ser llevados a un estado en que carezcan de interés, por ser conocida la estrategia lógica para ganar siempre; esto ocurre, ya, con algunos juegos como el ta-te-ti y el uim o ajedrez chino.
El jugador electrónico del doctor Samuel almacenó en su “memoria” la experiencia de las primeras partidas jugadas con su creador y corrigió sus propias reglas de juego, logrando superar a su creador: la máquina había derrotado al hombre. Durante cierto tiempo, el robot le ganó todas las partidas, hasta que el doctor Samuel mejoró su juego y pudo derrotar al campeón mundial de ajedrez. Y los rusos (dirigidos por Botwinik, ajedrecista y matemático) intentan ahora su fabricación.
La palabra “robot” fue inventada por Karel Capek, el autor de la obra R. U. R., donde recoge el sentido del mito del aprendiz de brujo de Goethe. Samuel Butler en Erewon, Romain Rolland en La revolución de las máquinas, Jacob en La pata del mono y nuestro Jorge Luis Borges en Las ruinas circulares, El ajedrez y El gólem (el primero es un cuento y los dos últimos son poemas), han reiterado, de diversos modos, una vieja leyenda rabínica: la del gólem.
El místico rabino Löw, de Praga, quiere crear un homúnculo para ponerlo a su servicio. Fabrica un simulacro humano de arcilla y lo dota de vida, poniendo en su boca el nombre secreto de Yahvé: así nace el gólem, una trágica criatura que no puede hablar. Un día, el gólem se rebela contra su creador y despierta del sueño nocturno al que lo condena el rabino; huye desesperadamente por las calles de Praga, destruyendo todo a su paso. Finalmente, el rabino lo reduce a polvo y termina definitivamente con él.
En su último libro, Wiener juega con esta analogía: Dios creó al hombre y el rabino Löw, al gólem.
Los tecnólogos han engendrado a los robots; pero la fabricación de autómatas no es un acto divino, sino un gesto de hechicería. Cuidado —advierte Wiener—, no sea que los monstruos mecánicos terminen por devorar al hombre.
Armando Asti Vera

"El lector Interesado en ampliar este tema, puede recurrir —por sugerencia del autor— a las siguientes obras básicas: Wolfgang Wieser: Organismos, estructuras, máquinas (Buenos Aires, 1982).
Sociedad Científica Argentina: Disertaciones del primer coloquio argentino de cibernética y biología (Buenos Aires, 1960).
Norberto Wiener: Cibernética y sociedad (Buenos Aires, 1968)."

Revista Panorama
11/1966
 

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