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Personajes de Villa Gesell
Acaso sean éstos los más notables prototipos de la idiosincrasia de la
Villa; los que contribuyeron a bruñir un nuevo estilo de veraneo; los
que forjaron una comunidad en vías de perder su esencia
EL DOMADOR DE MEDANOS
No es difícil reconocerlo: tiene 68 años, barbita blanca, ojos
celestes y el andar digno de un patriarca de la antigüedad. Por si
estos datos no fueran suficientes, ahí están los comentarios que
suscita su presencia, cuando pasea cansinamente por las polvorientas
calles del balneario. Don Carlos Gesell no pide más para satisfacer su
orgullo: hace 31 años se propuso convertir esa desolada playa
bonaerense en una oasis veraniego, y lo consiguió. Actualmente, la
Villa que lleva su nombre no sólo figura entre los principales centros
estivales argentinos, sino que monopoliza la mayor parte del caudal
turístico juvenil que se vuelca anualmente en las costas de la
provincia. Este boom que no declina sigue sorprendiendo a don Carlos:
“A veces pienso que esta villa no existe, que es producto de mi
imaginación, como los espejismos que trampean en el desierto”,
reflexiona en la inconfundible mansión que corona su feudo. La duda no
es caprichosa, si se tiene en cuenta que en 1938, cuando lanzó su
primera ofensiva contra los médanos del lugar, Gesell tuvo que trazar
un sendero con alambres para no perderse en el arenal. “Hay cosas que
me asombran mucho más: durante demasiado tiempo me devané los sesos
estudiando sistemas de fijación de dunas y ninguno dio resultados.
Finalmente —y no sé de dónde surgió la cosa—, descubrí un método
sensacional; a partir de entonces todo evolucionó vertiginosamente”.
Con un gesto de orgullo, Carlos Gesell señala el hormigueo humano de
la calle principal. Gran parte de los turistas son jóvenes barbudos,
pelilargos, deliberadamente desaliñados y frívolos. “A esos muchachos
los miran con horror, los acusan de ser inadaptados —protesta—. Pero
creo que son pioneros de algo, como lo fui yo... ¡Yo también soy algo
hippie, qué embromar!
ANDANZAS DE UN PINGÜINO
El nombre de ese ovíparo polar identifica en Villa Gesell a un pequeño
restaurante instalado en la calle 3 —el único donde puede saborearse
una apetitosa fondue— y a su dueño, el alemán Henner Schaefer (47
años, periodista gráfico en su patria y comerciante fotográfico al
radicarse en la Argentina). Cansado de sacrificar todo su talento en
satisfacer el estómago del turismo, Herr Pingüino decidió embarcarse
en una aventura simultánea. La idea surgió y se concretó hace dos
años. Desde entonces, Schaefer administra una agencia de turismo
montada en Mar del Plata (Corrientes 1732), desde donde importa hacia
Villa Gesell lo que él denomina “contingentes exóticos”. Los mismos
están integrados por veraneantes procedentes de Hong Kong, Tokio,
Manila, Singapur, Melbourne y otras remotas ciudades del planeta. “Me
dedico a enviar millares de folletos a las agencias turísticas de
Asia, África y Oceanía —puntualiza—. Son anzuelos redactados en
castellano, inglés, alemán, francés. .. y prometen algo distinto en
cada idioma, de acuerdo a la psicología del receptor”. Los folletos
están principalmente destinados a los empleados de líneas aéreas y a
sus familiares. “En ellos les describo la Villa como un paraje de sol
brillante, mar increíblemente azul, arena blanca y gente amistosa;
también les detallo que aquí la etiqueta ha sido prohibida”. Además de
estas tentadoras delicias, Henner ofrece alojamiento, desayuno, una
comida, vales para comer fuera del hotel, cabalgatas, paseos en
sulky, torneos de tenis y minigolf y entradas para cinematógrafos por
seis dólares diarios. “Un precio irrisorio para los extranjeros, si se
lo compara con los costos de otros Fugares”, calcula Pingüino. Y
calcula bien: en 1968, cincuenta visitantes vinieron; en lo que va de
1969, más de treinta cruzaron el Atlántico para verificar las promesas
de Henner.
LA DIOSA TEUTONA
Así la bautizaron los primeros turistas que tropezaron
desprevenidamente con sus 23 años, vigorosas curvas, ojos azules y
andar inquietante. Pese a su apellido, Eva Margarita Wanda Spiech
confesó que no es alemana, que desconoce a Richard Wagner y que no le
interesa rastrear antepasados en la mitología germana. Su debilidad se
canaliza a través de carozos australianos y piñas enanas, con los que
pergeña aros, pulseras, collares y cuanto adorno estrafalario estimule
la curiosidad de los veraneantes que transitan frente a la boutique
Gema, en la galería Kenka. Ese pequeño local que atiende con sus
padres ha sido Ja cámara de tortura y frustración de numerosos
hechizados por sus virtudes no precisamente artesanales. “La fama de
Gema no descansa en la bondad de sus productos —interpretó un asiduo
cliente—. En mi caso, cada par de aros que compré me permitió conocer
un poco más a Eva. Claro que si la cosa no se define pronto tendré qué
acortar mis vacaciones: ya colecté unos veinte colgantes de carozo.
Como si su casi legendaria popularidad no fuera suficiente, Eva la
alimenta tras el mostrador de La Mosca Verde. En el frecuentado night
club, la diosa teutona sirve copas mientras balancea su cuerpo al
ritmo de la orquesta; de más está decir que conseguir acomodarse en el
atiborrado estaño es una tarea digna del mismísimo Sigfrido. Pese a
todas las gratificaciones que la inundan en el verano, Eva asegura que
el frío y la soledad la hacen sentir mucho más feliz. “En invierno,
cuando la Villa está solitaria, las playas, los bosques y las calles
son mías enumera líricamente—, es entonces cuando sueño que algún día
llegará el hombre que espero... Las malas lenguas aseguran que tan
íntimas confesiones han sido preparadas por la dirección regional de
turismo, para incrementar la afluencia de forasteros en invierno.
Otros afirman que la diosa —como ciertas estrellas de cine— está
obligada por contrato a ocultar su noviazgo con un ferretero rosarino.
MOBY DICK AL OREGANATO
El plato no existe todavía, pero los habitués a la cabaña playera de
Enrique Fabbri (65 años, italiano, pescador y ex combatiente) no dudan
que algún día el verborrágico cocinero lo ofrecerá entre las
endiabladas especialidades que salpican el menú de su boliche. Hace
seis años, Fabbri comenzó a sembrar una inteligente semilla
promocional: ofrecía numerosos platos elaborados en base a pescado y
mariscos, de acuerdo con recetas que aprendió en sus infinitos viajes.
Mientras los entonces escasos comensales saboreaban sus insólitas
ambrosías, el inspirado peninsular les matizaba la digestión con
anécdotas dignas de Hernán Melville. Desde hace un par de años, la
cosecha esperada por Fabbri superó ampliamente sus previsiones, a
punto de que es prácticamente imposible instalarse en una de sus mesas
sin haber solicitado reserva con prudente anticipación. Curiosos
turistas de Mar del Plata, Pinamar y otros balnearios viajan a la
Villa a agasajar su estómago y oídos con la Imaginación gastronómica y
novelesca del pícaro italiano. Con la misma satisfacción, los
visitantes pueden engullir calamares a la Senegal, pulpitos a la
bordelesa suiza, ostras a la Montecarlo o tal vez un pejerrey al uso
indochino, mientras escuchan las peripecias que atravesó Fabbri cuando
su nave estuvo a punto de naufragar en un banco de tiburones, o
cholgas a la Belgala, al tiempo que el memorioso anfitrión reseña
aquella terrible experiencia que sufrió en pleno océano Indico, cuando
un repentino ataque de malaria lo privó de conocimiento durante quince
días a bordo de un pesquero que tripulaba solo. Cuando llega la hora
de abonar la cuenta, muchos comensales se preguntan si a Fabbri “no se
le habrá ido un poco la mano”. (Resulta difícil deducir si se han
referido a las historias o a la adición.)
DELIKATESSEN
“Sí, señor: entre un sombrero y una torta hay mucha similitud”. Al
parecer, esta notable comprobación estimuló la creciente afición que
el propietario de la Pastelería Holandesa sentía por la crema y el
dulce de leche hace algunos años, cuando confeccionaba gorras y
capelinas femeninas en su tierra natal. Así fue como, Fuego de recibir
unas clases prácticas del cocinero de la nave con la que emigró a la
Argentina, el atribulado sombrerero decidió cambiar de oficio. Esto
sucedió hace diez años. Actualmente, don Van House, como lo llaman los
veraneantes en un extraño juego idiomático, no sólo se ha convertido
en el dueño de la confitería más concurrida de la región, sino que
también comenzó a distribuir en Buenos Aires un disputado pastel que
él mismo bautizó cookie.
Lamentablemente para quienes lo visitan, Van House olvidó aprender,
junto a la repostería, algunos conocimientos de hotelería y
organización. De allí que sea necesario anticipar a los que deseen
gratificarse con las especialidades de la casa algunos inconvenientes
insalvables. Uno de los más comunes es el de esperar algunas horas
antes de que el bonachón holandés sirva el pedido; otra contrariedad
muy corriente consiste en que luego de trascurrido ese lapso, don Van
House se acerque a la mesa para advertir que se acaba de agotar la
última porción de la torta solicitada. Todos estos obstáculos
desaparecen en invierno, es decir, los fines de semana que la
pastelería abre sus puertas para recibir a los incondicionales amantes
dé la Villa. Otra posibilidad de recibir una atención óptima y
disfrutar contemplando los jardines de verano e invierno que Van House
construyó junto a su típica casa de campo holandesa, radica en
acercarse a primera hora de la mañana.
VADE RETRO, HIPPIE!
La sombra del último hippie ronda por las calles y playas de la Villa,
por las mismas esquinas donde fue quizás el personaje más clásico. Ya
no más barbas, pelos, bigotes, ropas polvorientas y mirada infinita,
hitos obligados en el itinerario turístico de Gesell. Eso se acabó. Es
al menos lo que pretenden las autoridades encargadas de vigilar que no
merodeen vagos por la zona. La caza del hippie se ha tornado
implacable. También los comerciantes se han sumado a esta persecución,
temerosos —dicen— de que los desgarbados pelilargos ahuyenten a los
turistas serios, esos que gastan mucho y no causan ningún problema.
Las disposiciones actuales determinan que cualquier persona que por
sus actitudes o vestimentas sea sospechoso de ser vago, puede ser
detenido, interrogado, y si se prueba que no tiene trabajo —ser
estudiante no es excusa, todo lo contrario—, que no tiene domicilio
fijo —tampoco vale ser un modesto acampante— y que sus recursos
monetarios no son lo que se dice muy florecientes, posee méritos
suficientes como para ser expulsado de Gesell. Las razones: además de
evitar la vagancia, se tiende a evitar "la comisión de delitos”. Lo
que no se ha podido verificar es qué porcentaje de presuntos hippies
registran las estadísticas sobre delincuencia. Bajísimo, según algunos
importantes países europeos —Inglaterra, Suecia, Dinamarca, Alemania
Occidental— donde, además. se los expone como curiosidad turística.
-Pero Gesell está dispuesta a marcar el rumbo. Por eso es difícil, a
esta altura de la temporada, intentar fotografiar al simbólico último
hippie de la Villa. Los pocos que quedan —hombres y mujeres— huyen
espantados ante la proximidad de una cámara fotográfica: todo puede
ser aprovechado como prueba por las celosas autoridades encargadas de
erradicar vagos.
LA BALADA DEL TOSTADO
La gente joven de la Villa decidió este año aplaudirlo frenéticamente
y el show arrastró a los turistas también a Chaganaky, un local con
características griegas y psicodélicas. Sin embargo, la historia
empezó mucho antes; cuando Carlos Barocela cumplió doce años y su
familia decidió merodear Gesell. Después, el gusto por el lugar, el
mar —Baudelaire incurrió en los mismos apasionamientos cuando dijo:
“Hombre libre, siempre amarás el mar”—, los médanos, los pinares, lo
llevaron a fraguar baladas que cantaban el —por entonces— edénico
sitio. Cuando la fama de Gesell empezó a deslizarse entre
intelectuales —y pseudos— amigos oficiosos hicieron lo necesario para
convencer a Barocela de las
conveniencias de la promoción: el resultado se estampó en un long play
que el improvisado vate de la zona grabó para CBS. El intento,
exitoso, posibilitó otro long play de próxima aparición, para
algarabía del interesado y sus seguidores. Aunque los compradores de
discos lo reconozcan, y a pesar de la circunscripta popularidad, el
todavía incontaminado Barocela sigue ejerciendo sus ocios en el
balneario Brujas y ostenta la compañía de su mujer, una rubia con
reminiscencias nórdicas, que cultiva con más empeño que él el mutismo.
Pero el uso de la palabra es reemplazado por los libros; uno de ellos,
editado en Buenos Aires, llegó a ser premiado por el Fondo Nacional de
las Artes, Llevaba simplemente el título de Los condenados y, por
casualidad, es taba firmado por el mismo Barocela. El sustento
cotidiano de la pareja lo procura él, clases de música mediante. Lo
que no le impide seguir estudiando, borronear tímidamente sus versos y
cantar con voz queda sus baladas playeras. Sin duda Barocela logró el
difícil equilibrio de ganarse la vida a costa de los turistas sin
disminuir el nivel de sus canciones que —^según entendidos—
constituyen pequeños prodigios.
TANTE PUPPI
En el más puro alemán, Tante Puppi significa, sencillamente tía Puppi,
y así es como los geselinos reconocen a la turbadora amazona que
montada en pelo y con bikini suele internarse en las aguas del
balneario con su séquito de aprendices de jinetes. Tía Puppi tiene 22
años, se llama Elinor Fisher, llegó a Villa Gesell cuando tenía dos
años y a los tres ya había desentrañado todos los secretos de la
equitación.
Actualmente, y de tanto en tanto, Puppi desciende del caballo para
estudiar relaciones humanas o para enseñar alemán en el colegio
Goethe. También suele posar para los fabricantes de postales del
lugar. El resto del tiempo lo dedica a perfeccionar su estilo
ecuestre: se especializa en salto y cuenta con la colaboración de dos
obedientes y robustos ejemplares, Ro-Roy y Cristal, con los cuales ha
triunfado en varios concursos organizados por la Policía Montada, el
Club Hípico Argentino, la base de Campo de Mayo y el Club Hípico del
Norte. Estas victorias
le permitieron acceder a la categoría A y facilitarán su participación
en próximos torneos internacionales.
Los rasgos menos conocidos de Tía Puppi la definen como una ferviente
aventurera: no todos los que dicen conocerla a fondo saben que hace
algunos años fingió ser una renombrada periodista para poder conversar
durante un par de minutos con el Sha de Persia, quien visitaba
ocasionalmente la Argentina. La trampa dio resultados y Puppi estuvo
más de una hora platicando con el monarca oriental.
EL KNACK Y COMO LOGRARLO
Desde hace cuatro años, Ben Boidinger organiza todo lo que sucede en
La Mosca Verde. Para quienes lo conocen, este ; nórdico barbudo y
sigiloso es una extraña mezcla de intelectual y play boy. Al parecer,
Ben no sólo estudió psicología y filosofía en la Universidad Católica
de Buenos Aires, sino que además buceó, durante 13 años en los
secretos del budismo, el yoga y otras disciplinas esotéricas. Desde
que se estableció en la Villa, sin embargo, no deslumbró con
peripecias ocultistas sino que se limitó a presentar en La Mosca a
excelentes conjuntos de jazz, por lo que mereció el apoyo del Fondo
Nacional de las Artes. Fuera de «su tarea comercial, se preocupa por
desempeñar con eficiencia la vicepresidencia de la Fundación
Argentino-Tibetana, una institución que, entre otros menesteres,
realiza un curioso intercambio: recibe niños sin hogar de ese país y
trata de ubicarlos en familias argentinas; simultáneamente envía
becarios que realizan estudios superiores en institutos
especializados. Como si esas ocupaciones no fueran suficientes, Ben
juega al polo, salta a caballo y confiesa tener una novia que le
perdone la persecución de que es objeto por parte de las jóvenes
turistas. De tanto en tanto, recuerda con nostalgia los años en que la
Villa era “un nido de artistas. Eso ya se acabó: actualmente el
balneario está inundado por grupos que pretenden ser reconocidos como
tales a través de características exteriores y algunas charlas en voz
alta sobre temas artísticos, polémicas. . . Es inútil pretender
revivir aquella época en que Mujica Lainez decía de pronto Me voy a
Gesell para ver qué está pasando. Eso es historia antigua. Por eso,
este mismo invierno pondré en venta el local e instalaré una
mercería”. Los que lo conocen, saben bien que ese pesimismo no dura
más de 24 horas.
ERASE UN MAYORDOMO
Un saco de cuero fue el propiciador del milagro, el que detuvo las
municiones. El damnificado hubiera sido Hans Erkens, que de no mediar
ese intermediario y el intensísimo frío habría muerto poco
solemnemente a manos de un cazador de liebres. Pero eso ocurrió en
Polonia, hace varios años, y Erkens decidió emigrar después del
accidente. Los vientos lo empujaron a Villa Gesell para convertirlo,
en principio, en mayordomo de estancias. Un día se presentó ante él la
condesa Karolyi —también aman te de la caza, pero con la ventaja del
puntaje olímpico—, propietaria del restaurante Pipach, quien le
ofreció colaborar en el negocio. Los dos europeos se «unieron bajo la
flor nacional húngara (Pipach significa amapola) y conjuraron los
embates del turismo durante un cierto tiempo. Finalmente, y como debía
ocurrir, Erkens separó sus pertenencias y habilitó su propio local: el
hotel Viena. Un paso más fue necesario para que se decidiera a
aprovechar las experiencias de su padre —un experto perseguidor de
animales— e instalara St. George, un local exclusivo donde —de la mano
de la tradición— se sirven los más selectos productos de caza.
Alternando esas exquisiteces con los más sofisticados platos de la
cocina suiza, francesa o alemana, el afortunado Erkens recuerda
todavía sus excursiones en busca de los alces de Noruega o de los
ciervos colorados de Alemania. Mientras arrastra su figura de bon
viveur admite —en el radio— un solo enemigo: el restaurante Da Fabbri.
Sin embargo, como una prolongación de sus actividades comerciales,
Erkens se regocija con sus experiencias do tiro y saltos de valla. De
tal modo, cuando la cocina no demanda su afanosa tenacidad, Hans
Erkens no pierde oportunidad de correr —a tempranas horas do la
mañana— por la playa para no perder su envidiable estado físico.
LA ALEGRIA DE SALVAR VIDAS
Tiene nombre y apellido, como cualquier ciudadano, pero todos lo
conocen por Lito. Su clásica figura de guardavidas es bien conocida
por los que frecuentan el balneario Atlántico; también pudo conocerlo
quien vio la película Los inconstantes, de Rodolfo Kuhn, donde Lito
representaba su propio papel. La última oportunidad es llegarse, en
invierno, hasta el café La Paz, en la porteña avenida Corrientes,
donde derrocha su proverbial simpatía y buen humor. Buenas cualidades
para el puesto que debe desempeñar en Gesell, si además no fuera un
incorregible colaborador de todo el mundo, amigo de resolver todos los
problemas ajenos. Por eso se indigna cuando comenta que, por orden
municipal, esta temporada no se podrá practicar vóleibol en las playas
de la Villa. “No se dan cuenta que es uno de los deportes típicos de
aquí, sano, que no molesta a nadie. Especialmente en estas playas tan
amplias que permiten a todos hacer de todo”. No sólo eso lo preocupa:
también cumplir con su función específica, que realiza a conciencia.
Su anécdota más dramática: cuando junto con su hermano y .todos los
guardavidas de la playa participó en el salvataje de catorce personas
que corrieron peligro de ahogarse cuando se rompió un banco de arena.
Pero, como todos los optimistas, prefiere recordar las historias
alegres. Cuando, con un amigo, recorrían el país, guitarra en ristre,
diseminando algo que convinieron en llamar “improvisación abstracta”,
es decir acompañar con música un texto inventado en el momento. “Los
resultados eran bastante imprevisibles, pero casi siempre lográbamos
«un impacto de humor y simpatía”. Palabras que constantemente afloran
en boca de Lito, para muchos un insólito geselino que hace dé la
diversión un culto.
Siete Días Ilustrados
17/02/1969
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