Mágicas Ruinas
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LA MASACRE DE PALESTINA
Para los jordanos, del jueves 17 al 24, transcurrió una semana larga, sórdida y sangrienta. Desde el primer cañonazo hasta el armisticio suscripto por Hussein y Yasser Arafat, virtualmente aniquilado el poderío guerrillero, se contaban cerca de 20 mil muertos y otros tantos heridos. Un pueblo desesperado proveyó la mayoría de las bajas; luego de una masacre gratuita, casi absurda, los palestinos iniciarán otra Diáspora. Sólo que en estas condiciones nadie cree que tengan la misma suerte que los judíos.
El pacto, más bien un pliego de exigencias planteado por el soberano, establece: 1) transferencia de las bases guerrilleras de la capital y otras localidades hacia la línea del cese del fuego, en el Jordán; 2) retiro del Ejército a sus cuarteles, con la promesa de mantener su carácter profesional; 3) respeto de la soberanía del país, y de sus leyes, por parte de los fedayyins. El sábado se reanudaban los combates.
El viernes 25, Golda Meir proclamó su discrepancia con el acuerdo ajeno: “No podemos tolerar que Hussein y los guerrilleros lleguen a un arreglo a nuestras expensas; nos opondremos a ello con todas nuestras fuerzas”. La Primera Ministra debería repasar el significado de soberanía —un término que parece no figurar en el diccionario hebreo—, a menos que considere al Reino hachemita como algo propio.
Desde hace dos años, las insolencias de los guerrilleros solían conmover al monarca; sin embargo, como se consideraba a los parias rebeldes parte del renacimiento árabe, Hussein les hacía el juego. Pero el miércoles 16 cambió de táctica; “Nosotros o ellos”, les dijo a sus confidentes. Un Gabinete militar —siete generales, dos coroneles, tres mayores—, y los tanques Centurión ya marchaban sobre los barrios palestinos.
Los oficiales jordanos, quienes se creían “mujercitas” por los continuos desplantes de Al Fatah, se sucedieron en el micrófono de radio Ammán; presumían del triunfo en pocas horas. No se equivocaban, la victoria era segura. Sólo que, antes, pasaron muchas horas v varios días; también se contaban millares de muertos y cientos de casas destruidas. Sin duda, un precio político demasiado caro, una exangüe ganancia militar.
Bastaba sumar unidades para saber el resultado. Abismales diferencias separaban a los 58 mil hombres de la Legión Arabe, una de las fuerzas más eficaces del Levante, bien provistos y entrenados, de los 20 mil palestinos irregulares, novatos en cuestiones de guerra, y protegidos por armas cortas. Nadie podía ignorar el desenlace;, sólo ellos, impotentes e idealistas, lanzaban baladronadas victoriosas.
La suerte de la intrépida guerrilla la conocían la URSS y USA; también Nasser, como el resto de los países árabes, incluyendo a Irak y Siria, que comprometieron su apoyo pero que luego no lo brindaron. Se explica: es el juego de los provocadores. En julio, no erraba Arafat cuando sostuvo: “Hay un complot maquiavélico para dislocar el frente interno de los árabes, para extinguir el movimiento de liberación”.
Hubo solidaridad verbal. Todas las radios de Siria expresaron su respaldo a la guerrilla; a último momento, el baasista Gobierno de Damasco destacó una hilera de tanques dirigidos por guerrilleros de su país. Mientras, Bagdad, que había puesto “a disposición de la resistencia” los 15 mil soldados que estaciona en el Noreste jordano guardó un sintomático silencio.
Se comprende la pasividad de los instigadores. Una seria advertencia de Israel, otra de los Estados Unidos, y los consejos de la Unión Soviética, frenaron cualquier impulso. El Gobierno de Bagdad recibe una considerable ayuda rusa que no vale la pena desperdiciar.
Nasser, entretanto, hacía esfuerzos por mantener el equilibrio entre el Rey —su partenaire, en las negociaciones con Gunnar Jarring— y Arafat. líder de los moderados. Con increíble descaro, el periódico Al Ahraam publicaba “Hay que ponderar la acción de Hussein”; en otro párrafo, admitía “el derecho indiscutible de los jedayyins por continuar su lucha”. A pesar de esas piruetas, el Rais supuso que era el único mediador: su enviado especial no pudo encontrar a Arafat, mientras que Hussein le prometía el cese del fuego, y su jefe de Estado Mayor amenazaba con un ultimátum a los guerrilleros.
El Líbano se mostró discreto: temía que el contagio llegara a Beirut. Los otros países —Arabia Saudita, Marruecos, Túnez— se proclamaron neutrales: en este caso, cómplices del crimen; Argelia, que pretende liderar el bloque, sólo denunció el genocidio.
Es que los insurgentes se habían tornado molestos para todos. Eran la hipoteca del Plan Rogers, y de los afanes pacifistas soviéticos, reconocidos hasta por Moshé Dayan. “Sólo nosotros decidimos nuestro destino —publicaba el Fath (conquista), el 26 de julio—; no aceptamos que USA ni la URSS nos dicten su voluntad, como en 1948.”
La frase, que parecía acuñada por Mao Tsé-tung, preocupaba a los soviéticos. Luego de tantos gastos para crear una imagen digerible a los árabes y transformar la balanza política en el Medio Oriente, debían soportar la avalancha de salvajes guerrilleros que pretendían establecer una cabeza de puente china, una Albania musulmana. Para huir de este espectro, el Kremlin le dio el visto bueno a un régimen feudal como el de Hussein —impuesto a sangre y fuego—, cuyo poder depende del capitalismo anglosajón. El martes, ya definida la guerra, Moscú previno a Washington sobre los peligros de intervenir en la castigada área.
Los norteamericanos vivían momentos de incertidumbre, parecidos a los de 1958, cuando invadieron el Líbano. Las pantallas de televisión no brindaron ninguna información sobre el conflicto. Pero esa gaffe no impedía a la Casa Blanca estar informada; al contrario, el mismo jueves 17 se iniciaron las reuniones del wasag (Washington Special Action Group), un comité creado por Henry Kissinger para tratar los problemas urgentes de Camboya. Aunque hubo movimientos de la vi Flota en el Mediterráneo, se deslizó que no tomarían medidas, siempre y cuando Irak y Siria se mantuvieran al margen.
Luego de un vistazo a este panorama, sólo cabe preguntarse: ¿Son tan insensatos los palestinos? Simplemente, son hombres desesperados. Atentan contra civiles o aviones, confían engendrar una Tercera Guerra; en fin, matan porque piensan que esos hechos; si algún día ganan, se convertirán en actos de coraje, heroísmo y gloria. “Un palestino vale tanto como un norteamericano. Queremos demostrar que cuando un pueblo está oprimido, a todo el mundo le concierne, y todo el mundo está en peligro”, clamó George Habache.
Una vez iniciada la lucha, la única salida de los guerrilleros era buscar santuarios a lo largo de las fronteras iraquesas o sirias. Pero el Estado dentro del Estado que combatía Hussein, se hallaba en Ammán, cubierto por una capa militar que no ofrecía huecos. Una evocación a la Budapest de 1956, con audaces combatientes, sin sostén, envalentonados por la propaganda externa, enfrentando con metralletas la decisión de tanques y cañones.

LA HERENCIA BRITANICA
Hebreos, asirios, caldeos, persas, árabes, griegos, mahometanos turcos e ingleses entre otros, dominaron lo que hoy se llama Jordania. Pero la historia siempre dirige sus baterías hacia la época del mandato británico o a unos años antes, en la Primera Guerra, cuando los turcos otomanos se colocaron al lado de Alemania y los árabes con los ingleses.
Palestina, bajo mandato inglés desde entonces, fue dividida en 1948 entre el nuevo Estado israelí y el emirato árabe de Transjordania. A partir de ese momento, Jordania —nuevo nombre de ese país— acogió a los palestinos cuyo territorio había absorbido, y a los que huyeron en 1956 y 1967 de las armas de Israel: el Gabinete del Rey Hussein, como el de su padre (Talal, quien tuvo disturbios mentales) y el de su abuelo Abdullah, incluía por mitades a súbditos de ambas orillas del Jordán.
A los 17 años, en 1953, Hussein llega a Rey. Nunca pudo arrancarse la influencia inglesa —estudió en Sandhurst— y, si algún día piensa en cambiarla, su sentimiento se inclinará por los norteamericanos. Pero como USA parece interesada sólo en tener intermediarios, y no ejercer el poder directamente, el destino empuja al soberano hachemita hacia los ávidos brazos de Israel. Quizá, este play boy que se casó dos veces, adora las carreras de automóviles, hace sky acuático y pilotea su propio jet, elija otro camino; sin embargo, repite la estela de su abuelo, quien en 1939 ordenó a sus tropas —junto a las inglesas— arrasar con todos los terroristas árabes de Palestina.
Abdullah fue asesinado en 1951 y la conspiración se atribuyó a una venganza de Hadj Amin Al Husseini, mufti de Jerusalén y aliado de los alemanes. Yasser Arafat, el actual enemigo de Hussein, proviene de la familia Husseini, la misma del mufti.
Lo que se discute de Arafat, al margen de su genio militar, es su lugar de nacimiento; muchos señalan a Gaza, otros a Jerusalén, como la cuna de este osado guerrillero que perteneció a la Hermandad Musulmana, un movimiento nacionalista y de severa tradición religiosa que se opuso a Nasser. En 1955, cuando todos debieron huir de El Cairo, Arafat eligió Alemania Occidental: ahí, junto a otros estudiantes palestinos, surgió la idea de los fedayyins.
Arafat hereda el trono de Ahmed Shukeiri, quien en 1964 preparó el congreso de la Organización de Liberación de Palestina. Convertido en héroe de los árabes, el ahora líder de Al Fatah comprendió que la guerra marginal era una excelente forma de vida. Financiada por los propios Estados árabes, que dan dinero e instrucción, otros palestinos inquietos siguieron la huella. George Habache, un médico cristiano formado en la tradición nasserista, que se pasó al marxismo luego de 1968, se convirtió en su principal adversario; más radicalizado, precipitó la crisis jordana con el secuestro de tres aviones (a fin de semana aún se desconocía el paradero de 37 rehenes). Para no perder la dirección del movimiento, Arafat tuvo que olvidar sus posiciones contemplativas y lanzarse a la arena: en siete días, el hombre que eclipsaba a Gamal Nasser se ha postrado.

POR FAVOR, ME DA UN PAN
La respuesta: un tiró que hizo saltar el revoque de la pared y luego se incrustó en el vientre de Mohammed Attallah, corresponsal de Reuter en Amman. “Todavía que no dispara pide pan”, se quejó un soldado a quien la bala casi le vuela un ojo. Durante cinco días, en una pieza de cuatro metros por cuatro, gateando y herido, Attallah atravesó la debacle. “No sabía lo que iba a pasar mañana, ni lo que sucedería dentro de un minuto”, confesó.
Otros 140 colegas, en el Hotel Intercontinental sufrieron una odisea semejante. Rodeados por tanques leales a Hussein, escuchaban el estallido de los cohetes Katyusha de los guerrilleros. No había teléfono ni líneas telegráficas; tampoco luz y la ciudad estaba cerrada. Sólo se percibía el humo de los bombardeos y el hedor de los muertos. La Cruz Roja, entretanto, reclamaba.
Pero no hubo tiempo de recogerlos. Los jedayyins tenían la fantasía de convertir a la capital en la “Hanoi árabe”; al principio, los blindados explotaban con las granadas o los cocktails Molotov, pero un cambio de estrategia alteró el juego de la guerra. La infantería jordana requisó casa por casa en busca de hombres armados que se distinguían por un pasamontañas; para que no hubiese sorpresas, el general Majali aconsejó: “Cualquier problema, dinamiten”.
La lucha no se reducía a Ammán; los guerrilleros daban trabajo a una docena de ciudades. Al Norte, en Irbid —100 mil habitantes—, se permitieron instaurar “el primer estado revolucionario del Medio Oriente”. Una anarquía total, pues tres palestinos juntos significan una organización terrorista. Sin embargo, Loren Jenkins de News-week, observó que “todo era normal, la gente marchaba al souk (mercado) o se detenía en los bares”.
La mayoría de la gente trataba de convencer al cronista que “se vivía mejor que antes”. Para reemplazar la administración, instalaron “comités populares”, una suerte de soviets que se dedicaban a organizar la defensa de la ciudad. “Lucharemos hasta el fin”, se prometían. Ni siquiera con los tanques sirios contuvieron a la arrolladora ofensiva real que, el domingo, había concentrado su ataque en Ramtha, pulmón de la guerrilla, centro de aprovisionamiento y comunicaciones.
Antes de ordenar los combates, Hussein —quien debía atender el teléfono: se le escapó el servicio— supo que la victoria no sería un mérito suyo. El hombre fuerte, a quien él le cediera todos los poderes, se alzó con las gratificaciones. Habes El Majali, 57, primo de Hazza, quien fuera Primer Ministro del Rey hasta que una bomba lo decapitó en 1960, desciende de una importante y fiel tribu beduina. En 1957, su obediencia lo llevó a ocupar el mismo cargo de hoy, pero su fracaso en la guerra de los Seis Días lo oscureció, aunque no estuvo en desgracia. Integrante del consejo consultivo que se reúne cada semana con el monarca, luego se convierte en su mentor.
Su ingreso al Gobierno —junto con otros tres militares ultras— radicalizó a los guerrilleros, quienes acusaron al Gabinete de “fascista y encubriendo los más tristes fines”. Para Majali, sólo los expedientes drásticos terminaban con “los ateos y subversivos”. Ese era su método, el mismo que compartía con el Primer Ministro Mohammed Daud, 50, un brigadier experto en Inteligencia.
Sólo que Daud, el viernes pasado, al llegar a El Cairo para suscribir el armisticio con los guerrilleros, tomó conciencia de la catástrofe. Desde la capital egipcia envió su renuncia; al mismo tiempo que desaparecía. “Sólo pido que respeten la soledad de un hombre que tomó una grave decisión”. El sábado, Nasser y su colega sudanés Joafar El Nimeiry acusaron a Hussein de ordenar una “horrible matanza”.
PRIMERA PLANA N9 400 • 29/IX/70
 
 

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