|
LAS CONFESIONES
QUE HIZO PACO JAMANDREU
El libro de memorias de Jamandreu es un suceso, pues cuenta todo con
un gran desparpajo y describe un cuadro de costumbres del país en una
época no muy lejana. Redacción lo entrevistó para que aclarara algunas
de sus afirmaciones y obtuvo un jugoso diálogo.
COMO se atrevió a escribir sus memorias en un país como el nuestro,
donde casi nadie se anima a hacerlo?
—Bueno, yo no le doy importancia al asunto. El libro (*) está
totalmente en mi pasado. Pienso que en todos los países del mundo se
necesita que la gente escriba sus memorias. Fijate que no importa
quién las escriba, si están bien o mal escritas, pero eso ayuda a la
historia del país. Por eso yo pienso que mi libro vale como testimonio
de una época. En Europa es muy común que la gente escriba sus
memorias. Imaginate, Brigitte Bardot tiene cuarenta años y está
preparando las suyas. Yo estoy convencido que hay que escribirlas
cuando uno es joven; si lo hacés cuando tenés ochenta años ya estás en
otra cosa en la vida, en todo caso después las seguís, si tenés ganas
y no te tiembla la mano.
Yo las empecé para mí, como todo lo que hago, sin intención de
publicarlas, pero un día que pasaba por la Editorial De La Flor subí y
le dije a Divinsky que estaba escribiendo mis memorias. Le aclaré que
en ellas hablaba de la gente que he vestido, de mi vida privada, de
mis amores (yo soy muy apasionado), también de política, aunque yo no
sé nada de política sino a través de mis dientas. Divinsky quiso
leerlas. Le llevé los originales y le gustaron mucho. Esto pasó en
1972. Recién después de un año y medio me llamó, pues había decidido
publicarlas. Entonces le pedí un poco de tiempo para pulirlas y
terminarlas. Así le agregué algunas partes. Finalmente yo mismo
corregí las pruebas, me fui a la quinta y allí trabajé como un negro,
me encanta trabajar en el campo. Luego las entregué y cuando quise
acordarme ya estaba el libro. Cuando lo vi me quise morir. Yo soy muy
inconsciente. Te confieso que aunque no soy emocionable, cuando vi la
tapa me emocionó, y ni te cuento cuando lo tuve en la mano.
—¿Y no ha tenido problemas? Porque usted en el libro habla mal de
mucha gente...
—Fíjate que no. Antes de publicarlo lo consulté con algunas dientas. A
la mayoría le pareció magnífico, a pesar que les dije que en ellas
digo que soy homosexual, y que aparecen todos mis amores, etc. La
prueba es que no he perdido una sola dienta, al contrario, y Divinsky
está enloquecido pues ya se agotó la primera edición.
Yo no creo que me vaya a enemistar con nadie por este libro. No hablo
demasiado mal de la gente. Yo tengo un mundo que es esta casa y mi
quinta. No voy a ninguna parte. No como en la casa de nadie, no voy a
pasar días a la casa de nadie. Me trato sólo con mis dientas. Después,
cuando la gente me preguntaba si no me daba miedo, reflexioné: ¿por
que habría de darme miedo? A Zaza Gabor no le dio miedo, a Passolini
no le daba miedo, ¿por qué debería darme miedo a mí? Además, creo que
en un país como la Argentina ya no puede ser que siempre se juegue con
el subdesarrollo. Las cosas hay que decirlas. Yo soy un enamorado de
la Argentina.
—¿Y de los argentinos?
—También. De las mujeres y de los hombres argentinos. No tengo ningún
problema de cariño con respecto a las mujeres. Al contrario. Vivo de
las mujeres y las quiero mucho. Mis mejores amigas son mujeres.
—En su libro usted hace una defensa de los homosexuales, pero se las
toma con los mañeas. ¿Cuál es la diferencia?
—Claro, el homosexual es una cosa lógica y normal. Oíme querida, hay
jueces, jerarcas, y políticos homosexuales. Ser homosexual es lo mismo
que ser rubia o morena. Lo que no me gusta es la deformación. Una
mujer rubia, es una mujer rubia, pero una mujer rubia llena de
piringundines en la cabeza es un mamarracho. ¿Te das cuenta de la
diferencia? Por eso yo no me trato con maricas. Hay deformaciones en
todos los aspectos de la vida y el mariconaje es una de ellas. Yo
respeto al homosexual. Sé que hay mucha gente que no los quiere, pero
entiendo que si en este momento fueras a borrar a todos los
homosexuales del mundo sacarías la parte inteligente y graciosa de la
vida.
—¿Qué significado tiene el título “La cabeza contra el suelo”?
—Bueno, yo tengo un problema: no lloro nunca. Todas las cosas de la
vida me parecen normales y naturales. La muerte no me provoca el más
mínimo dolor. Soy recontracatólico, pero pienso que la gente tiene que
morirse y se acabó. Te repito: no sé llorar; más bien se me hace un
nudo en la garganta, qué sé yo; más bien tengo reacciones histéricas
cuando algo no me gusta o cuando tendría que llorar. De chico era muy
caprichoso y cuando me negaban algo me ponía de cabeza contra el suelo
y golpeaba con los puños hasta cansarme. De ahí pues el título.
Confieso que ahora, de vez en cuando, me dan ganas de hacer lo mismo.
—¿Usted se cree el único creador argentino? ¿Por qué habla tan mal de
sus colegas?
—Es que yo tengo mis derechos adquiridos. He hecho una carrera
espectacular, con muchos altibajos por supuesto, pero que tiene un
nombre mundial. Soy el único modisto argentino que lo tiene, y
prácticamente he creado, a pesar que soy un tipo joven porque empecé a
los quince años, una cosa que fue la moda argentina. La he mostrado
por todo el mundo y no miserablemente, con dibujitos, sino con todas
mis modelos, con grandes desfiles y grandes cosas, porque yo soy muy
lujoso, muy paquete en todas mis cosas. Y eso tiene un mérito.
Yo hablo mal de mis colegas porque a mí me tiraron mucho y me cerraron
todos los caminos que pudieron.
—¿Pero en qué influyeron, en qué forma lo perjudicaron?
—Bueno, sacarme de desfiles, de grandes festivales. Todo por una
cuestión de celos. Porque yo indiscutiblemente llevo público. Te voy a
decir, yo para hacer un desfile cobro un cachet. Las demás lo hacen
gratis. Eso ya da la nota a la gente. Yo cobro tanto los desfiles en
Río Hondo, o la Fiesta del Sol en San Juan o en Acapulco o en Nueva
York o en Colombia o en París mismo. Y las demás lo hacen por
publicidad, por promoción, y además no crean nada. Yo no digo que lo
mío sea lindo ni bueno, no estoy hablando de calidades ni de
condiciones.
—Sí, pero está diciendo que los demás son copistas...
—Sí, seguro, ¡y malos copistas! Porque hay una cosa: para ser copista
hay que ser un poco artista. Fijate, a la bailarina Catherine Dunham
la copió el mundo entero, algunos la copiaron de maravilla y hasta
casi llegaron a superarla. La moda puede copiarse muy bien y es un
arte. El mundo de la moda se maneja de esta manera: las casas compran
modelos en París y los repiten. Pero aquí la mentalidad ni siquiera
les da para cambiarles el color. O cambiar, por lo menos, si la flor
está con el tallo para abajo, y ponerlo hacia arriba. ¿Te das cuenta?
Lo copian tal cual. La copia bien entendida, te repito, es un arte.
Hay gente que ha copiado de grandes músicos y han sido genios.
—Algunos opinan que su moda gaucho-look es un mamarracho, un engendro
que inventó para sacarle dólares a los americanos.
—Bueno, a mí no me llegan los comentarios. Puede ser que sea
así. Pero fíjate qué casualidad. El gaucho-look lo presenté acá y no
pasó nada, y lo presenté en los Estados Unidos y fue un boom. Aparte
que mi gaucho-look fue una cosa super estilizada. No debe haber sido
tan mamarracho porque después me lo copiaron tanto en la Argentina
como en Europa. Ahora la moda actual presenta a las mujeres con
poncho, que fue lo que yo hice, y han pasado cinco años. No te digo
que yo sea el mejor modisto ni mucho menos, pero pienso que cuando las
cosas tienen éxito por algo debe ser.
Mirá, yo aprendí algo de mi viejo. Cuando era chico yo le decía que
Greta Garbo me parecía una porquería y él respondía: aunque a vos no
te gusta, cuando la gente tiene un nombre muy grande ya no podés decir
que es una porquería.
—¿Cuál fue para usted la actriz argentina más importante?
—Yo vestí a muchas actrices extranjeras y argentinas muy importantes.
Quizá la más importante en su momento fue Zully Moreno, pues ella
trajo al cine argentino lo que daba Hollywood. Ni Rita Hayworth, ni
Lana Turner eran grandes actrices, y sin embargo, eran las reinas de
Hollywood y marcaron una época. La gente le copiaba sus peinados y sus
vestidos. Así ocurrió con Zully Moreno. Quizá sus condiciones
histriónicas eran discutibles, pero también lo eran las de las
americanas.
—Era la época del divismo. Ciertas estrellas argentinas llevaban una
vida rumbosa, poseían mansiones espectaculares y galgos rusos.
—Por supuesto, ni yo vivía como vivo ahora, ni las estrellas vivían
como lo hacen ahora. Ahora todas las estrellas viven en un
departamento más o menos lindo, pero en aquel momento en que yo me
inicié, al poco tiempo de tener éxito había alrededor tuyo un trust de
gente que te proporcionaba todo: la casa en San Isidro, el coche, los
galgos y todas esas cosas que fascinaban al público. Yo, por ejemplo,
sigo viviendo al tipo estrella: la perra china, la casa más o menos
bonita, el coche último modelo, el tapado de visón.
—¿No le parece que el país no está ahora para eso? Si hasta las
revistas frívolas se han puesto serias de pronto...
—Mirá, yo creo que sí. En todo caso es cosa de cada uno y ayuda un
poco a divertir a la gente, a levantarle el ánimo. Es como vestirse de
colores. La gente se viste de colores porque el color te alegra. Yo
creo que en todo caso eso no hace nada al país desde el punto de vista
económico. Yo creo que una estrella tiene que comportarse como tal. Si
vos vas a ver una película no te va a gustar nada ver a la estrella al
otro día colgada del colectivo o con los mismos pantalones que tenés
vos. Uno idealiza a la gente. Y hay un retorno a eso, estoy totalmente
convencido.
—¿Usted se refiere a Argentina o a Hollywood?
—Aquí y en todos lados. En Europa, por ejemplo, hay una vuelta a las
fiestas de las grandes estrellas. Claro que la situación económica es
mundial. Ni Gina Lollobrígida puede tener la casa que tuvo Gloria
Swanson ni yo la que tiene Christian Dior, pero en todo caso pienso
que hay una vuelta a eso. Vos ves que la moda es lujosa ahora. No
tiene nada que ver con que el país venda más trigo o menos trigo. Yo
siempre digo que la moda es un espectáculo. Pienso que la gente que no
puede comprarse un traje de Jamandreu o de Dior tiene todo el derecho
del mundo de ver un desfile. Eso es parte de la cultura. Saber lo que
se va a usar o lo que no se va a usar.
—¿Eso no es vivir una ilusión?
—No. Porque suponete: la que no se puede comprar un traje mío, si ve
un desfile mío, suponiendo que yo le gustara, ve un tailleur y lo
puede copiar. Puede estar un poco mejor o peor hecho. Yo te confieso
que no he sentido el cambio económico para nada. Sí, por ejemplo, que
este año no puedo hacer lo que hacía en la década del cincuenta, que
viajaba a París y me traía cuarenta cortes para hacer mi colección,
pero sí trato de ingeniármelas para hacer con las telas de aquí las
cosas más bonitas posibles.
—Usted dice en su libro que no la quiere a Pinky “porque es mala
persona”. ¿Qué le hizo?
—Yo preferiría no contar eso. Pero te digo que si alguien dice que una
persona es mala, por ejemplo si alguien dice que yo soy malo, lo tomo
como un gran elogio, porque para ser malo tenés que ser inteligente;
en cambio el estúpido es estúpido siempre. Así que yo le estoy
haciendo un favor: la estoy tratando de inteligente...
—Pero en contraposición, usted habla bien de Isabel Sarli, que es
considerada "un dechado de mal gusto?’ por mucha gente...
—Yo pienso que Isabel es una mujer que vive en estrella, como todas
las grandes estrellas del mundo; y remontémonos a Jean Harlow, Joanne
Crawford o Raquel Welch. Isabel es un tipo físico. Gina Lollobrígida
se viste también de sexy-style, porque son mujeres cuya personalidad
supera los cambios de la moda. Son estrellas que están vendiendo sus
ampulosidades físicas.
—Isabel Sarli es una estrella para un determinado nivel de público...
—No te creas. En Estados Unidos y en Europa, Isabel es una
estrella-estrella.
—En su libro habla muy bien de Fanny Navarro, una mujer que fue
políticamente muy atacada.
—Fue atacada porque le tocó vivir un momento muy especial. Pienso que
si vos hacés grandes cagadas teniendo veinte años, no podés seguir
pagándolas a los cuarenta. Es pavoroso, y con Fanny pasó eso. Le
hicieron pagar los errores de ella más los de mucha otra gente. No te
olvides que ella ya tenía hecha su carrera antes del peronismo. Fanny
no le hizo mal a nadie y hasta te diría que hizo bien a mucha gente.
Fue un momento, la caída espectacular de un gobierno y de sus amigos y
entonces todo el mundo se ensañó con ella, pero yo te podría decir 20
mil nombres de gente que estuvo metida en muchas más cosas que ella...
—Usted le aconsejó no meterse en política, cuando ella le contó que la
cortejaba Juan Duarte.
—Claro, porque ella ya tenía un nombre, ya era estrella del Maipo y
había filmado muchas películas. No necesitaba padrinos.
—¿Usted piensa que los actores no se tienen que meter en política?
—Mirá, yo de política no sé nada. No me interesa la política de ningún
país del mundo. Quiero a mi patria y quiero que ande bien. Me encanta
cuando voy al extranjero y elogian mi país. Me encanta Buenos Aires y
me parece la mejor ciudad del mundo. Te repito: de política no sé
absolutamente nada. Vestí a Eva Perón y en mi libro doy la imagen de
la Eva Perón que yo conocí; es decir, la imagen doméstica de Eva
Perón, nada que ver con su vida política.
—Si no le interesa la política, ¿se puede saber, al menos, por quién
votó?
—No voto. No he votado nunca. Voté una sola vez, cuando tenía 18 años.
Luego nunca más.
—¿Y eso no le ha traído nunca problemas?
—No. Cuando vos tenés fama, las cosas son mucho más fáciles. Cuando yo
tengo que hacer algún trámite, voy con la libreta en blanco y digo:
“Señor yo no voté. Lo siento mucho. ¿Qué tengo que hacer?”. Siempre se
termina en lo mismo: “Bueno, pase...”.
—¿Por qué su hermano Jorge lo llamaba faraona?
—Porque yo tengo un poco de sangre mora. Aquí no vale el género. No me
decía faraona pensando en el término como mujer. Sino en que la
faraona es la que maneja la tribu, y yo siempre quería manejar a toda
mi familia. Éso lo heredé de mi abuela. Además, como era el que ganaba
la guita...
—En su libro usted se empeña en mostrarse como un homosexual liberado,
¿pero eso no demostraría justamente que no está tan liberado?
—¡Sí que estoy liberado! Si no tuve problemas de decirlo a los quince
años, ¿qué problema voy a tener ahora? Además, eso no es lo más
importante ni lo fundamental de mi vida. Es apenas un aspecto mío. La
misma importancia de ser más alto o más bajo, más lindo o más feo.
—Si usted considera eso “respetable y normal”, ¿entonces los anormales
son los otros?
—No. Yo creo que todo es normal. Los otros también son normales. Si
para el mundo son más importantes las inclinaciones sexuales de las
personas que su talento o su ingenio, entonces estamos sonados; no
podríamos ir a ver cuadros pintados por Miguel Angel, porque primero
pensarías que fue homosexual y luego que la pintura es linda.
—Usted dice en su libro que ser pionero, desde el punto de vista
económico, no es nada bueno. ¿Sería una regla aplicable sólo a nuestro
país?
—No. Yo pienso que es una regla general. En mis colecciones, sobre
todo al principio cuando yo era más fantasioso, hacía la moda por
supuesto al último grito, pero el último grito se usaba en Buenos
Aires recién dos años después. Si te cuento que las túnicas que están
ahora de última moda yo las presenté en 1967 en la Rural... En ese
momento comercialmente el gasto que hice fue inútil porque no me
sirvió para nada. La gente las miraba pero nadie me compraba una
túnica. Ahora se venden por kilo. Ser pionero tiene un enorme valor,
¿te das cuenta? Vos estás inventando algo, pero comercialmente es
éxito cuando lo agarran los demás. Siempre aprovechan los otros.
—En su libro usted menciona sus defectos capitales. ¿Cuál es el peor
de ellos?
—¡Ah! Yo soy como los gatos, puedo dejar de querer de un día para el
otro, puedo borrar amigos de la misma manera. Soy terriblemente
vanidoso.
—¿Por qué dice que los argentinos somos de una memoria frágil, que de
pronto nos olvidamos de la gente talentosa?
—Sí, es cierto. Lo dije y lo sostengo. Fijate vos que en cualquier
país del mundo la gente tiene un gran respeto por quien tiene un
nombre o ha llegado a una altura en la vida con éxito o con talento, y
la recuerdan. Por ejemplo en París se recuerda continuamente a Edith
Piaf, a Maurice Chevalier, a los grandes escritores de otras épocas.
Hay calles con sus nombres, salas teatrales. Aquí hay salas teatrales
con nombres de actrices porque eran las dueñas. Francia es un país
terriblemente celoso de sus glorias, en cambio la Argentina no es así.
Los argentinos se olvidan enseguida.
—¿Usted cree realmente en las posibilidades de Argentina como país
exportador de ropa?
—No, al contrario. Pienso que al principio mandamos calidad y luego
bodrios. El argentino es pícaro. Con esa picardía que heredamos de la
mezcla de razas, y lo que digo lo he visto. Se presentan las muestras
y luego, cuando van las cosas al exterior no tienen nada que ver con
la calidad de la muestra. Claro, esto no favorece las exportaciones.
Pero yo pienso que la Argentina es un gran país, a pesar de todas las
cosas que están pasando, y que nosotros las exageramos un poco. Los
argentinos somos muy chusmas. Contamos todo. Un brasilero anda
malísimamente, no tendrá que comer, pero no te lo va a contar jamás en
la vida. En cambio nosotros vamos a todos lados y lo bocinamos todo.
Por eso en cualquier país del mundo nos dicen: “Su país anda mal”.
¿Pero qué mal? Mal andan también en Francia e Italia; nadie anda muy
bien que digamos en este momento.
—Bueno, que los demás países anden mal no es un consuelo. La Argentina
andaba muy bien y de pronto no nos podemos acostumbrar a que ande tan
mal...
—Lo que pasa es que yo pienso que la Argentina es un país que tiene
que andar muy bien. Y va a andar muy bien. Es el país que tiene
mejores valores humanos. Yo soy terriblemente optimista con respecto a
mi patria. Argentina lo tiene todo: Bellezas naturales...
—...y también los argentinos, a quienes según un cuento Dios los puso
adentro para contrarrestar tantos dones...
—Bueno, no todos. De los argentinos en sí hay muchos lindos y
progresistas. Lo que pasa es que no hay términos medios. Está el que
quiere llevar el país adelante y contra todo. Y está el que no le
importa nada el país, sino su cosa personal. Lo que pasa es que los
argentinos son tan ridículos que entre un cinturón que diga "Made in
Italy” y otro hecho en la . Argentina, de mucho mejor calidad, eligen
el italiano. A mí me hacen reír cuando me dicen: “Esta camisa es
italiana”. Fíjate, yo compro mis camisas en la Argentina. Otro ejemplo
es el de los vinos. Los vinos nuestros son fabulosos, famosos en el
mundo entero. Sin embargo, hay gente que te invita a comer y te dice:
“Fíjate, este vino es francés o chileno”. ¡Por favor! Yo me cago en
los vinos chilenos, sinceramente.
—¿Usted dice que en la televisión estatizada le ofrecen siempre hacer
mariconadas y estupideces. ¿Por qué?
—Porque la televisión estatizada es un disparate; es la muerte de la
televisión directamente. La televisión tiene que estar manejada por
gente de talento, no porque la nombraron de arriba. Tiene que ser como
el teatro, como todo, producto del esfuerzo creativo de la gente. En
el caso de ahora de la televisión argentina, porque un señor tiene una
cierta actuación política o porque es simpático, por hache o por be,
pasa a ser director de televisión. Y no tiene ninguna cultura, no sabe
nada de nada. Yo creo que para ser director de televisión tenés que
conocer por lo menos dos o tres idiomas. Tienen que saber de cine, de
teatro. Si vos les hablás de Sarah Bernhardt, lo único que saben es
que fue una actriz francesa de principios de siglo. No saben un pito
de nada. No saben nada más que de fútbol y de carreras. Yo creo que
las cosas en el mundo, las cosas que son para los demás, tienen que
ser producto de la absoluta libertad de acción y de que la gente
agudice su talento hasta el máximo y lo demuestre. En nuestra
televisión, los gerentes y los directores cambian todos los santos
días, y no ha habido un solo director de televisión en los últimos
tres años que tenga la más mínima cultura.
—¿Usted cree que el argentino individualmente puede ser genial?
—Yo, a pesar que creo que el individualismo ha muerto un poco, soy
individualista. Creo que el tipo genial tiene que ser genial solo. No
necesita acólitos. Tenés el caso de grandes médicos argentinos que son
geniales y conocidos en todo el mundo, por sus méritos personales. A
mí no me gusta la patota de creativos. Por lo general, cuando se
juntan más de cinco personas lo que hacen es una gran cagada... ¿Podés
poner cagada en tu revista?
—Sí, puedo.
—Bueno, poné: más de cinco personas lo que hacen es una gran cagada.
Una sola persona hace una cagada pero más chica, más fácil de
limpiar... ♦
[Emiliana López Saavedra]
Revista Redacción
02/1976
|