Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

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El que fue: Astor Piazzolla

Con un dejo melancólico, mientras escuchaba por el monitor al novel Conjunto 9, un locutor comunal musitó: “Es una repetición de esquemas ya construidos. Quizás el desgaste propio de creaciones fallidas”. Simultáneamente, ocho pisos más abajo, un público heterogéneo, educado, formaba una larga hilera de rostros y conversaciones. Los cristales de ese monstruo denominado Teatro General San Martín reflejaban la ansiedad, la abulia y el provecho de una entrada libre para ver y oír a un pope, ente productor de un polémico movimiento musical: Astor Piazzolla. Como premiere, resultó un éxito.
Horas antes, el Dr. Leandro Vivet, vate cultural de la Municipalidad, vaticinaba eufórico la apertura a la serie de recitales del ahora hirsuto bandoneonista y su bardo poeta personal: el oriental Horacio Ferrer. Cuarteto de cuerdas, piano, guitarra, contrabajo y percusión es la novel integración instrumental. La resultante es otra, o no. Bajo el ampuloso calificativo de “Música Popular Contemporánea de la Ciudad de Buenos Aires”, como sorprendente prólogo a los conciertos, se mueven los hilos promocionales del primer trabajó integral del noneto en forma de disco. En primera instancia ya no se trata de hablar de tango, aunque cada tema posee, a la derecha de la contratapa, esa denominación, o milonga, o preludio. Hay una confusión y una dualidad. Siete obras contrastes promueven un descomunal desquicio mental. Si se atiene al común denominador, agrada o no, la respuesta a los interrogantes planteados puede llegar a ser una sola; pero si. en cambio. se trata de analizar, las dudas son variadas y proclives a la discusión.
En principio, estas composiciones son de carácter introvertido, pacífico. La agresividad de otrora se convierte en una combinación sin salida aparente. De elegir: Tristeza de un doble A es lo más acertado y, para relegar, Zum. No hay que olvidar que las cuerdas pueden atenuar la fogosidad, pero ante lo rítmico de la percusión y los acordes de la guitarra, debe surgir la fuerza expresiva. Esta innovación no llega a la altura del anterior quinteto u octeto, y aún más, Preludio para el año 3001 fue un elocuente anticipo, en 1971, de una necesidad de entrar en la música de vanguardia. Sorpresivamente, esa actitud se diluye para conformar una correcta interpretación. Es curioso, acontece lo que sucedió con el Modera Jazz Quartet, cuyo director, John Lewis, se encontró ante un camino sin solución de continuidad y trató de evadirse de una temática standard para llegar nuevamente a la frustración creadora.
En Piazzolla, el caso puede ser similar. A través del tiempo fue concibiendo imágenes disímiles, pero con actitudes regresivas a la base formativa, al sonido original. Hay un signo vital en la instrumentación que lo identifica y que, a su vez, invade e influencia a sus distintos colegas, que desean proyectarse, que luego quedan marginados y frente a la imposibilidad de lograr un resultado distinto. Y él tampoco puede evitarlo. Es un estigma que lo persigue y siempre está ahí, latente.
Es que el estilo Piazzolla, guste o no, fundamentalmente significa una expectativa, una proyección que marca a fuego, sea porque prende en otros compositores, sea porque todo un bloque tradicional se endurece en sus premisas para evitar la contaminación. No es fácil asimilar una influencia y revertiría en conquistas personales, por eso la mayoría de los seguidores fracasan, peor, desnaturalizan las posibilidades vislumbradas por Piazzolla, y las tornan más difíciles.
Se acepta mejor la resistencia, a la cual se transforma en virtud; hay un largo camino realizado, su topografía es popular, para qué entonces arriesgarse por nuevos territorios. Y la cuestión al fin termina en si es lícito utilizar o no, en tango, tal o cual instrumento; o si es factible que un fuelle pueda ser útil a la vanguardia.
Alejandro Barletta, en otro campo musical, demostró fehacientemente que el bandoneón es un instrumento esencial para lograr matices avant-garde y pletóricos de audacia, AP, en cambio, manifiesta un pudor en saltar la valla de las limitaciones, que no son tales, aunque a veces, tímidamente, esbozó una propensión hacia ello, pero en determinados períodos de su creatividad. Nada se puede objetar, hablando dentro de un carácter de elaboración. Lo que sí resulta notable, es la ausencia de su espíritu revolucionario. Quizás esa palabra nefasta y que constantemente produce altibajos, éxito, sea la fuente de un ensayo apresurado. Pero se trata del enfant terrible de los lares urbanos, hoy en el engranaje del establishment.
Puede parecer un juicio excesivo. Quizá habría que agregar que es así, a pesar de él mismo. El engranaje atrapa lentamente, pero de manera inexorable. Hay que renunciar a muchas cosas, para subsistir totalmente libre y, muchas veces, esa libertad hasta puede ser una evasión esteticista, impúdica, objetable. La separación entre el anquilosamiento y la concesión y la renovación y el riesgo no goza de suficiente luz como para evitar confusiones y caídas, de las que nadie, en ninguna actividad, está exento.
Muchos meses han transcurrido desde aquella memorable noche en el City Hotel, cuando el norteamericano flautista y saxo alto Bud Shank se unió al quinteto e improvisaron en conjunto un antológico Caliente. O bien, el tiempo cubre piadosamente el fallido pero elocuente intento de María de Buenos Aires. Lo peor es que, en la actualidad, todo parece consumado.

SIN MENSAJE
El mensaje no existe. Entendamos, no se reclama un discurso musical. Mensaje es una palabra que trata de suplir exigencias concretas, aunque no estén condensadas en formas físicas. Esa resultante de lo que es vigente y prospectivo, de lo que arranca de realidades observadas con espíritu crítico y voluntad de cambio. Un paso más acá. Hay algo, sin embargo, que respalda a “Música Popular Contemporánea...” Es la perfecta coordinación de Antonio Agri-Hugo Baralis (violines), Néstor Panik (viola), José Bragato (cello), Kicho Díaz (contrabajo), Oscar López Ruiz (guitarra eléctrica), un pianista fluctuante (Osvaldo Manzi en el disco), José Correale (percusión) y su director. Coherentes, organizados, digno ejemplo del acervo local, pero todo muy simple, aunque parezca complicado.
Está ausente ese directo a la mandíbula, que reflejaba su personalidad. Aquí expone en una línea de complacencia. Si Buenos Aires, hora cero fue un clásico que definía el clima obsesivo que circula entre la soledad de la urbe, casi un epílogo de Lo que vendrá, las partituras recientes apenas si rescatan los principales detalles armónicos rítmicos de antaño; por añadidura, sin el aliento mágico de su reconocida brillantez autoral.
Es que Piazzolla se deleita con lo conquistado, no lo redescubre. Juega al engolosinamiento, gira en los círculos de una satisfacción casi evidente, morosa, se introduce y desplaza según los principios de las célebres cajas chinas.
Puede ser que este aspecto negativo sea simplemente una etapa de transición
entre lo ya concebido y el oratorio popular El pueblo joven. Aunque todas las experiencias recogidas a través de 25 años podrían servir con amplitud para motivar una actividad más exultante, sobre todo, cuando las condiciones están a su favor, ya que el contrato municipal no ofrece limitaciones. Semanas atrás, Ferrer comentaba: “Haber logrado este auspicioso convenio representa para nosotros lo que siempre ansiábamos. Tiempo para crear. Lugar para experimentar. Material para ofrecer”.
La introducción no fue ejemplar. Disco y recital denotaron una extraña quietud urticante. Lejos del tiempo de su Sinfonía de Buenos Aires (1954), Sinfonietta y la Suite de Tangos. El título “Música Popular Contemporánea” plantea otra cosa, llámese tango o jazz, pero dotado de algo revelador, nuevo. Figuras como Jimmi Hendrix, Ornette Coleman o Luigi Nono, lo han predicado con distintos resultados, discutibles o no, pero siempre dotados de fuerza, de empuje.
Alguna vez se dijo que Piazzolla no cree en las predestinaciones, porque nunca soñó su peregrinación por el fuelle, pero una vez comenzada supo convertirse en una figura importante de la música, a secas. Y no a base de recetas, aunque haya hecho célebres algunos efectos, como su 3 más 3 más 2. Resulta difícil no caer en el cerco de la repetición o lo comercial, cuando se adquiere un nombre, una figura, una obra. Todo suele conspirar para frenar el ímpetu creador, para confundir las fuentes con lo ya realizado.
Quizás este disco y este recital le sirvan a Piazzolla como señal de alarma. Un toque que lo haga recapitular.
PRIMERA PLANA Nº 476 • 14/3/72

 

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