Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

VAMOS... A LA LUNA!!
POR ORIANA FALLACCI
Estación de salida: Hunstville, Alabama. Desde allí, en vuelo sin escalas, partirá el “Saturno” en 1970, con sus 110 m de altura y 110 toneladas de peso. Pero cuando ocurra, más vale no oírlo: es que quedará sordo. 
El cohete para ir a la Luna crece en un lugar llamado Huntsville, en el norte de Alabama, donde ya hace mucho tiempo florecían los campos de algodón y los negros cantaban spirituals a coro. Su nombre es Saturno. Su altura es de 110 m, una vez y media más que la estatua de la Libertad. Su peso, 110 toneladas, 80 veces más que la cápsula que llevó al espacio a John Glenn. Su voz es tan apocalíptica que cuando susurra cualquier cosa la tierra tiembla por colinas y valles, los muros oscilan, los vidrios se rompen y los tímpanos duelen hasta el espasmo. Hay más sordos en Huntsville que en cualquier otra parte del mundo. Muchos condenados al silencio perpetuo emigran con indemnización estatal, y quien queda allí odia tanto a la Luna que jamás alzará la vista para mirarla, y si por casualidad la ve... escupe.
viaje a la lunaLa casa de Saturno es un galpón más grande que la plaza de San Pedro, y en él habitará hasta 1970, en que lo embarcarán en su nave personal para ser llevado, tras 16 días de navegación a través del golfo de México y el océano Atlántico, a Cabo Kennedy, desde donde será izado al área de lanzamiento. Nueve minutos después del gran salto morirá, pero su muerte será gloriosa. El “padre” de Saturno es Wernher von Braun y su “tío”, Ernst Stuhlinger. Como ellos, todos sus demás “parientes” son alemanes, no obstante estar inscriptos en el registro de población como norteamericanos. Son ciento veinte alemanes de gestos secos y de voz cortante, que se enternecen sólo al hablar de Saturno, al que llaman con infinita dulzura: “Our baby” (“Nuestro nene”) o “Our biggest baby” (“Nuestro nene más grande”). Durante la guerra, cuando vivían en Peenemuende, Alemania, ellos habían concebido, en efecto, nenes más chicos y a quienes menos pomposamente llamaban V2. Esas criaturas no iban a la Luna, pero destrozaban prolijamente, con un zumbido parecido al llanto de un niño ya muy crecido, a la capital de Inglaterra.

Comienza una novela
El capítulo más paradojal de la no vela del viaje a la Luna comienza, precisamente, ahí. En 1945, cuando murió Hitler y los aliados llegaron a pocos kilómetros de Peenemuende, von Braun se encontró con que “debía elegir entre los norteamericanos y los rusos”. Corrió al encuentro de los norteamericanos y lo embarcó todo. Los futuros “parientes” del “futuro nene más grande” fueron llevados a Nueva México; de allí a Fort Bliss (en Texas), y finalmente a Huntsville.
Desde entonces han pasado trece años. Ciervos, bosques y pavos han cedido su lugar a las áreas de lanzamiento, donde hablar de la Luna es, al fin y al cabo, la moda. Cuando Saturno muera gloriosamente, poco después del gran salto, quedarán el Apolo y el Mosquito. El Apolo es la cápsula en forma de cono donde viajarán los tres astronautas. El Mosquito es la cápsula con cuatro patas que aterrizará en la Luna. El doble vehículo acelerará hasta 25 mil millas por hora y se colocará en el corredor celeste que lleva a la Luna. Naturalmente, no deberá salir del corredor celeste, porque entonces los astronautas se perderán en el infinito. El viaje dentro del corredor durará tres días, a cuyo término el Apolo y el Mosquito se encontrarán a 6.000 millas de la Luna. Entonces dos astronautas del Apolo pasarán al Mosquito. Este se separará y comenzará el descenso en la Luna. El Apolo se quedará, en cambio, girando en órbita alrededor de la Luna, llevando sólo al tercer astronauta, que se aburrirá atrozmente. El descenso del Mosquito durará una hora, después de lo cual se posará en la Luna como un helicóptero. En este punto los dos astronautas tirarán una moneda para ver quién desciende. El ganador bajará y estará en la Luna cuatro horas. Después regresará al Mosquito y bajará su compañero por otras cuatro horas. Los dos astronautas comerán y dormirán. Al despertarse emprenderán el camino del regreso. El Mosquito no partirá entero. En la Luna dejará las cuatro patas porque ya no le servirán para nada. Se colocará en órbita y así comenzará el encuentro de Apolo para reunirse con él. Los dos astronautas volverán al Apolo, donde entonces los tres navegadores recibidos de “lunáticos” festejarán la hazaña no sin antes haber tirado al Mosquito. Con el Apolo saldrán de la órbita lunar, acelerarán a 25 mil millas por hora, regresarán al corredor celeste y, después de tres días, estarán descansando con un suspiro de alivio en sus blandas camas terrestres. Sencillo, ¿verdad? El problema no es ir a la Luna. Es ir a Marte.

Un marciano alemán
El hombre que se preocupa por ir a Marte es un alemán de 50 años de edad que anda sólo en bicicleta. Todos los años va a Italia y participa en su famoso giro ciclístico. Se llama Ernst Stuhlinger y cuando habla uno tiene la sensación de estar leyendo una novela de ciencia-ficción. “No hay oxígeno en Marte, pero moléculas orgánicas son claramente visibles a través de la espectrografía, y manchas verdes demuestran que la vida existe. Quizá —afirma— no sólo haya plantas, sino también animales que se nutren de esas plantas. Tal vez no sólo existan animales, sino criaturas inteligentes que piensan de nosotros lo que nosotros pensamos de ellos, vale decir, mal. Para saberlo con seguridad es necesario ir a Marte.”
“La astronave que irá a Marte es una especie de veleta compuesta de dos alas en punta que contienen un cohete y una cápsula. Será grande como una casa de dos plantas. Ni más ni menos, una casa. Tendrá dos dormitorios, cocina, teléfono, televisión y cinematógrafo. Albergará a tres astronautas que en caso de litigio podrán estar solos en las distintas habitaciones. El viaje a Marte, en resumen, será muy largo: no menos de un año y medio para ir y regresar, sin contar un mes de estadía allí arriba.”

Ingravidez de 590 días
Dos alas en punta girarán sobre sí mismas con una veleta y servirán para provocar la fuerza de gravedad, porque tener al hombre sin gravedad durante 590 días sería imposible. Las astronaves que intentarán esta escalofriante aventura sideral serán un mínimo de cinco y un máximo de quince. La flota partirá de Cabo Kennedy y viajará con el sistema de propulsión nuclear, la que se podrá usar después de 1970, o con el sistema de propulsión eléctrica, que se podrá utilizar después de 1980.
“¿Si es peligroso? Pero, ¡por favor! El viaje será preparado todavía mejor que el que hizo Cristóbal Colón, y será por ello menos peligroso. Si observamos las estadísticas, el lugar más peligroso del mundo es la cama. La mayor parte de la humanidad muere allí. Si una mosca se arriesga a volar en la oscuridad y aterriza en el cielo raso un hombre puede volar en el vacío y aterrizar en Marte.”

Cristóbal Colón del espacio
Wernher von Braun, llamado por los norteamericanos el “Cristóbal Colón del espacio”, tiene un aire próspero de bebedor de cerveza. Habla con acento prusiano. O gusta mucho o disgusta mucho. Yo lo encontré simpático. No es un “marciano”, sino un “lunático”. El viaje a la Luna es su obsesión.
—Llegaremos á la Luna dentro de seis años si el pueblo norteamericano está dispuesto a pagar. No lo dude. Ignoro si el Congreso continuará financiando la empresa. Existen algunas dificultades, pero todas superables. El viaje es breve. Ocho días entre ir y volver. Aterrizar en la Luna es un picnic.
—¿Qué espera encontrar en la Luna? ¿La astronave aterrizará sobre arena, sobre roca, sobre lava? ¿Y podrá realmente aterrizar?
—La Luna es un lugar muy grande. Hay montañas y llanuras. Después de haber visto las fotografías que hemos visto, yo estoy parcialmente convencido de que se puede aterrizar en casi todos lados. Es muy, muy improbable que en la Luna exista cualquier forma de vida.
—¿Cuál es el porcentaje de peligro que los tres astronautas afrontarán al ir a la Luna? Basta un pequeño agujero en el traje espacial para morir, ¿no es cierto?
—El cincuenta por ciento del peligro es que antes de ir no mueran en un accidente automovilístico en la Tierra. Manejan como locos. Un agujero en el traje, usted dice. También si hay un agujero en una nave se hunde en el mar, se va al fondo y muere. También si hay un agujero en el avión, el avión se precipita y se muere. Teóricamente, el avión puede precipitarse cada vez que usted viaja en él. Pero usted viaja lo mismo.
—¿Pero usted iría a la Luna? ¿No hay un lugarcito para un científico?
—Iría, sí. ¡Cómo no!. El hecho de incluir o no a un científico es una discusión que dura hace años. Pero la finalidad del primer viaje a la Luna es sólo ésta: mandar tres hombres y traerlos vivos a la Tierra. Así que no podemos incluir científicos, sino hombres lo bastante jóvenes y fríos como para arreglárselas en caso de emergencia. En el futuro, cuando el trayecto Tierra-Luna sea normal, partirán más científicos que pilotos. Quizá me aceptarían en el décimo viaje, como se acepta a un viejo tío para alegrarlo.
—Quizá tendrá tiempo para trasladarse a Marte. La astronave que me mostró el profesor Stuhlinger es mucho más cómoda.
Ir a Marte no será un picnic
—Marte es otra historia. Trasladarse a Marte no será un picnic de ocho días, como ir a la Luna. Pensar en ir a Marte alrededor de 1985 es muy pronto. Es indudable que en Marte existen, al menos, formas inferiores de vida. Cuando hablo de vida en Marte me refiero a una forma de vida muy distinta de la nuestra, una vida que ha tenido 200 millones de años para desarrollarse, mientras que nosotros hemos tenido sólo 500 mil años. Dentro de 200 millones de años también la vida terrestre se adaptaría a la marciana o, si prefiere, será como la marciana.
—¿No hay en Marte entonces nada que se asemeje al ser humano?
—El hecho de que existan o no en Marte criaturas inteligentes es una vieja controversia. Puede ser que Marte haya tenido, en un pasado para nosotros remotísimo, altas formas de civilización. No espero encontrar hombrecitos verdes.
—Volvamos a la Luna, doctor von Braun. ¿Cuáles son las probabilidades de que los norteamericanos lleguen a la Luna antes que los rusos?
—No sé hasta qué punto los rusos apoyan el programa lunar. Ellos también tienen sus problemas financieros y me temo que ni siquiera Kruschev sepa hasta qué punto Rusia podrá sostener el costo de una empresa similar.
—¿Usted piensa que la conquista espacial hace más fácil el peligro de una guerra o la disminuye?
—Esta es una pregunta tremenda a la que ningún ingeniero, filósofo o científico podrá jamás responder. Mi esperanza y también mi convicción es que navegar el espacio disminuye la posibilidad de una guerra en cuanto convierte la guerra en algo totalmente absurdo, en suicidio colectivo, en una ruina completa también pata quien la desencadene.
—¿La Luna puede ser usada con fines militares?
—No estoy en la posición adecuada para comentar los usos militares de la Luna, pero todos están de acuerdo al decir que la Luna de por sí tiene un interés estratégico muy limitado, diría nulo. Un hombre en la Luna no puede servir para nada más que para exploración científica de la Luna, y éste es el fin de nuestro programa.
—¿Pero será posible vivir en la Luna, donde no hay aire, ni agua, ni nada de lo que necesitamos para vivir?
—Ciertamente, sí. Del mismo modo en que se vive dentro de un avión donde comemos nuestro bistec, bebemos nuestro champaña y somos asistidos por una azafata graciosa. Una vez provistos de todos los elementos vitales terrestres, el hombre puede vivir en cualquier parte y lo hará. Hace sólo treinta años ninguno creía en que se pudiera viajar en avión de continente a continente, y hoy es difícil encontrar lugar en los aviones intercontinentales porque están siempre llenos de mujeres y niños. Nos acostumbraremos a la Luna como nos hemos acostumbrado a los aviones. La vieja afirmación de que el hombre está hecho para estar en la Tierra no es válida. El hombre está hecho para habitar en cualquier parte donde quiera estar y para ir a cualquier lugar donde él quiera ir.
Revista Atlántida
11/1964
 
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