Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

bailarin nureyev
Nureyev: El ángel, el demonio
Luego de superar escarpados obstáculos, SIETE DIAS obtuvo el más extenso reportaje concedido por el prestigioso bailarín soviético durante su reciente recalada en Buenos Aires. El diálogo, desplegado a lo largo de una hora entre las bambalinas del teatro Coliseo, reveló insospechados perfiles del casi mitológico divo

El pasado martes 20, a las siete Me la tarde, sus poleras de jersey azul, verde y gris todavía están húmedas, secándose sobre el calefactor. Es posible que no se sequen hasta la mañana siguiente, pero a él no le importa: sobre el escenario del teatro Coliseo, en Buenos Aires, Rudolf Nureyev vive en plena erupción. Reluciente bajo las lentejuelas de su chaqueta de Bodas de Aurora, el divo ruso va y viene controlando partituras, decorados, trajes, luces, hablando en italiano con los maquinistas y músicos, en inglés con sus ayudantes. Lo sigue permanentemente su secretario, con una pava eléctrica, un termo y un tazón siempre humeante para aplacar el vicio del etoile: el té que bebe a pequeños sorbos luego de azucararlo con ocho terrones. Todo el mundo se somete a sus órdenes: hasta el director de la orquesta, Manfredi Argento, debe resignarse a escuchar sus "tium tata, fium tata” que le marcan el tiempo. Una sumisión teñida de orgullo en el caso de los maquinistas, que lo llaman maestro y no ocultan su admiración por el ídolo.
El ensayo de Bodas prosigue. Cada vez que Nureyev termina de practicar un solo o variación, lanza un sibilante soplido. Su pelo parece un vellón de plumitas mojadas; el sudor baja, generoso, por sus pómulos altos y finos, empapa la pequeña cicatriz sobre el labio superior (“Me mordió un perro cuando tenía trece años”). Cuando baila, su rostro se ensombrece, pero a medida que arremete con sus variaciones, abre la boca, sonríe, goza, estalla de júbilo. Le encanta hacer bromas y payasadas: cuando algún ritmo deviene lento, camina como un pato, hace muecas como un monito y se permite algún gesto obsceno.
Su voz ronca, algo afónica, continúa ordenando en un inglés con acento ruso, o en italiano con acento inglés, exasperándose ante el menor error o morosidad, instando a Argento a dirigir Sífilis (“Russian joke”, ríe), señalando coreografías más sobrias o menos manieristas.
Pese a todo, a sus humores tan inestables, este Nureyev 1971 tiene menos que ver con la tempestad que pasó por Buenos Aires en 1967, del brazo de Margot Fonteyn. Se lo ve más adulto, más sereno, más comunicativo. Claro que su empecinamiento antiperiodístico sigue incólume: no concede entrevistas ni conferencias de prensa, jamás fija horarios ni promete citas. Sólo tras haber escrutado minuciosamente a su interlocutor y por supuesto, según el humor con que amaneció, aceptará el diálogo. Un camino erizado de evasivas que, finalmente, culminó con éxito ante una cronista de SIETE DIAS. Por supuesto, el ídolo fijó condiciones: el reportaje debería reflejar —como ninguno hasta ahora— aquellos aspectos de su personalidad que, “por culpa de un periodismo que me hizo tanto daño, jamás se dieron a conocer a mi público”. Fue así que pudieron hilvanarse algunos perfiles inéditos de este hijo de campesinos tártaros, nacido el 17 de marzo de 1938 sobre un tren que cruzaba la estepa siberiana, estrella máxima del ballet Kirov de Leningrado en 1958, exiliado en París en 1961 y consagrado, unánimemente, como el más brillante bailarín de la última década. No es casual que entre sus más conspicuas partenaires se hayan contado Rosella Hightower, María Tallchieff, Ivette Chauviré, Nina Vyroubova y la Fonteyn, y que para ofrecer seis funciones de Cascanueces el teatro Colón le haya pagado 18 millones de pesos. Tampoco extraña que las plateas para esas veladas (5 mil pesos cada una) se agotaran vertiginosamente y fueran revendidas al triple de su valor. Lo que sigue es el diálogo que el fenómeno Rudolf Nureyev mantuvo con SIETE DIAS.
—¿Se considera una persona sincera?
—Todos creemos serlo.
—¿Pero usted lo es?
—Es un círculo vicioso: yo puedo pensar que le estoy dando una imagen real de Nureyev y usted va a interpretarme a su modo; es un riesgo que se corre.
—¿Qué cosas lo atemorizan?
—Siento miedo constantemente y creo que es algo inherente a la naturaleza humana. Me asustan tanto las pequeñas cosas como las grandes empresas. Puedo sentir miedo al pisar el escenario, al ignorar si todo saldrá perfectamente. A veces, el riesgo se agazapa en un vulgar practicable, en las luces que no fueron sincronizadas, en un mal movimiento mío, en una puerta que no se abre... Siempre está latente el peligro.
—¿Esos son sus mayores temores?
—Esos y otros. Un buen bailarín, por ejemplo, vive a expensas del correcto funcionamiento de su físico, a pesar de que paradójicamente lo atormente todos los días. Un malestar no puede influir, el cansancio es parte de uno, no se disfruta del lujo de enfermarse ... Ni qué hablar del temor enorme del día de estreno. Es la evidencia constante de que uno atravesó la prueba una vez más pero que eso no significa haber cumplido. El miedo llega a hacerse carne, pero la fe, el deseo de superación, el esfuerzo por ser uno mismo todos los días, neutralizan en parte al temor y lo convierten en una suerte de acicate natural.
—¿Qué consideraciones le merece su público?
—Mi público está para que yo lo sirva: ésa es mi función como profesional de la danza. Pero no quiero ser su esclavo. Me sentiría oprimido y perdería una visión objetiva del arte.
—¿Qué límites le impone su fama?
—Escamotea mi vida privada, mi intimidad. Me obliga a esforzarme desesperadamente para evitar que eso ocurra.
—¿Cómo se las arregla, entonces, para realizar sus conocidas y solitarias caminatas?
—Es algo difícil, pero que a veces consigo. Me encanta caminar; puedo estar horas y horas vagando, lo que me permite aclarar ideas, serenar los nervios. Luego me siento relajado, con la íntima satisfacción de haber compartido mi propio yo. Pero, generalmente, no puedo dar dos pasos sin que alguien se me acerque. Además, con el trabajo que tengo en estos últimos tiempos, debo ser precavido y no cansar mis piernas.
—Además de caminar, ¿qué hace cuando está cansado?
—¡Hum! (Se despereza). Sólo veo una cosa: la cama. Sólo quiero dormir.
—¿No siente deseos de estar con alguien, en particular?
—Bueno, sí, por supuesto. Con una sola persona; es mi único affaire, me hace sentir muy orgulloso y ocupa todos mis pensamientos. Me debe pasar lo mismo que a toda la gente.
—¿Usted cree en la gente?
—¿Por qué no? Creo y me desilusiono permanentemente. Es otro jueguito vicioso. Creo, me defraudo, me pongo alerta... De pronto alguien cree en mí y soy yo quien se cierra.
—¿Se considera una persona introvertida?
—No, no creo que demasiado. Ocurre que me han hecho mucho daño y aprendí a no tener absoluta confianza en la completa comunicación.
—¿Es esa desconfianza la que lo muestra irascible, como enojado con cuanto lo rodea?
—Soy terriblemente impulsivo, es verdad. Especialmente, en todo lo que respecta a mi métier. Es que no soporto errores. Me descontrolo cuando advierto que en algún detalle se filtró la improvisación. Me descontrolo frente a esas cosas. Pero no crea que soy una persona de carácter agrio. Sobre todas las cosas, me encanta dar.
—¿Y cómo es Nureyev cuando se ofrece?
—Cuando amo, me entrego en un cien por ciento: quisiera dar, dar siempre más. No hay barreras en este sentido. Me gusta que lo que ofrezco sea bueno, positivo, constructivo para quien está conmigo.
—¿Le interesaría conversar con su público?
—¿Desde el escenario? (Ríe con ganas) ¿O por la calle? Creo que sí, que podría hacerlo y me interesaría muchísimo que mi público me comentara personalmente sus opiniones sobre mis obras. Pero, claro, quizás porque temo un poco las efusividades; lo cierto es que siempre prefiero escapar, evitar el contacto directo con la gente. Al fin y al cabo, todo lo que puedo dar lo doy desde el escenario. Eso es lo único que pertenece por completo al público. No creo que conversando pueda expresarme mejor que bailando.
—¿Es cierto que sus íntimos lo llaman Rudy?
—No. A mí me gusta que me llamen por mi nombre y apellido. (Deletrea:) R-u-d-o-l-f N-u-r-e-y-e-v. Lo de Rudy viene de Inglaterra, es un diminutivo que aborrezco. Mis mejores amigos me llaman por mi nombre completo. (Vuelve a deletrearlo, dos veces.)
—Rudolf Nureyev, ¿tiene otras inclinaciones artísticas?
—Nací para ser bailarín y la danza es lo único que me interesa. Es mi vida, mi oficio, y sé hacerlo bien. No hay otro camino para mí, no existe otra cosa. Bastante tengo con un arte que siempre me presenta misterios fascinantes.
—Usted es un perfeccionista.
—¡No, nada de eso! Ser perfeccionista es estar siempre descontento, en desacuerdo con todo. Además, perfección significa también frialdad, y no me gusta ser esclavo de un mecanismo que funciona sin sangre. Yo soy vital, y aprendo a disciplinarme, que es un tipo de perfección. Pero quiero, necesito expresarme, comunicarme, y para lograrlo tengo que encontrarme con mi parte humana.
—Usted ha trabajado, últimamente, en coreografías modernas. ¿Se siente cómodo haciendo ballets no tradicionales?
—Recientemente bailé un Pas de deux que Béjart montó para Paolo Bertoluzzi y para mí, con música de Mahler. Fue una experiencia muy interesante. También hice La consagración de la primavera. Me siento tan feliz bailando tradicional como moderno. En la danza, por suerte, no hay peleas ni enfrentamiento de facciones. Se baila o no se baila. Lo importante es que la coreografía ofrezca, al bailarín, la posibilidad de dar algo nuevo o diferente. No importa la forma en que se exprese.
—¿Cómo disfruta de la vida?
—I love to live! La vida es para vivirla con todas sus riquezas, y también sus decepciones. Pero yo disfruto viviendo, quiero seguir viviendo, gozando, trabajando...
—¿Cuántas horas trabaja por día?
—A veces quisiera poder seguir bailando las 24 horas. Pero hay días en que me acuesto a descansar un par de horas y duermo hasta el día siguiente. Cuando me pasa esto, me enfurezco.
—¿Y cómo calma esa furia?
—Trabajando el doble de lo que pensaba trabajar ese día, para compensar el descuido. Muchos periodistas que intentaron entrevistarme en esos días habrán pensado que Rudolf Nureyev era un monstruo.
—¿Desde cuándo se preocupa por los periodistas?
—¿Cómo desde cuándo? La opinión de los verdaderos periodistas siempre me interesó. Tengo muchos amigos que están en esa profesión, a los que suelo reservar las mejores ubicaciones en mis recitales.
—¿Podría resumir las sensaciones que experimenta al bailar?
—¡Menuda tarea! (Limpia con una tiza el borde de su zapatilla.) Trabajando creo que viajo al fondo de mí mismo. Siento que muero y renazco al mismo tiempo. El mundo desaparece: sólo queda en pie la danza y Nureyev.
—Quienes han trabajado con usted lo definieron como una suerte de faquir, de bonzo que no conoce el hambre, la sed, la fatiga. ¿Qué hay de cierto?
—También dijeron que soy un bloque de concentración, de tenacidad, ¿no? No mienten demasiado. (Ríe.) Soy capaz de recomenzar durante todo el día el mismo ejercicio hasta haber logrado el dominio absoluto del cuerpo. Sólo entonces me entrego al ritmo.
—¿A qué placeres suele entregarse con más frecuencia?
—A uno en especial. (Sus ojos brillan con malicia.) ¿Conoce la receta del Negroni? ¿No? ¡Ja! dormir. Apunte: gin, vermouth blanco, Campari y una rodaja de naranja. Es un cóctel estrepitoso. ■
SILVIA GSELL

-*pie de fotos*-
-Durante uno de los ensayos de Apolon Musaghete, con Olga Ferri y Lidia Segni (sentada). Izquierda: respuestas inesperadas a SIETE DIAS.
-“Soy, ante todo, un profesional. No soporto errores y me descontrolo cuando advierto que en algún detalle se filtró la improvisación. Ce n mi profesión no juego. Pero no hay que suponer, por eso, que sea de carácter agrio. Sobre todas las cosas, me encanta dar.”

Revista Siete Días Ilustrados
02.05.1971
ballet nureyev

ir al índice de Mágicas Ruinas

Ir Arriba