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LEYENDAS
La pasión de Olegario Álvarez
Alicia Dujovne Ortiz habló hace unos días con el escritor correntino
Gerardo Pisarello, en su casa de Floresta. Allí él le contó la curiosa
historia del bandolero Olegario Álvarez, una especie de Robín Hood que
una vez quiso matar al padre del escritor. La leyenda hizo de Olegario
un santo popular, una figura redentora a la que el pueblo rinde culto.
"Olegario”, decía el poeta correntino don Francisco Madariaga, bajando
en un medio tono ronco la sílaba 'ga', de manera que no sólo se
pensaba en el acento de su provincia sino en un importante misterio,
en algo entre susurrado y fuerte que venía con ese nombre y que debía
ser trasmitido así, como si esa parte del nombre la pronunciara un
tigre. "Olegario Álvarez, yo lo he conocido al hermano, que carpía la
huerta de mi familia, pero el que SAbe de él es don Gerardo Pisarello,
porque Olegario casi le mata al padre”.
"SAbe” también venía con SA profunda y ese grave sonido nos decidió.
Una calle rara de Floresta (Santiago de las Carreras), un corredor
largo, un naranjo cargado de fruta y Gerardo Pisarello, escritor
correntino, nos recibe para contamos vida, pasión y muerte de Olegario
Álvarez, el bandido de memoria venerada por el pueblo de esa región
argentina donde el lenguaje paralelo y secreto, como si cada palabra
de un correntino estuviera acompañada por una sombra de sonido que de
pronto atrapara la lengua, la garganta, las hundiera en el silencio y
rápidamente las devolviera al sonido en luz con que se habla.
Además del naranjo y de Pisarello (su aire humilde, su irónica
sonrisa), está también allí el desencadenador de nuestro interés por
Olegario: don Madariaga, su puntiaguda barbita de conde de Orgaz y sus
ojos demasiado limpios a fuerza de mirar, con un atento y pensativo
amor de toda la vida, su pantano natal: el Iberá. Entre los dos, don
Pisarello y don Madariaga, y tal vez o seguramente con la cooperación
del naranjo, van dibujando la historia y la figura del bandido al que
la gente llama "el Lega" y atribuye milagros, salvaciones, maravillas.
"Lo conocí de chico —dice Pisarello— porque trabajaba la tierra de mi
padre, junto con el hermano, Francisco. Era un hombre común,
corriente, un peón de campo que nunca llamó la atención de nadie hasta
que cometió un sencillo crimen de los que se cometen por vino, en
fiestas. No sé bien qué hizo. Alguna cosa habrá hecho y lo encerraron,
pero lo cierto fue que este hombre se escapó cuando la sublevación de
la cárcel y formó una banda de gente alzada que lo seguía y pululó con
él, mucho tiempo, por las estancias de mi pueblo: Saladas. Es toda
zona de monte y gracias a eso la banda pudo esconderse y hacer sus
correrías, mayormente para comer: iban a las estancias y con amenazas
pedían comida. Dicen que Olegario se disfrazaba, de cura, por ejemplo,
y se hacía servir a cuerpo de rey por sus antiguos patrones. Él era
del partido Autonomista de Corrientes, o sea, que era colorado pero de
menor importancia como político y, al final, se dejó usar como asesino
a sueldo por caudillos de su partido. Dicen también, y ése es el
origen del mito, que Olegario robaba para los pobres. Si lo hacía o
no, no sé. Ningún pobre del pueblo lo denunciaba nunca, pero no sé si
era por gratitud o por miedo. Finalmente, en 1907, se organizó una
partida al mando del capitán Mesa, que lo persiguió y logró ubicarlo
por los esteros del Iberá. Allí vivía Olegario con una mujer. Era el
escondite de la banda. Una noche lo cercaron. Allí hay monte y
esteros. Tapado por el monte y sin que la policía y el ejército se
dieran cuenta, Olegario hizo huir a su banda y se quedó peleando con
un solo ayudante. La mujer también se quedó. Mataron a Olegario y al
otro y prendieron a la mujer. Toda la historia es ésta, no hay más.
Pero acá viene lo extraño: lo que la gente de Saladas hizo con el
recuerdo de un bandido común”. ¿Común? Con cierta reticencia, con
mucho pudor, Pisarello nos describe una poderosa escena de noche de
luna que casi justifica, por sí sola, ése y cualquier otro culto
religioso rendidos al valor, a la fidelidad, a una estremecedora
imagen humana de la que, en el presente viscoso de las ciudades, sólo
podemos saber por mentas.
El padre de Pisarello no era colorado sino celeste, liberal. Olegario
tenía una lista de caudillos liberales para asesinar, y Pisarello
padre estaba en la lista pero afirmaba: “Olegario no me puede matar.
Tiene una deuda de gratitud conmigo porque yo le hice un bien a su
madre cuando él estaba en la cárcel. Estoy seguro que no va a poder
matarme”. Era verano y se dormía casi afuera, con puertas y ventanas
abiertas. Todas las noches, a las tres o cuatro de la madrugada, se
escuchaban los cascos de un caballo que se acercaba. “Olegario”,
anunciaba Pisarello padre levantándose para recibirlo. Armado,
avanzaba a la luz de la luna hasta el portón de la quinta. Allí venía
Olegario Álvarez en un robusto parejero y armado también hasta los
dientes. Pisarello padre y Olegario se miraban durante unos segundos y
después el bandido pasaba de largo, sin saludar, postergando la muerte
ante los ojos del hombre que había hecho un bien a su madre.
Ese coraje de Olegario de medirse cada noche con el filo de sí mismo,
ese desafío, por otra parte total, a un sistema en el que el paisano
era víctima por costumbre, tenían que generar el mito en un pueblo
como aquél.
Dice Madariaga que también allá abundan los santitos. Una vez por año,
para la fecha de cada uno, la gente le lleva piernas o brazos de plata
a San Baltazar, a San La Muerte, a la Capilla de la Cruz, a Santa
Rita, para las novias; a Sansón, para la fuerza. Cuando un paisano
está pialando, para darse ánimo grita: "¡Sansón!"
En su casa, Pisarello tiene una muestra de madera que representa a
Sansón con grandes bigotes y aspecto esmirriado: “Es para la doma y
para las conquistas de amor —dice—. Hay que llevarlo en el bolsillo y
que la mujer no lo vea, porque si lo ve pierde efecto y entonces hay
que pintarlo de nuevo”.
Todos los lunes, en el cementerio de Saladas, se aceptan las ofrendas
para Olegario Álvarez; la encargada de recibirlas es una alférez
vestida de rojo. Hay rezadoras pagas que dicen las rogativas. Una vez
por año hay una enorme fiesta roja de un resplandor que hiere las
miradas; una fiesta en la que toda la gente participa de un modo
fantástico. Es la celebración del milagroso. En el film documental de
Mario Carlos Ginzburg, titulado 'Olegario Álvarez, ruega por
nosotros', se ve de un modo impresionante toda esa festividad.
Ginzburg recuerda que se había comprado una filmadora y tenía un
autito: "Entonces me fui a Saladas —dice— a convivir con la gente, a
filmar y a grabar sus voces”. El resultado es un corto que ganó el
primer premio de la Fundación Gillete. En un tramo de la filmación,
una voz en off susurra: "Olegario Álvarez era uno que hacía bien a los
pobres, y ¿cómo un pobre no va a querer a un prójimo que le hace un
favor? Yo creo mucho en él y por eso sé que no me va a pasar nunca
nada. ¿Bandido? Uno puede ser un hombre muy decente y mañana puede ser
otra cosa. Noventa días al año trabajamos en la naranja por quinientos
pesos diarios [1971] y el resto no hay trabajo. A veces trabajamos sin
cobrar y sólo por la comida. Acá la gente del campo somos muy tímidos
y muy encariñados y por eso sufrimos. Olegario Álvarez, ruega por
nosotros”
Las cintas rojas que cubren la figura del héroe se guardan sobre el
cuerpo y, según la leyenda, "protegen para toda la vida”. Al milagroso
se le regalan joyas o tortas de maíz. Esas oscuras mujeres vestidas de
rojo, que encienden velas en nichos rojos, esos portadores de banderas
también rojas y de guirnaldas de igual color, han encontrado la cinta
que liga, es decir, el verdadero sentido de la religión: religare.
Han encontrado la comida para la muerte. Para ellos vale la muerte, la
franca y roja muerte violenta, porque vale fuertemente la vida: "Lo
mató bien” dice en el film el viejo Francisco, hermano de Olegario, al
relatar uno de los crímenes del gaucho que no mataba mal, ni a pobres
ni a hombres a los que debiera favores, que sólo mataba a ricos, a
policías y por el pecho.
El propio Madariaga, en su casona medio derrumbada del Iberá, conserva
a un viejo paisano fabulador que sostiene largos monólogos con
fantasmas, plácidos, serenos seguramente, no interferidos por la
distancia imposible. Conversa porque su capacidad de fabular lo
protege como la ropa roja. "Eso es cultura nacional y popular —dice
Mario Carlos Ginzburg—. Estas formas de religión son la caparazón
protectora que el pueblo usa para preservar sus costumbres
comunitarias." No interesa para nada, entonces, que el gaucho Olegario
Álvarez, de Corrientes, haya robado para los pobres o haya sido el
asesino a sueldo de un caudillo autonomista, que haya sabido matar o
morir. Interesa, sí, que el pueblo de Saladas, en Corrientes, haya
tenido riquezas para creer y guardar en vida una tumba ardiente donde
un muerto palpita y come tortas de maíz y está atado a los vivos,
encariñado a los sufrientes, enteramente agarrados por cintas de
sangre. ♦
PANORAMA, AGOSTO 23, 1973
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