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A mal tiempo, buena risa
El café concert murió: Perciavalle es para siempre un cómico masivo.
En diciembre del ’84, antes aun de terminar con las once emisiones del
show semanal
empezado en octubre, Carlos Perciavalle había firmado el contrato para
su rentrée del ’85. El acontecimiento se produjo el lunes 13, en el
mismo Canal Once donde el autoproclamado (y autocoronado) Rey del Café
Concert cosechó, entre aplausos, críticas y algún escandalete
adicional, un rating que empezó con 20 puntos y terminó con 30. Para
este regreso los auspicios no pudieron ser mejores: dos semanas de
flashes prometedores (anuncio y anticipo). Y una cola in crescendo de
espectadores que, desde las 18, esperó ordenadamente en la puerta del
estudio mayor del canal para presenciar la primera emisión de El show
de Carlos Perciavalle. Adentro de ese estudio, y desde las 16,
Perciavalle y los dieciséis integrantes de su afiatada troupe daban
los retoquecitos finales a los sietes bloques que, con veinte minutos
destinados a publicidad, se desarrollarían durante la hora y media del
programa. Por allí andaban Daniel Mañas, productor y guionista, el
director Rubén Marucci, el coreógrafo Ricky Pashkus. Y Carlos
Perciavalle, obviously, en bata blanca, zapatillas y medias celestes,
maillot blanco sin mangas ni hombros, ajustadísimo (pasadas las 22,
durante un cambio de ropa que empezó en el escenario, dicha prenda
provocó el codazo de una espectadora a su vecina y un semirruborizado
comentario: "¿Cómo se le nota la cola!"). Los rulos entrecanos, muy
cortos, y el perfil que —cada vez más— se va pareciendo al de Charlot
Chaplin. A su lado, ensayando, Susana Giménez. Primera de una lista de
invitados que contiene a Susú Pecoraro, Ricardo Darín y Carlos Andrés
Calvo, Lorena Paola, Mercedes Sosa y Paloma Picasso. Tiempo hay: en
total, las de este año serán 20 presentaciones. Voluntad, depende:
“Viste, hay gente que no se anima —explicó más tarde Perciavalle a
SOMOS—, tiene miedo de que le tome el pelo o no sé de qué". Y se diría
que buen corazón, sobra: la buena onda que el Rey exige de sus
invitados está también en él y en su troupe. Ni un grito destemplado,
ni una mirada torva, ni un amago de histeria, ni durante el ensayo ni
durante la representación. Algo que asombra tanto como el buen trato,
indiscriminado, para con un público poco acostumbrado a los mimos.
Quince minutos antes de empezar el show, ya vestido y maquillado,
Perciavalle subió a las zancadas la escalera. Repartió besos y
apretones de manos. Ya en la cima interpretó una conga, con gran
aspaviento de caderas. Aseguró que no tenían por qué reírse ni
aplaudir sin ganas. Les juró a los gritos a los boys (ya preparados
para empezar el baile) que si se equivocaban “no les iba a hacer
nada". Dio sus primeras instrucciones: “Cuando yo haga el monólogo de
Athena Onassis, y se los pida, ustedes canten el arrorró, ¿si?"
Dijo m. . ., para sano regocijo de su platea (“Total, ahora puedo"). Y
pidió la complicidad de las 600 personas (pocos niños, algunos
adolescentes, abrumadora mayoría de mujeres entre 30 y 60 años y una
nada desdeñable cuota de varones de la misma edad) para que lo
“ignoraran" a él y miraran en cambio a los boys, que iniciarían el
show con un baile.
Embelesado (embolsillado). el público retribuyó los besitos y cumplió.
Es más: en la parte del arrorró agregó de motu proprio una de las
gracias que aparentemente mejor sabe hacer nuestro público en la tevé:
batió palmas al compás de la música. Y —débil es la carne— se mantuvo
alerta, "nena, por si nos están filmando", como dijo una joven madre a
su chica. Y aunque no tenía obligación se rió. Mucho con el monólogo
político, indudablemente el hit de la noche. Un poco menos con el
sketch glamoroso entre Giménez y Perciavalle. Poco y a destiempo, se
diría con lo más intelectualizado (bueno, no exageremos) de la jomada:
el monólogo de Mozart. Un texto donde las continuas referencias al,
digamos, mundo de la cultura (la sordera de Beethoven, la asociación
del apellido Mahler con el adverbio mal. cierta composición de
Tchaicovsky) fueron, por si las moscas y con buen tino, explicadas en
el monólogo. Se deleitó con las Variaciones para el Minué, de Duport,
que Marcela Roggeri (joven concertista, alumna dilecta de Bruno
Gelber) tocó al piano. Y tanto se deleitó el público, que al terminar
el bloque y a pedido (“¡Toque clásico!", se exaltó otra señora,
haciendo suya la voz de la mayoría), sabia en la elección de
repertorio, la pianista arremetió briosamente con un estudio de Chopin
intitulado Revolucionario.
Como el público, Perciavalle tiene sus predilecciones. Y aunque
asegura que "se siente bien con todos los personajes", parece sentir
una especial inclinación por Athena Onassis ("Es un amorcito —dijo—,
pobrecita, además es tan interesada, tan basura"). Una buena
caracterización hecha, a esta altura de su enorme oficio, en no más de
tres minutos. Se enfunda en una especie de moisés que oficia también
de pollerita, le ponen una inmensa capota (“Estoy divino", dice,
después de mirarse en un espejo de mano). Toma un vaso de agua mineral
(no más de uno entre bloque y bloque) y sale a escena, con los últimos
elogios de los alrededores ("Ay, las manitos que tiene. ¡Qué
maravilla! ¡Qué placer!", susurran los boys) y con el visto de Esther
López. Su vestidora oficial y exclusiva desde hace cinco años, también
encargada de mantener en condiciones el hipertrófico ropero teatral
que Perciavalle tiene en su cuartel general del hotel Alvear. El Rey
sabe que si bien el número atracción es él mismo —su talento, su
desmesurada capacidad de comunicarse con cualquier público—, el
vestuario es importante. No por nada prefiere, desde hace años, los
diseños de Guma Zorrilla, con la que viaja a Nueva York para elegir y
comprar los hectómetros de tela (lentejuelas sobre satén, crepe y
telas elastizadas; organza labrada, tul), pailletes, pieles
sintéticas, boas de plumas, adornos de strass, hebillas. pulseras y
anillos. Y collares y sombreros: especialmente recomendados la
capelina y la sarta de perlas (impecable bijouterie), que el showman,
caracterizado de Joan Collins, llevará el próximo lunes. De Nueva York
se ha traído también los materiales para que Aníbal Díaz confeccione
las pelucas (primera master piece, la del personaje de Amadeus
Mozart). Por su parte, y con un ritmo semanal de seis trajes, Manuel
González y diez personas a su cargo se ocupan de confeccionar los
vestidos. Todo esto es lo que más ha costado: cerca de 20.000 dólares.
Un gasto al que hay que sumar los de la escenografía (mínima, cuasi
espartana), los arreglos musicales, la orquesta, las grabaciones de
canciones hechas en estudios particulares. Así se cuenta esta historia
que, hasta el momento, Carlos Perciavalle tiene todas las
posibilidades de ganar. Atrás —muy atrás— dejó esa imagen de Antonin
Artaud del género café comen con que irrumpió en los años '60. Se ha
convertido, sin perder desenfado, ni libertad, casi casi en un actor
para familias. Si hubiera que adjudicarle otra imagen, quizá la ideal
sería la del tío bueno, un poco zafado —al que las mamás, las tías,
las hermanas a lo sumo pueden retar con ternura—. Basta ver las
adolescentes que se acercan, después del programa, para pedirle
autógrafos: “¿Cómo te llamas, querida? Ah. Deborah. Bueno, un hesito. Tomá: Para Deborah, con cariño”. O las que le escriben cartas (un
must: la chiquilina que le envió fotocopia de su boletín de
calificaciones, con buenas notas). O conocer ese club de admiradoras
que ya tiene, y cuyas socias se encargan de obras de beneficencia.
Perciavalle sigue diciendo lo que quiere y cuando quiere. Se diría que
quiere cosas distintas. Como siempre, quiere entretener, divertir,
convencido de que al peor tiempo hay que ponerle la mejor cara,
abroquelado en un positivo voluntarismo. Ya no quiere épater le
bourgois. Y como así lo explica en la canción final (una linda
adaptación de Déjame cantar v seré feliz, el viejo éxito de Al Jolson)
“Quiero ser el buen bufón que hará reír de corazón". Tan clean, tan
poco agresivo como para que confiese que eligió a Mozart "porque
estamos hartos de tanto mediocre, de tanto Salieri dando vueltas'' y
no especifique nombres. Como para que prefiera quedarse a seguir
remando en la Argentina. Como para que se acuerde con más dolor que
rabia sobre la publicidad desmesurada que tuvo aquel exabrupto (perdón
por el eufemismo) en cámaras, el 28 de octubre del año pasado.
O como para que se refiera, con buen humor, divertidísimo, a “la
competencia desleal" que le pusieron en Canal 9: un concurso
ofreciendo 1.000 dólares al mejor chiste. “Si mi programa terminara
antes de las 22, me presentaba yo. ¡Hubiese preferido que me pusieran
enfrente a Antonio Gasalla: eso es competencia". se le oyó decir,
entre bloque y bloque.
Todos los lunes, durante cinco meses más. el Rey seguirá aparcando el
tráiler (“me lo prestó un amigo, un santo") que le sirve de camarín,
cocina, dormitorio, en el estudio mayor del Once, y allí seguirá
preparándose para llegar listo hasta la pista de su propio circo. Buen
bufón con una aventura preferida: la vida.
Vilma Colina
Fotos: Fabián Mauri
Revista Somos
17.05.1985
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