Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
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| Tres anécdotas de ENRIQUE P. MARONI El locutor Nº 1 de la república, según lo consagraron recientemente nuestros lectores, es poseedor de un anecdotario tan rico como copioso. Identificado con el sentir y con las preferencias de un enorme sector del público radioescucha, sus tantos años ante el micrófono le han dado, por lo demás, una personalidad definida. Por eso no cuadra ya la mención de sus méritos. Que nombrar a Enrique P. Maroni es evocar, por la sola sugestión de su nombre, muchos de los capítulos más exitosos de nuestra radiotelefonía. Por eso hoy, al través de tres anécdotas, vamos a ubicarlo en tres aspectos distintos. En tres expresiones amables de su actividad, de su propia vida íntima. —Me llamaron por teléfono —nos cuenta— para tratar un aviso en mi audición matinal. Di precios, que aceptó un futuro cliente, quien me invitó finalmente, aunque con un dejo irónico y amargo en su voz, para que lo visitara en su negocio a fin de dejar finiquitado el asunto. Así lo hice y a la tarde estaba en Avenida de Mayo (el número no interesa), donde mi peninsular avisador tenía instalado su establecimiento. Entré y me vi de pronto frente a un hombre bajito, muy gesticulador, que me interpeló rápidamente: —¿Deseaba, el señor?... —Vea, amigo... Esta mañana de esta casa han pedido unos avisos para la audición de Enrique P. Maroni y vengo a dejar terminado el negocio... —¿Usted es secretario de ese señor Maroni?— —Perdone su desilusión, pero soy Maroni, en carne y huesos.-.. —El buen español —continúa el popular “speaker”— lanzó una estentórea carcajada, que sólo interrumpió al cabo de diez minutos para exclamar con un suspiro de intensa satisfacción: ¡Y pensar que yo celaba a mi mujercita con usted! Pues claro, hombre; con tantos versitos y tanta palabra de amor lo creía un mozalbete de aspecto cinematográfico... Y resulta todo lo contrario...” Me dió tanto fastidio la satisfacción de ese hombre por sentirme incapaz ya de producir celos que le cobré trescientos pesos adelantados por dos avisos. Y lo más cómico es que me los pagó sonriente todavía, como satisfecho de que yo fuera como soy. HACE poco tiempo fui a Bragado, como lo hago frecuentemente. Tengo a mi madre muerta en esa localidad, y, tantas veces como puedo, voy a llevar flores a su tumba. La última vez que lo hice fui a parar a casa del comisario del lugar, un grande y buen amigo desde los tiempos de muchacho. A la mañana siguiente de la llegada me preocupé por conseguir buenas flores y el comisario solucionó el asunto. “—Iremos a casa de Fulano de Tal, que tiene muchas... ¿No lo recuerdas?— Fué compañero tuyo en el colegio.. Me ha dicho, muchas veces, que se sentaban en el mismo banco___ ”—Fuimos a su casa, y, efectivamente, apenas el comisario mencionó mi nombre, el viejo compañero de la edad escolar me abrazó fuertemente: ”—Querido Maroni... ¡No sabes qué gusto tengo en verte otra vez!... Te voy a presentar a mi señora, que te escucha todos los días por radio. Y a mi hija, “almiradora.” tuya— Al rato, no más, ya estábamos en familia. La señora recordó un día en que, lastimada en un accidente, yo la socorrí, vendando su herida con mi pañuelo, la hija me decía poesías mías de memoria, todos, en fin, éramos un grupo amable. Íntimamente ligados por mil recuerdos. Hasta que llegó la hora de marcharse y trajeron las flores. Casi me desmayo. Era una varita de nardos, sin nardos y dos o tres violetas rodeadas de helechos. Pero eran amigos y había que aceptarlo. Y lo tomé, mientras, sólo por gentileza, preguntaba el precio— —¡Diez pesos, ché Maroni!..." Mi amigo, el comisario, indignado —termina Maroni la anécdota— quería meterlos presos por ladrones. Pero pagamos mientras me volvía pensando en que a veces más vale no encontrarse con amigos de la infancia. —TERCERA y última —dice Maroni—. Volvía una noche de La Plata, en automóvil, acompañado por un viejo amigo. Ya en Avellaneda, inexplicablemente, un hombre cruzó la calzada sin mirar atrás, para cerciorarse que no venía algún vehículo y no tuve tiempo de eludirlo. Lo cierto es que antes de poder intentar defensa alguna se produjo el accidente. Sentí con espanto como el auto le pasaba encima, frené a los pocos metros y corrimos en su ayuda. Una pierna quebrada. múltiples heridas, en fin, un espectáculo desgarrador. Con toda a prisa lo llevamos al Piñeyro, donde se le prodigaron toda clase de atenciones. Desgraciadamente no pudo salir del hospital, curado a medias, sino dos meses después, para ponerse en manos de un curandero que, como es lógico, agravó su mal. A todo esto, yo había estado tratando de aliviar la situación de su familia, compuesto por la señora y ocho hijos, el menor de los cuales nació, precisamente, el mismo día del accidente. Cada vez peor, el pobre hombre volvió al hospital, donde al cabo de mil tentativas de restablecerlo fué necesario cortarle la pierna afectada. Se imaginarán cómo me impresionó el episodio, pese a que tanto la policía como la justicia reconocieron que no había sido en manera alguna responsable del mismo. Pero la idea del accidente me seguía permanentemente, hasta que un domingo a la mañana tuve una idea feliz. Jugar una redoblona, en las carreras, a medias con el herido, sin que éste supiera nada. Lo hice así y encargué la misma, comenzándola con diez ganadores y diez placés, que iban luego a tres caballos distintos. Dios ha de haber querido ayudarnos porque al finalizar la reunión hípica la redoblona se había cumplido exitosamente, dejándonos una ganancia total de 1.800 pesos. Al día siguiente fui hasta la casa, extraje la cartera y le expliqué el asunto, dejándoles los novecientos pesos que le correspondían. Se emocionaron tanto, que su esposa, los hijos y el mismo accidentado me besaban las manos. El octavo de sus vástagos, el que había nacido el mismo día infortunado, me fué adjudicado después como ahijado. Esa gente, que debió guardar un amargo recuerdo de quien involuntariamente había llevado la desgracia a su hogar, resultó al cabo gente amiga. Y agradecida, como cuadra a una familia de buenos criollos. JM Revista Radiolandia 7/8/1937 |
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