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LA ALEGRIA DE CREAR
Qué inventamos los argentinos
La falta de apoyo oficial y una ley arcaica se contraponen a nuestro
genio inventivo, “potencialmente el más elevado del mundo”
Cuando descubrieron que un ciudadano húngaro residente en Buenos Aires
había inventado una lapicera que no se descargaba durante los vuelos
en avión, las firmas mundiales productoras de estilográficas sufrieron
un impacto del que les costó reponerse. El inventor, Ladislao José
Biro, suscribió un contrato de producción con una firma norteamericana
por dos millones de dólares, y la birome se difundió por todo el mundo
con rapidez fulminante. Pero el caso del afortunado José Biro es entre
nosotros una rarísima excepción.
En 1960, un mecánico envió a las autoridades de EFEA el prototipo de
un aparato para evitar los accidentes en los pasos a nivel. El autor,
José E. Silva, esperó durante cuatro años la respuesta de los
funcionarios de la empresa; finalmente, optó por publicar una carta de
protesta en un vespertino porteño y archivó su invento. Simón Barisin,
un jubilado de 60 años que en sus “atareados ocios” se dedica a crear
toda clase de artilugios, concibió en 1959 una toma eléctrica de
seguridad que podría devolver el sueño a muchos padres de niños
pequeños, pues al quitar las fichas de los tomacorrientes, éstos se
obturan en forma automática. Pero no poseía el dinero necesario para
encarar su fabricación, y se fatigó ofreciéndolo a escépticos
empresarios. Estos casos, que pueden multiplicarse por millares,
constituyen un lugar común en la riesgosa aventura de nuestros
inventores.
Otro ejemplo típico es el del doctor Luis Boschi, un hombre de 42
años, conocido por sus amigos como “el poeta de las combinaciones
químicas”: asesor en metalurgia de la Comisión Nacional de la Energía
Atómica, tiene en su haber el descubrimiento de una atmósfera
protectora para el tratamiento térmico de metales no ferroso, logrado
hace años mientras preparaba su tesis doctoral en el mismo organismo,
por lo que la patente pertenece a esa institución. Posee también
cuatro patentes propias (entre ellas un detector de mezclas explosivas
gaseosas, muy económico y de gran utilidad práctica en hogares e
industrias), pero no logró hasta ahora explotar ninguna de sus
invenciones: “Lo que pasa es que soy mal vendedor de patentes”,
declaró a Panorama, aunque señaló después que nuestros industriales no
destinan fondos a la experimentación y prefieren copiar las patentes
extranjeras o nacionales cuyo privilegio de explotación (que se
concede por un máximo de
15 años) ha caducado. El doctor Boschi confiesa un pequeño fiasco:
“Cuando me entere del sistema de patentes creí que era el mejor método
para ganar dinero, y me puse a inventar”... Sin embargo, se consuela
de su fracaso económico con distracciones cibernéticas: es el “padre”
de Newton, una melancólica y bizarra tortuga electrónica que añora la
luz solar y emite estridentes gritos de protesta...
150.000 Inventos
En 1833, el entonces jefe de la oficina de patentes de los Estados
Unidos declaró a un colega: “No creo que se puedan hacer más inventos;
esta oficina está rebosando ya”. Sin embargo, en el país del Norte se
patentaron desde esa fecha nada menos que 2.500.000 invenciones. Desde
1866, en que por disposición de la ley 111 dictada dos años antes
(durante el gobierno del general Mitre) se creó nuestra Oficina de
Patentes, dependiente de la Dirección Nacional de la Propiedad
Industrial, en nuestro país se registraron más de 150.000 inventos. Lo
cual demuestra que los argentinos también siguen en alguna medida los
mordaces consejos de Tomás Alva Edison, quien afirmaba que para crear
“hay que probar de todo, aunque sea queso Limburgo”...
Desde que se otorgó la primera patente argentina (en diciembre de
1866) a un procedimiento para la “conservación de cueros, lanas sucias
y sebos”, los argentinos probaron muchas veces “queso Limburgo”, como
lo atestiguan las estadísticas; para ello tuvieron que vencer muchas
dificultades, en particular, el desinterés de empresarios y
funcionarios que ya en 1890 sacaba de sus casillas a Rafael Hernández,
hermano del autor del Martín Fierro, quien concibió diversos
procedimientos para elaborar tejidos con fibras argentinas y un nuevo
sistema telegráfico luego aplicado en los Estados Unidos. Es una vieja
historia que se repite con puntualidad casi maníaca: ya en ese
entonces Estados Unidos industrializaba el 80 por ciento de sus
invenciones (hoy llega al 95 por ciento), mientras los argentinos de
1966 siguen tropezando en gran medida con los mismos obstáculos que
Rafael Hernández para explotar sus inventos: nuestro promedio de
industrialización no alcanza, aun hoy, al 5 por ciento. A pesar de
ello, en la Oficina de Patentes y Marcas se reciben todos los meses
alrededor de 500 solicitudes de inscripción para toda clase de
inventos, o sea un promedio de 17 solicitudes diarias. Como sucede
prácticamente en todos los países del mundo, incluido los Estados
Unidos, un porcentaje apreciable de las solicitudes corresponden a
inventos extranjeros. Pero de todos modos, las cifras son muy
elocuentes, y constituyen la expresión práctica de lo que Dimas
Hualde, presidente de la Asociación Argentina de Agentes de la
Propiedad Industrial, calificó como “el índice de capacidad potencial
más elevado del mundo”. Sin embargo, la falta de incentivo oficial, de
laboratorios adecuados y de capitales para la investigación, malogra
permanentemente nuestra capacidad inventiva. Un caso notorio y no muy
lejano es el del doctor Liotta, que debió emigrar a los Estados Unidos
para concretar la realización de su revolucionario corazón artificial.
El Júbilo creador
Héctor García Boutigue (56 años, “inventor desde los 4”) miró
fijamente y luego exclamó: “Los argentinos debemos estar orgullosos;
¡somos exportadores de ideas!”. El optimismo de García Boutigue es
explicable: su fotocomponedora, con tipos de imprenta de tamaño único,
que se reducen ópticamente a la medida que se desee (se confeccionan
por proceso fotográfico, sin necesidad de matrizar), ha despertado
gran interés en los Estados Unidos: es la única en el mundo que
permite realizar formularios completos (incluidos textos y rayados)
para ser procesados por máquinas automáticas. “Este sistema aumenta
las posibilidades de diseño artístico de tipos a muy bajo costo”,
señaló García Boutigue, acotando con amable ironía: “A los inventores
nos mueve una fuerza interior, la alegría de crear”...
Otro hombre impulsado por “la alegría de crear” es José Signoretti,
que, en su bohardilla de dos metros por tres, en pleno Barrio Norte,
confiesa que no podría vivir si cada año no inventara algo nuevo:
“Esto es como los alucinógenos, solo que en vez de dañar, puede
beneficiar al prójimo” ... Mientras Signoretti habla (pausadamente,
con desconfianza inicial que se convierte luego en viva comunicación),
el sonido del televisor se oye a través del parlante de una radio
ubicada en otro sitio del cuarto; suena el teléfono, y la voz del
interlocutor es oída desde la misma radio. La máxima aspiración de don
José es que su lazarillo electrónico sea declarado por el gobierno
bastón oficial para los ciegos: se trata de un bastón con una ruedita
en su parte inferior y dos pequeños cables a los costados que se abren
perpendicularmente al mismo: cuando el ciego se acerca a algún
obstáculo o al cordón de la vereda, la rueda baja levemente y suena
una chicharra que advierte al no vidente. Hasta ahora nadie ha querido
industrializar tan útil artefacto. Signoretti regaló dos prototipos
hechos por él mismo: Fidel Mesa, un niño de apenas 6 años, recibió su
lazarillo en el auditorio de una emisora radial; el otro beneficiario
fue un anciano de 83 años. Signoretti, que, según afirma, concibió
también un disco sin surco, un sistema para localizar los aviones
perdidos y está a punto de graduarse, a los 55 años, de ingeniero en
comunicaciones, no sufre solo de impaciencia creadora; cedería los
derechos a cualquier institución que se propusiese fabricar
masivamente su lazarillo, pues no persigue fines de lucro: “En cierto
modo, ser inventor es una desgracia”, concluyó, después de mencionar
misteriosamente un Invento sensacional todavía sujeto a
experimentación: el ojo electrónico para ciegos, con el que podrían
captar las formas y la luz, aunque no los colores.
El “Edison argentino"
Secundino Rey llegó a Panorama con una carpeta llena de comentarios
periodísticos sobre sus creaciones. “Uno trabaja porque le sale de
adentro”, expresó con gesto rotundo; luego se refirió durante dos
horas a sus invenciones, muchas de ellas precursoras, como el
fonoband, patentado en 1941, que imprime los sonidos en cintas de
papel, mediante tinta común de imprenta, y no requiere operaciones
posteriores ni anteriores al registro: “Fue la primera tentativa del
hombre por lograr un sistema económico y perfecto de impresiones
sonoras. Lógicamente, esto era extraordinario en la época en que no
existía o era difícil de conseguir la cinta magnética”, explica Rey
con indisimulable entusiasmo. Este aparato fue muy útil durante el
terremoto de San Juan, para recoger las listas de heridos y
sobrevivientes. Otro de sus inventos, el teletrazador, fue ensayado
por los locutores Pelliciari y Fioravanti mucho antes de que la TV se
introdujera en nuestro país; se trata de una pantalla sobre la que se
capta la trayectoria de la pelota durante un partido de fútbol (aunque
no se ven los jugadores), y Rey quería dotar con tan curioso
adminículo a todos los cafés de Buenos Aires. El ingeniero Rey es
también autor de un original sistema para transmitir fotografías a
distancia y de un invento precursor de la tridimensionalidad sonora:
cuando Walt Disney estrenó en Buenos Aires su película Fantasía, no
pudo exhibir su muestra esterofónica del film, pues Rey había
registrado una patente similar. Rey es conocido como “el Edison
argentino”, y exhibe sobrados títulos para ello: entre patentes
solicitadas, acordadas y los inventos no registrados, cuenta con más
de cincuenta invenciones. Rey expresa que sus creaciones son “producto
de la necesidad tecnológica” y que su única gratificación son las
felicitaciones que llegan a diario.
Por su parte, el doctor Rey Millares (es socio de honor y propulsor
del Círculo de Inventores) confiesa haber cursado varias
especialidades “creyendo que la cultura estaba en la otra carrera”, y
expresa que sus innovaciones “son producto de la haraganería”. Entre
los resultados de su fructífera “haraganería” (Rey Millares es
profesor honorario de diversas universidades americanas y desarrolla
una actividad múltiple) se hallan un turbinímetro y un ingenioso
colorímetro fotoeléctrico para determinar la acidez o alcalinidad de
los líquidos. Finalmente, después de declarar que no recuerda cuál de
sus inventos está patentado, reconoció otras motivaciones: “El origen
de toda innovación está en la tendencia a simplificar un problema que
es demasiado complicado”...
La "trovatta geniale”
Pero esto es apenas un reducido muestrario de lo que podríamos llamar
el genio inventivo de los argentinos, en cuyo haber habría que
inscribir no solo los objetos “patentables”, sean aparatos o
descubrimientos científicos. Si su confección fuera posible, el
catálogo completo de lo que se crea año tras año podría sugerir un
interesante estudio sobre nuestra psicología y evolución social. La
pelota sin tiento (patentada por Manuel Arias) y el virtuosismo de la
gambeta futbolística, el colectivo, el locro, el tango y su figura
sensual, la taba y el dulce de leche, que muchos “anclados” en Lima o
París suelen añorar, y (por qué no mencionarlo, pues también tenemos
inventos vergonzosos) la llamada “picana eléctrica”, son algunas de
las creaciones que podríamos incluir en el hipotético catálogo.
Naturalmente, no debería faltar la clásica gomina, creada por el
farmacéutico Brancato, y de cuya fórmula se apropió una firma
francesa.
Los obsesivos personajes de Roberto Arlt, inventores de increíbles
aparatos y fantásticas fórmulas químicas, no viven solo en las páginas
de Los siete locos o Los lanzallamas: en muchos argentinos alienta un
“loco” como el célebre Baigorri, que allá por 1940 anunció
repetidamente que estaba en condiciones de “hacer llover”, o un
empecinado como el propio
Arlt. que en 1942 patentó ‘‘un nuevo procedimiento industrial para
producir medias de mujer cuyo punto no se corra”. Desde los sencillos
dispositivos “para extraer agua por medio de balde”, cuyo privilegio
de explotación se concedió en 1868 al vecino del “pueblo” de Flores,
Felipe Carrera, hasta el sistema de Luis Agote para evitar la
coagulación de la sangre (se comenzó a aplicar a fines de la primera
guerra mundial) o el revolucionario método de identificación
dactiloscópica de Juan Vucetich, calificado por el sabio Enrico Fermi
como trovatta geniale, el registro abarca todos los matices posibles
de la creación y aporta también su dosis de buen humor: en 1948,
Eduardo Fulles patentó un curioso procedimiento para utilizar los
huesos como material de construcción, en lugar del cemento y el
hormigón armado. En 1955, un empleado de Institutos Penales, registró
un bolsillo-trampa contra “punguistas”: al introducir la mano en el
bolsillo, aquélla quedaba atrapada por un ingenioso mecanismo y sonaba
un timbre de alarma. Una mujer, María Viton, patentó por su parte una
valija con ruedas, que permite prescindir de los changadores en los
andenes ferroviarios...
Una larga espera
La semana pasada, tres personas subieron con pueril esperanza los 45
escalones de una vieja casa, en Tucumán 1859 de la Capital Federal.
Seguros de haber hallado algo así como la piedra filosofal de los
alquimistas o la cuadratura del círculo, creían poseer la fórmula para
producir el movimiento continuo, y acudían al Círculo Argentino de
Inventores con ademanes casi conspirativos, temerosos de ser
descubiertos o robados. El ingeniero electrónico Carlos Garbarino,
socio del Círculo (cuenta apenas con 200 miembros, aspira a nuclear a
10.000), concluyó la anécdota precedente con este único comentario:
“Los verdaderos inventores no son gente soñadora, sino realista”.
Sin embargo, esta gente “realista” suele desconocer el mercado y crea
objetos no siempre vendibles o patentables, que a veces carecen
incluso del atributo de novedad que exige la ley 111 para conceder el
título: en la primera quincena de diciembre, los 20 técnicos de la
Oficina rechazaron por esta última causa cerca de 100 solicitudes
sobre un total de 300. Por otra parte, si bien los trámites demoran
teóricamente un máximo de noventa días, en la práctica son largos y
engorrosos: hay casos de patentes que fueron concedidas después de
cuatro o cinco años. Ello explica que la mayoría acuda a alguno de los
300 agentes de la propiedad industrial oficialmente registrados, que
averiguan en primer término si el aparato o procedimiento ha sido ya
patentado por otra persona y luego se ocupan de todo el “papeleo”,
incluidos la redacción de la compleja memoria descriptiva del invento
y los dibujos y planos. Pero los escasos 1400 pesos por derechos y
estampillados que deben abonarse a la Oficina por cada título, se
transforman entonces en cifras menos accesibles: en concepto de
honorarios y gastos diversos, los agentes cobran entre 30. 000 y
40.000 pesos por cada patente de invención.
“Y para colmo la ley obliga a comenzar la explotación del invento
dentro de los dos años de otorgado el título, luego de lo cual se
pierde todo derecho”, casi gritó Edmundo Guerra, presidente del
Círculo. Roberto Ferrer, un ex empleado de comercio (patentó un tapón
fusible de alarma automático, que ya salvó varias vidas, aunque aún no
pudo industrializarlo), acotó a su vez: “Habría que reformar la ley;
no siempre es posible iniciar la explotación de un producto en tan
poco tiempo”.
Ley para el desarrollo
Es cierto. Hay que reformar la ley. Es lugar común entre inventores y
agentes que la ley 111, sancionada hace 103 años, “es excelente
pero anacrónica, y se cae de vieja”. El doctor Ernesto Aracama
Zorroaquín, presidente de ASIPI (Asociación Interamericana de la
Propiedad Industrial), resumió la opinión general con estas palabras:
“Resistió bien el paso de los años; ahora hay que remozarla”. En
definitiva, se trata de enterrarla con todos los honores y una pizca
de alegría recóndita.
Pero más allá de las deficiencias parciales de una ley que después de
un siglo es obviamente perfectible, el destino de nuestros inventores
se inscribe en un interrogante mayor que incluye al país en su
conjunto.
Mientras en los Estados Unidos los empresarios promueven la producción
de inventos y todo estudiante universitario que se destaca por sus
ideas aplicables a la industria es premiado con una apreciable suma en
dólares, la cátedra de derecho industrial ha desaparecido de nuestras
casas de altos estudios: el doctor Aracama Zorroaquín dicta en una
universidad privada el único curso de esa materia no solo en nuestro
país sino en toda Latinoamérica. Es también significativo el hecho
—hasta noviembre pasado, en que la Argentina adhirió, con retraso de
casi un siglo, a la Convención de París de 1883— de que cualquier
inventor de una nación firmante del acuerdo podía revalidar aquí su
patente, pero no existía reciprocidad para los argentinos. Una vez más
el doctor Aracama Zorroaquín resumió el sentir de muchos: “Sin ley de
patentes no hay desarrollo industrial, y sin desarrollo industrial no
hay patentes”. Las cifras parecen ilustrar esta opinión: 1948 fue uno
de los años de mayor impulso industrial de las últimas dos décadas, y
fue también el año en que se batió el récord de patentes, con más de
7000 inscripciones. Precisamente, toda ley de patentes con proyección
nacional debe establecer la obligatoriedad de industrializar el
invento en nuestro territorio, para crear nuevas fuentes de trabajo y
evitar la competencia perjudicial de otros países más adelantados.
¿Tendrán mejor suerte nuestros inventores del futuro que el frustrado
montonero, periodista, agricultor e inventor Rafael Hernández? ¿Tendrá
mejor suerte el país? Depende, como lo quería el hermano de nuestro
poeta nacional, de que sepamos inventar una Argentina moderna
sustentada en una creciente conciencia industrial.
Máximo Simpson
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