Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

clase media

Ni cabeza de ratón, ni cola de león: ocho millones de argentinos a la expectativa, ubicados en el centro de la escala social, movidos por la voluntad de superarse.
CLASE MEDIA
Un status en el sube y baja

(ilustraciones de Quino)

Todo el calor del verano se descarga sobre la ciudad. En el primer piso del edificio, el propietario de la fábrica no lo nota. Apenas el ronronear del acondicionador de aire se lo recuerda en los momentos de silencio. En los fondos del establecimiento, los obreros visten el mismo uniforme veraniego de los turistas en Mar del Plata: un short o un pantalón, a pecho descubierto. Tras un escritorio repleto de expedientes, embutido en un traje y ceñido con cuello y corbata, el jefe de personal, cuando sus ocupaciones le dejan la mente libre por algunos instantes, envidia alternativamente el acondicionador de aire del propietario y los “shorts” de los obreros. Ambos tipos de “confort” le están negados. Su “status” no se lo permite. Ese es su mayor drama. Es el drama de pertenecer a la clase media. Esa clase que cuando se aplasta un dedo con un martillazo no tiene el consuelo de disponer que alguien le traiga de inmediato un calmante, ni puede desahogarse diciendo una mala palabra. . .
Ese hombre que se sacrifica voluntariamente con sus dos empleos que le insumen entre 12 y 16 horas diarias, que no puede venir al centro sin traje, que no se beneficia con generosos créditos bancarios a largo plazo cuando atraviesa un período de crisis económica, que se mueve impulsado por una necesidad heredada de subir a costa de cualquier esfuerzo, fue el objeto de la investigación de Panorama. Fue fácil encontrarlo. Es el que más se ve, es el hombre común con que se tropieza a cada paso. Lo que no resultó tan sencillo fue
retratarlo. La dificultad la conocen todos aquellos que alguna vez han tratado de fotografiar a un sujeto en continuo movimiento: solamente la casualidad, o una muy buena máquina fotográfica, evitan que salga “movido”.

“Ni tanto, ni tan poco”
Definir a la clase media (CM) es problema para todos los que lo intentan. Un escritor como Dalmiro Sáenz la considera “gente que está en tránsito, que sube o baja”; el editor Jorge Álvarez piensa que es “un gran colchón de tensiones”; para el doctor Arturo H. Illia, “en este país casi todo es CM”; para la escritora María Angélica Bosco “es un nivel de vida”. El sindicalista Francisco Prado la define a través de “su símbolo: querer aparentar más de lo que tiene y su común denominador: el deseo de ascenso”. Brochazos impresionistas todos. Arturo Jauretche señala al respecto que la expresión CM es “sumamente ambigua” por lo que muchos sociólogos prefieren llamarla “clases intermedias”, por cuanto se trata de “estratos cambiantes y superpuestos que descienden desde la CM-alta, ubicada cultural y económicamente en las fronteras de la alta burguesía y aun de la aristocracia, hasta los confines de la clase baja”.
Necesariamente más precisa y detallada, la definición de la categoría social “C” —correspondiente a la CM— empleada por una prestigiosa empresa encuestadora internacional se basa especialmente en: ocupación del jefe de familia, bienes indicativos, aspecto del ama de casa, existencia de personal de servicio y (para el caso argentino) con menor énfasis en el aspecto, amplitud y ubicación de la vivienda. En la CM-alta, ubica a pequeños empresarios y comerciantes, intelectuales, profesionales, periodistas, músicos, profesores universitarios y secundarios, jefes administrativos, oficiales de las fuerzas armadas (hasta el grado de mayor), y agricultores y ganaderos medios. En la CM-baja coloca a empleados administrativos, corredores y vendedores de comercio, técnicos, personas de relativa formación intelectual y suboficiales de las fuerzas armadas. Incluye también a las amas de casa con ocupación rentada fuera del hogar. Por lo general poseen coche tipo mediano o económico, una sirvienta o ayuda por horas.
Las encuestas eluden expresamente los sueldos o ingresos mensuales como pauta definitoria: la experiencia señala reiteradamente que es usual encontrar mayores ingresos en hogares obreros que en familias CM. Una estadística del sociólogo Gino Germani en el libro Argentina, sociedad de masas, estima en el 36,5 por ciento de la población argentina el número de la CM, es decir, alrededor de 8 millones de personas. Es el más alto en Latinoamérica.

¿Gobierna sin gobernar?
Quienes contestaron afirmativamente no consideraron solo al actual gobierno, sino que retrocedieron en la historia del último medio siglo señalando que desde la ascensión de Yrigoyen en 1916, salvo la década del 30 al 40 en que los conservadores estuvieron en el poder, todos los gobiernos se han nutrido de elementos de CM.
El sociólogo José Luis de Imaz, en su obra Los que mandan, ubica en la clase media urbana o rural al 85 por ciento de los altos jefes militares, al 80 por ciento de los obispos, al 90 por ciento de los políticos y hasta un considerable porcentaje de dirigentes sindicales (aunque mucho menor que los anteriores). Virtualmente, todos los campos de la actividad nacional están abiertos a la CM. Imaz destaca cuatro excepciones, reservadas a la clase alta: la actividad agropecuaria en gran escala, los bancos privados, los altos estrados de la justicia y de la diplomacia.
Salvo dos excepciones —el ex partido Socialista, con un 3 por ciento de dirigentes de origen obrero, y el peronista, con un 32 por ciento— el resto de los elencos directivos de los partidos políticos que actuaron en el país hasta el año anterior, estaban integrados por representantes de la CM, en sus estratos alto y bajo.
La deducción lógica ante esta presencia masiva en los factores de poder, es concluir que la CM gobierna en la Argentina. Pero Arturo Jauretche introduce la duda con su discriminación: “La CM abastece de gobernantes al país. Pero no gobierna. Son dos actividades distintas”.

Arriba, abajo y al costado
La cohesión de la CM se asemeja a la que muestran los pasajeros de un colectivo. Estrechamente unidos solo durante el lapso que dura el viaje, lo soportan con tal de llegar pronto. Quizás en esta cohesión precaria y funcional —que el sociólogo Julián Marías indica como típica en los países con gran movilidad social— radique la “impotencia de mando” sugerida por Jauretche. El hombre de la CM mira hacia arriba o hacia abajo: lo hace hacia los costados solo para evitar tropiezos. Otro sociólogo, Torcuato Di Tella, lo dice con crudeza: “Envidia al que es más rico que él, y al que es más pobre lo ignora”. Jauretche lo rectifica: no es toda la CM la que participa de este defecto, sino ese grupo especial que él denomina “el medio pelo”. Como este sector es el que más se hace ver, muchas veces los juicios generales se refieren a sus vicios particulares.
Varios autores que colaboraron en el libro ya citado Argentina, sociedad de masas, explican que la conciencia nacional —“ingrediente fundamental del desarrollo para los países de la periferia”— se diluye y se posterga en los sectores sometidos a “la lucha por el ascenso social” y con la “fragmentación entre las distintas colonias migratorias y entre este conjunto y el resto del país”. Tal es el caso de la CM.
Para el cineasta Leopoldo Torre Nilsson, la CM argentina tiene conciencia de clase, pero “solo la demuestra cuando es presionada”. Habitualmente, sus integrantes se presentan como defraudados reiteradamente por sus semejantes y por aquellos en quienes depositó su confianza. Su imperiosa necesidad de subir —hoy está de moda la palabra “trepar”— exacerba su individualismo. Se ha perdido la fe en la ascensión conjunta, en la superación del grupo entero, y solo queda la confianza en las propias fuerzas.
De allí entonces que un reflexólogo como José A. Itzicsohn y un psicoanalista como el doctor A. Fontana, coincidan en definir a la CM como “la más conflictuada”. Concurren sus integrantes, cada vez con mayor asiduidad, a los consultorios en procura de satisfacer esa necesidad humana que se llama sociabilidad. “Parte del dinero que han ganado deshumanizándose, vienen a gastarlo para humanizarse nuevamente”, comentaba otro psicoanalista con ironía. Sin embargo, esas crisis, esa tensión dolorosa que evidencian muchos de sus miembros, no impide a la CM abandonar su actitud dinámica. Para Jauretche, es una sociedad “donde los individuos buscan la seguridad por el ascenso, más que un renunciamiento del mismo por la seguridad”. Un ejemplo actual: La Caja Nacional de Ahorro Postal logró un impacto imprevisto con sus “bonos de ahorro con estímulo”. Un sistema ingenioso que combina el ahorro con el azar. Algo así como comprar billetes de lotería para que al cabo de un tiempo, si no se obtuvo premio alguno, a uno le devuelvan el dinero. Es la CM la que ha respondido masivamente a esta iniciativa de la CNAP.

Vivir al día
Hace 30 años el agro contribuía con el 24 por ciento al producto bruto nacional y la naciente industria con el 20. Hoy esos porcentajes han variado: la industria figura con el 22 por ciento y el agro con el 16. Y fue la CM la que se lanzó a la aventura de la nueva actividad productiva. Los grandes empresarios ya no pertenecen, exclusivamente, a la CM, pero muchos surgieron de ella. Mientras en Estados Unidos, donde se mantiene un verdadero culto por el self-made-man, solamente un 7 por ciento de los grandes empresarios comenzaron desde abajo, y un 6 por ciento en hogares de empleados; en la Argentina, 26 de cada 100 hombres de empresa partieron de la CM-baja.
El profesor Imaz, señala que entre los dirigentes de las grandes centrales empresarias se dan los siguientes porcentajes de self-made-man; en la Unión Industrial Argentina, el 17 por ciento; en la Cámara Argentina de Comercio, el 19, y en la Confederación General Económica, el 32, respectivamente. En cambio, la clase alta tradicional está representada solamente por un 3, un 14 y un 4 por ciento, respectivamente, en cada una de esas organizaciones.
Aparentemente, en la actualidad se ha frenado un tanto aquel entusiasmo de las primeras décadas del siglo. La inflación cayó con todo su peso destructivo sobre el potencial económico de la CM. Su peculiar naturaleza le impidió reducir los gastos y adecuarse a menores ingresos: el hijo no podía abandonar los estudios, no se podía cambiar la casa por otra más pequeña ni prescindir del confort en el hogar. Los pesos que se iban juntando con sacrificio para invertirlos en rentas o en bienes inmobiliarios se gastaron rápidamente. Pronto se vivió “al día”, equiparándose ingresos y egresos. Luego se pasó a la situación actual: el uso y abuso —no por gusto— del crédito, la permanente deuda flotante.
Dividiendo el salario total por el costo de vida, se obtiene el “coeficiente de bienestar”. Cuanto más alto, mayor nivel de vida revela. Pues bien, a través de datos tomados del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social y de la Dirección Nacional de Estadísticas, se observa que dicho índice, que entre 1948 y 1950 oscilaba entre el 1,21 y 1,10, descendió en 1963 al 0,80, el más bajo nivel desde 1940.
Ese descenso notable afectó especialmente a la CM, reduciendo sus posibilidades de ascenso social. Como señalábamos al reproducir las pautas elegidas por una empresa de estudio de mercado, determinados bienes (casa, auto, etcétera), señalan la categoría social a la que se pertenece. Si el ingreso mensual permite la adquisición de tales bienes, se produce el ascenso. Pero las estadísticas —de igual fuente que las citadas más arriba— demuestran que si en 1943 el 47,6 por ciento del presupuesto familiar alcanzaba para cubrir los gastos de alimentación, pudiéndose invertir el resto en bienes diversos, en 1965 se necesitaban casi 60 pesos de cada 100 que ingresaban en un hogar, para alimentar a sus miembros. El índice de gastos generales, en el mismo período, descendía de un 22 a un 14 por ciento.
En 1956, el ingreso neto nacional se distribuía en un 43 por ciento para empresarios y 57 por ciento para asalariados (obreros y CM), ocho años más tarde esa proporción se invirtió, las clases altas percibieron el 54 por ciento y las otras el 46. El ascenso de la CM quedó frenado. Y el hecho económico repercutió en todo su estilo de vida. Hasta en el amor.
De los 146.000 matrimonios contraídos en 1957, se llegó a 143.000 en 1960. Simultáneamente decreció el índice de crecimiento de la población: en 1950 ascendía al 26 por mil, quince años después estaba en 16 por mil, el más bajo de Latinoamérica junto con el de Uruguay. Teniendo en cuenta que en las zonas rurales el índice de natalidad se mantiene en los niveles de décadas anteriores, resulta evidente que el habitante de la ciudad, en su mayoría CM, se autoimpuso un control de natalidad. Paralelamente el hombre y la mujer de la CM comenzaron a posponer el matrimonio, aquél hasta hallarse entre los 25 y 30 años; ésta entre los 21 y 25. Cumpliéndose una constante señalada por Julián Marías, al elevarse la edad promedio de los nuevos esposos, aumentó el número de los solteros. Actualmente suman 600.000, solamente los comprendidos entre 30 y 40 años. Es lógico que tal estado de cosas lleve a que la mujer de la CM —señaló el escritor Dalmiro Sáenz— “crea hoy más en el matrimonio que en el amor”.

Las pautas del humor
—Gracias a la CM yo pude crear al mersa. El hincha de fútbol que va a la cancha y lo admite, no es mersa. Mersa es el tipo que quiere subir y no sabe. Es aquel que va a un restaurante de categoría y por hacerse el fino levanta el dedo meñique al tomar el café.
Juan Carlos Colombres, Landrú, confiesa que no pretendía hacer humor social, ni sociología humorística. Pero que “le salió” eso. El éxito del “Campeonato Nacional de Mersas” llevado desde las páginas de su revista alarmó a ciertos empresarios.
Una vez calificó de mersa a determinada marca di automóviles, y la firma que los fabricaba contrató un espacio publicitario en la revista por un año. Otra vez repitió el calificativo con otra marca —cuyo mercado comprador se encuentra ubicado en un estrato social superior— y lo acusaron de querer desprestigiarlos con propósitos ocultos. En ambos casos no había sino la quisquillosidad del humor.
El hombre y la mujer de la CM constituyen el tema preferido por los humoristas argentinos. Pertenecen por derecho a la CM, Don Fierro y Don Fulgencio, Avivato y Mafalda, los personajes de Telecataplum y los de Telecómicos, y aún la mayoría de aquellas “tiras” de dibujantes extranjeros con gran aceptación en nuestro público: Ferdinando o Policarpo, Trifón y Sisebuta, el Dagwood de “Hogar, dulce hogar”, Malena, Lolita, Gumersindo, etcétera. Pero, salvo Mafalda, no hacen “sátira social”.

Virtudes y defectos
“El principal defecto de nuestra CM es su falta de snobismo. En el resto del mundo la CM es snob. Cuelgan un Picasso sin comprender su pintura, solo por lucirlo o por invertir su capital, pero están difundiendo a Picasso. Un snob lee a Sartre. . . ¡Ojalá fuésemos más snobs!” La insólita acusación a la CM parte de la escritora Beatriz Guido, quien reconoce en ese sector social un núcleo “poderosísimo”, aunque no está segura de “que sea útil, pues impide o retiene las reformas”.
Dentro del aspecto negativo que los consultados por Panorama hallaron en la CM argentina, el sociólogo Torcuato Di Tella señaló que el hombre que la integra “es un haz de posibilidades malgastadas”. Juan José Sebrelli, que hizo impacto con su libro Buenos Aires, vida cotidiana y alienación precisamente en un público notoriamente CM, le achaca prejuicios raciales a esa misma CM. “El prejuicio contra el cabecita negra es típico del que tiene que viajar en colectivo con él, o del que paga la sirvienta con grandes sacrificios y luego tiene que hacerla dormir en el vestíbulo. Estos prejuicios no los tenía la alta burguesía porque poseía
coche y habitación de servicio, lo que le evitaba similares incomodidades.”
Según Jauretche, “la CM culta tiene una rara habilidad para descolocarse frente a la realidad del país: nunca entendió al país real”. Coincide en la crítica Francisco Pardo, secretario general de la CGT: “es una clase amorfa que no se incorpora a la realidad del país”; además “su defecto fundamental es no saber actuar como CM; por momentos se cree y se conduce como oligarquía”. “Quiere que se le dé todo hecho —afirma el escritor Rodolfo Puigróss—, todo masticado. Siguen a todo líder carismático, pero si ese líder cae en desgracia, es la primera en volverle la espalda.” Finaliza calificándola de “factor de estancamiento, más que de estabilidad”.
El escepticismo vigente en las palabras de muchos integrantes de la CM, no se mantiene en los hechos, en su actitud vital. Por el contrario, todo es esperanza. No creyó en la Argentina superdotada que la propaganda de ciertos gobiernos quiso venderle, ni en la Argentina minorizada que quisieron pintarle después. Dentro de sus filas se produjeron deserciones, es cierto. Algunos miles de profesionales salidos de la CM se alejaron del país, llevándose la formación recibida. Pero la mayoría permanece en sus puestos, confiando en las posibilidades ambientales y en el propio esfuerzo. Factor de equilibrio social, aparece como “freno” a muchas impaciencias bien, o no tan bien, intencionadas. Golpeada y defraudada una y otra vez —reveses económicos, decepciones políticas, postergaciones injustas en beneficio de otros sectores— se rehace de inmediato y retoma la marcha. Y aún tiene tiempo para engendrar creadores de belleza. La casi totalidad de los grandes artistas argentinos contemporáneos, han salido de su seno. Hasta posee suficiente vitalidad como para engendrar sus propios críticos, cosa que no han podido hacer otros sectores sociales.

El lugar en que se vive
Mientras que en los Estados Unidos, el símbolo preferido del “buen pasar” de la CM se trasladó del auto a la casa propia, en la Argentina el proceso ocurre a la inversa. “La CM está obsesionada con el automóvil, como hace años con la casa propia, el piano en la sala, la heladera o el televisor”. Es Sebrelli quien habla: “El coche es el termómetro para medir las capas o el nivel social de la CM. La sociedad está estratificada con escrúpulo: así como hay determinados barrios para vivir, hay determinada marca de coche que se debe poseer”. El auto es, con toda su popularidad actual, solamente uno de los símbolos, y en muchos casos una real necesidad. Quizás más importante resulta otro: el domicilio. El lema en este caso puede resumirse con palabras de Jauretche: “Más importante que ser importante es vivir en un barrio importante”. El hombre de la CM busca “la zona residencial”, ya sea de su barrio, de su pueblo, de su ciudad o de la metrópoli. Cuando alcanza un nivel económico que le permite superar las barreras existentes, busca el Barrio Norte. Si no encuentra, incursiona en la zona que partiendo de allí llega hasta San Fernando. En los niveles más bajos, trata de lograr la mejor ubicación la más “bien” en su barrio.
El colegio al que se mandan los hijos —cuya importancia la da la lista de apellidos de la clase alta se integran su alumnado, y los precios que cobran—; el psicoanalizarse; la pileta de natación propia, son otros tantos símbolos que conceden status. También ayuda mucho concurrir —los hombres— a modernos salones de belleza masculinos”, llenar la casa con antigüedades fabricadas en serie, o con productos de arte indígena si se tiene amigos que los entiendan, colocar el acondicionador de aire en todos los ambiente, pero por encima de todo: ser ejecutivo.
En verano y otoño, un “tostado” de sol bien notable, también constituye uno de los símbolos de la CM. Aunque haya sido logrado en la terraza de casa. Para Puigróss en la CM existe proclividad hacia un símbolo más abstracto: “el espíritu de imitación”. La defensa del status, o de la apariencia del status, merece —en particular para la CM-baja— cualquier clase de sacrificios. El coche lo pagan todos, desde el padre de familia hasta el hijo más pequeño que puede verse privado de todo lo superfluo. El veraneo se paga a crédito. Se come en un autoservicio, con tal de poder venir al cine al centro. O se pasan unos muy difíciles meses de recién casados, para ir taponando el vacío que dejó el gasto de la fiesta de casamiento.
Pero no todo es negativo, en ese deseo permanente de la CM de mejorar “la imagen que los demás tienen de uno”. Hay un afán de progreso que no se encuentra en países viejos, donde la CM se ha resignado a su condición de tal, donde la estructura social se ha estratificado. Un comisario de la policía bonaerense en actividad, con gran experiencia en zonas del gran Buenos Aires donde proliferan las villas miseria, acotaba al respecto: “el habitante de la villa, si es argentino, permanece como promedio un par de años en ella; al cabo de ese tiempo, ya ha conseguido comprar un terrenito y comienza a levantar su casa, quizás humilde, pero digna. El extranjero de países limítrofes que logra ubicarse en una villa, allí se queda. Hay algunos que llevan 20 años en el mismo lugar. Se sienten cómodos. No tienen preocupaciones de progreso”.
La extraordinaria movilidad social existente en la Argentina, queda revelada en una encuesta que cita el profesor Gino Germani en Argentina, sociedad de masas: entre el 65 y el 75 por ciento de los integrantes de la CM investigados, registraban un pasado de labores manuales o actividades obreras. El incentivo de los mejores sueldos no basta para explicar esta necesidad de ascenso. Para nadie resulta novedoso señalar que en muchos casos el sueldo de un oficinista está muy por debajo del de un obrero. Es la ambición de un status mejor lo que ha actuado como móvil principal.

Voluntad de superación
El hecho de viajar en buque, no lo convierte a uno en marino ni el de recorrer largos trechos en tren, en ferroviario. Se está en esos lugares transitoriamente, sin llegar a compenetrarse con el ambiente. Julián Marías sostiene que cuando los integrantes de una sociedad se sienten cómodos en su estrato correspondiente (lo que es distinto de sentirse satisfechos), aparece la “conciencia de clase”. En cambio, en comunidades de gran movilidad social, donde el ascenso y el descenso son riesgos y alicientes cotidianos, tal conciencia se diluye. No se “es”; se “está”.
Similar actitud encontró Panorama cuando planteó de improviso, a típicos representantes de la CM, la pregunta: “¿Usted es CM?”. Muchos parecieron descubrirse viviendo en un “hogar de tránsito” al que se sentían absolutamente ajenos. Otros respondieron que no pertenecían a esa clase, sino a la “clase cultural”. No faltó quien afirmara que “mi posición revolucionaria me hace trascender los estrechos límites de una clase”. La excepción la constituyó la escritora María Angélica Bosco: “Sí. Soy clase media. Y no reniego de mi condición. No soy revolucionaria ni lo he sido nunca. Jamás me he sentido heroína”.
Ocho millones de argentinos. Jóvenes y ancianos, más o menos ricos o más o menos pobres, mejor o menos dotados intelectualmente, enfrentados a distintas posibilidades, pero todos ellos poseídos por una férrea determinación: subir, mejorar, ascender, elevar su status, ascender. Quienes los enjuician despectivamente se beneficiarán con el esfuerzo ajeno. Porque el ascenso de muchos, empuja a todos un poco más arriba. Especialmente en una región del mundo donde se puede repartir riqueza y no compartir pobreza. Esa voluntad de superación es la que representa la clase media argentina.
Salvador Nielsen
Panorama 03/1967

(búsqueda acerca del autor en este enlace: https://www.google.com/search?q=%22salvador+nielsen%22&num=10&sca_esv=d3b625d2bcd07c3a&sxsrf=ANbL-n5qK3miKHL05AXDEbDPBO-jEGaL6w:1777493980627&source=lnt&tbs=li:1&sa=X&ved=2ahUKEwiM3riK8ZOUAxUcrpUCHWJFE6UQpwV6BAgJEBU&biw=1912&bih=914&dpr=1)

 

 

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