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Del nueve nadie nos mueve
A cuatro años de su primera aparición frente a las cámaras de
televisión las populares mellizas conservan intactas la gracia y
simpatía que las consagraran en 1971
Hace cuatro años, los televidentes porteños asistieron a una
metamorfosis: las ficticias mellizas Nu y Eve (característica de Canal
9) se corporizaron en dos simpáticas rubias de 7 años, Noemí Nélida y
Liliana Beatriz Serantes. Su aparición en cámaras fue el epílogo de
una reñida elección: más de 1.200 mellizas rivalizaron para imponer su
ángel, una de las máximas virtudes que suelen valorar los expertos del
video. Actualmente, algo más creciditas, las mellizas Serantes
capitalizan popularidad y experiencia. Hablan con aplomo de su
participación en varias películas (Blum, Los muchachos de mi barrio,
Aquellos años locos, Amalio Reyes, un hombre...), cortos
publicitarios, numerosos programas televisivos (Nu y Eve, Circus, | La
Chona contesta por un millón, Payasin...) y, especialmente,
Nuevediario, el telenoticioso que les permite moderar con simpatía las
frecuentes asperezas del clima porteño.
Pero no son las únicas artistas do la familia: sus hermanitas: Nancy
(5) y Mariel (8 meses) también suelen transitar los sets de
televisión, participando en teleteatros y films publicitarios. SIETE
DIAS las visitó (a semana pasada, en su confortable departamento
capitalino (Salguero y Avenida del Libertador). Asistidas de tanto en
tanto por mamá (Nélida Beatriz Aboitiz de Serantes, 32), quien
supervisaba el diálogo desde la cocina, Nu y Eve accedieron a
satisfacer la curiosidad periodística:
—¿Cómo se sienten trabajando en televisión?
—La verdad —Nu se acaricia el mentón, frunce el ceño imitando
notablemente un gesto de su madre— ...no podemos quejarnos. Al
principio nos poníamos muy nerviosas frente a las cámaras.
—Lo que pasa —interrumpe Eve— es que éramos muy tímidas.
Especialmente, antes de salir elegidas: ¿sabe la cantidad de chicas
despiertas que había?
(La madre se preocupa en aclarar que las restantes mellizas finalistas
eran "demasiado despiertas: 1 se metían en todos lados —censura—. Al
jurado no les gustaron por eso”.)
—En las placas del canal, Eve es morocha, ¿cómo se explica que ustedes
sean rubias las dos? . (Risitas cómplices. Finalmente, Eve asume la
responsabilidad de responder.)
—Al principio, las dos queríamos hacer el papel de Nu, pero después yo
me resigné porque soy menos caprichosa que esta chiquilina —bromea
señalando a su hermana—; la gente del canal utilizaba matizador para
teñirme el cabello, pero ese producto me lo arruinaba. Finalmente,
aceptaron dejarme salir rubia.
—¿Qué comentaron sus amigos cuando comenzaron a verlas en televisión?
—En Merlo, donde vivíamos antes —informa Nu—, muchos vecinos se
pusieron envidiosos; sus hijos también. ¡Y claro, lo que decían sus
padres lo repetían ellos!
—¿Qué decían?
—Que como nos sentíamos artistas ya no éramos las mismas de antes.
Esas cosas que se dicen ¿no? —cuchichea Eve.
—¿En la escuela ocurrió lo mismo?
(Noemí y Liliana se miran, comienzan a hablar las dos a la vez; se
callan, sonríen y Nu se encarga de responder.)
—No, al revés: nos hicimos amigas de más chicas. Hasta llegaron a
llamarnos Nu y Eve en lugar de Noemí y Liliana.
—Cuando terminan de cumplir todas sus obligaciones, ¿les queda tiempo
para jugar?
—No, ni un cachito así —Eve junta índice y pulgar de su mano derecha—.
Calcule, señor: a la mañana, estudiamos canto; luego, vamos dos veces
al canal; por la tarde, al colegio, y a la noche hacemos los
deberes...
—¿Nada más?
—Sí, sí, sí —interviene Nu, sorpresivamente—: los fines de semana
vamos a visitar a nuestra abuelita o estudiamos.
—¿Y no les gustarla dedicarles más tiempo a las muñecas, por ejemplo?
—¡Muñecas! —se escandaliza Eve— ¿No le parece que somos un poquito
grandes para jugar con muñecas?
—Tal vez. ¿Te enojás muy a menudo?
—¿Yo? —Eve vuelve a sonreír—. No, casi nunca. Creo que con la única
persona con la que discuto es con mi hermanita Nancy.
—¿No se pelean con la gente del canal?
—¡Cómo nos vamos a pelear si nos tratan mejor que a nadie! —compara Nu
con envidiable discreción profesional.
—Pero al que más queremos — aclara Eve— es al señor Romay. El nos
ayudó muchísimo, siempre nos dice que vamos a ser las segundas
mellizas Legrand.
(En este momento, interviene mamá Serantes: “Yo, al comienzo, tenía
bastante temor con este asunto de que las nenas trabajaran en
televisión. Por aquello de que la gente del ambiente... ¿no? Bueno,
créame que conocí gente tan buena que ahora pienso que es más
peligroso caminar por la calle”.)
—Ustedes mencionaron a las mellizas Legrand, ¿les gustaría que las
comparen con ellas?
—¡Y no! ¡Qué le parece! —se sorprende Eve— ¿No son maravillosas?
—¿Sabe lo que nos dicen Mirtha y Silvia cuando nos ven en el canal?
—interroga Nu con picardía—: ¡Hola, tocayas!
(Las mellizas ríen al unísono, la frase las cautiva hasta hacerlas
sonrojar.)
—¿Qué piensan hacer cuando sean mayores?
—Queremos ser artistas —se pone seria Nu—. El señor Romay nos dijo que
estudiemos arte escénico para hablar mejor. Yo quisiera ser actriz
dramática, de esas que hacen llorar, ¿vio? Siempre que veo una obra
triste por televisión me pongo a llorar.
—Yo quisiera actuar en comedias —sintetiza Eve—, pero lo que más me
gusta de todo, lo más lindo, lo más lindo para mí, sería cantar.
("En realidad, ya podrían estar actuando en algún teleteatro — vuelve
a terciar la madre—, pero usted sabe: como son Nu y Eve resultan
importantes actuando en cualquier lado”.)
—¿Les gusta verse por televisión?
—Mucho, porque salimos lindísimas —se enorgullece Nu—; claro que sólo
podemos vernos en los avisos publicitarios, porque en Nuevediario
salimos al aire en vivo y en directo.
—No es habitual que a los once años se disfrute una popularidad como
la de ustedes. ¿No preferirían vivir como todos los chicos de su edad?
—No, yo quiero hacer lo que hago, me gusta mucho —resume Eve.
—Lo que hacemos nosotras es mucho más divertido que cualquier
otra cosa. Ningún chico se sentiría incómodo trabajando en televisión.
—¿Qué ocurrirá cuando sean demasiado grandes para representar a Nu y
Eve?
—¡Usted se piensa que vamos a pasarnos toda la vida dando el
pronóstico! —se indigna Eve—. Haremos una carrera en el canal. Yo
quiero ser actriz.
—Yo voy a convertirme en periodista, como Osvaldo Papaleo: quiero
hablar detrás de un escritorio, ¡es lindísimo! —se entusiasma Nu.
(Ya era hora de cumplir con las obligaciones profesionales: Noemí y
Liliana se enfundaron en sus abrigos y se marcharon hacia el canal. El
diálogo, semi interrumpido, fue retomado por la mamá de las mellizas.)
—¿ A qué se dedican usted y su marido?
—Yo atiendo la casa y mi esposo transporta tierra con su camión.
—Indudablemente, vivir en esta zona les resultará más costoso que en
Merlo. ¿Cubren las diferencias con los ingresos que aportan Noemí y
Liliana?
—Lo que las nenas ganan nos ayuda a pagar el alquiler, claro, pero
ellas lo hacen porque les gusta. Yo lo digo siempre y a todo el mundo:
si ellas me pidieran abandonar lo que hacen en televisión, yo no las
obligaría a continuar.
—¿Cree que las chicas serian más felices desarrollando una vida como
la del común de los niños?
—En realidad, lo que hacen no les impidió nunca ser chicas; es decir,
no perdieron la infancia. Tampoco se cansan demasiado con esta
actividad. Sin ir muy lejos, le doy un ejemplo de lo que esto
representa para ellas: cuando no tienen nada que hacer, se van al
canal. Creo que no hay otro lugar en Buenos Aires que les atraiga
tanto como ése.
—¿Coincidieron siempre con su esposo en que lo que hacían las chicas
era saludable?
—En un comienzo, yo intenté evitar que vinieran a Buenos Aires porque
creía que el viaje les resultaba agotador. Mi marido Insistió, al
igual que las nenas, en que las dejara venir. Luego comprendí que mi
suposición estaba equivocada: esa movilidad las entusiasmaba, las
alegraba, resultaba un estímulo muy sano.
—¿Cuánto ganan sus hijas actualmente?
—Unos sesenta mil pesos de los viejos entre las dos. Hay quienes dicen
que es poco; otros que está bien pago. En fin, mientras ellas se
sientan felices por lo que hacen, el resto no interesa.
—¿Piensa que sus hijas han cambiado mucho desde que trabajan en el
canal?
—No, en absoluto. Han evolucionado tanto como lo hubieran hecho de no
haber sido seleccionadas en aquel certamen. El cambio, en todo caso,
reside en la experiencia, en el aprendizaje que han realizado. Eso
creo que es valiosísimo.
—¿Hasta cuándo cree que permanecerán frente a las cámaras?
—Cuando les formulo la misma pregunta, me responden con esa frase:
"Del nueve, nadie nos mueve".
Revista Siete Días Ilustrado
5/7/1971
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