Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

Roberto Firpo
Los creadores del tango
Pequeña historia de la vida de Roberto Firpo II

por R. Portogalo
(viene de https://magicasruinas.com.ar/revistero/6/roberto-firpo.html)

LA negativa de don Nicolás no derrotó al muchacho. Por el contrario, le dió más fuerzas para salir del paso. Roberto Firpo entonces, con sus 16 años bien cumplidos, se fué a trabajar en un aserradero de las inmediaciones. Con el primer jornal adquirió un violín. Y lo empezó a rascar de tardecita, después de la ruda faena cumplida junto a la sierra. Y en ese rasca que te rasca, mientras los muchachos de la esquina despilfarraban su ocio contando chistes, él “sacaba” de oído una polca, una mazurca o un vals que lo conformaba con la vida...

Los trabajos más duros
A los 18 años dejó el aserradero. ¿Qué haría ahora? No se achicó. Ya estaba maduro para mirarle de frente la mala cara a la vida. Observó a su alrededor. Comenzó a nombrar a sus amistades de adolescente, ubicándolas en el recuerdo en la situación en que se encontraban actualmente. Unos habían desaparecido del arrabal, dejando tan sólo la imagen de un chiquilín travieso que cazaba mistos por el otro lado de Caseros. Otros, hombres hechos prematuramente, buscaban el amparo del caudillo político de la parroquia de San Cristóbal; el amparo y la protección a la malandanza por ciertos lugares turbios. Se resistió a seguir el mismo camino de todos, porque intuía otro destino. Comenzó a frecuentar algunos bailecitos. Eran casamientos o bautismos.
A veces, el patio de una casa amiga lo acogía cariñosamente en rueda de bailarines. El organito “Rinaldi” le seguía administrando el oído.
Con los primeros tangos que salen a la calle de las entrañas de la caja armónica, se va descubriendo las inquietudes espirituales que le obsesionan.
Sin embargo, con esa magnífica predisposición musical que lo avasalla, Roberto Firpo tiene que trabajar rudamente para ganarse la confianza de su casa. Se conchava en los talleres de Vasena. Hace un oficio -brutal. Es pescadero. Carga la cuchara de fundición para verter el hierro líquido en los moldes de tierra. Jornadas de infierno, dantescas. Y peligrosas, además. Un descuido, una mala pisada, cualquier insignificancia, podía destruir sus sueños.
Cuando regresaba al barrio, tenía qué tumbarse sobre el lecho
para reponer sus fuerzas. A la hora nomás, Roberto Firpo iba al encuentro de su destino. Rasca que te rasca en el violín. Era cuando don Nicolás, desde el interior del negocio, solía decir:
—¡Lástima de muchacho!... ¡Le da por la música!...

Los corrales viejos
Año 1902. A Buenos Aires se le van ampliando los contornos de la orilla. Las luces del centro tiran su luminosidad al empedrado de las calles que multiplican el ejido ciudadano.
Los Corrales Viejos —patria chica de reseros que vocalizan historia—, se transforman de pronto en el Parque de los Patricios.
Caseros y Rioja señala el ascenso de la barriada. Gringos de todos los ámbitos, italianos, españoles, turcos y judíos, le pintan una nueva fisonomía al lugar, en el que hasta no hacía mucho tiempo se veían palenques, terrenos con arrestos de pampa, arboledas tupidas y viviendas con jagüel que los tiempos respetaban.
La Unión Cívica Radical mantenía despierta la conciencia ciudadana del barrio. El nombre de Hipólito Yrigoyen le iba aclarando el sentido a las cosas del problema social Los comités se anunciaban como avanzadas políticas.

Profesor de bailes populares
El Parque de los Patricios crecía vertiginosamente. Las calles Monteagudo, Los Patos, Pepirí, Uspallata, por un lado, hasta llegar a Grito de Asencio, y, por el otro, Rioja, Deán Funes, Luca, Catamarca, Pedro Echagüe y 24 de Noviembre, hasta la avenida de La Plata, amasaban hechos nuevos, casi de nuestros días.
El tango tenía ya ciudadanía porteña. Desde las orillas pugnaba por entrar al centro. El hijo de los “galpones” se afirmaba en los cafés de la Boca, San Telmo, Once, San Cristóbal, Balvanera, Bajo Belgrano, Palermo, Barracas y Constitución. El organito “Rinaldi” lo difundía abiertamente en todas las esquinas de la urbe.
Roberto Firpo lo ejecutaba ahora admirablemente en su violín de musicante empecinado. Sin embargo, no ha llegado todavía su hora. Ha de sufrir unos años. Ha de experimentar otros rumbos antes de forjarse un destino.
En 1904 lo tenemos en Bahía Blanca trabajando de apuntador en el puerto Ingeniero White. La pobreza lo asedia, pero no se aplasta; per el contrario, está decidido a triunfar. Es cuando se le ocurre procurarse una ayuda pecuniaria. Instala una academia de bailes. Y sin abandonar sus proyectos de hacerse músico, sin dejar de rascar ^el violín, se dedica a la enseñanza de danzas populares. Es profesor de vals, mazurca, chotis y romandance, un baile de figuras en auge entonces. La cosa no le satisface, pero sirve para ir remediando sus días...

Quiere ser pianista
Hasta que se cansa. Y regresa intempestivamente a Buenos Aires. La urbe lo sorprende en nuevas andanzas. Vuelve a sus viejos amores del pincel. Mientras tanto va conociendo nombres que la popularidad arroja a los cuatro vientos: “El tano Genaro”, Rosendo A. Mendizábal, Juan Maglio, Domingo Santa Cruz y Vicente Greco.
El cielo de la orilla lo encuentra muchas noches en camino hacia el café “El Estribo”. Es cuando le nace el sueño de ser pianista.
Pero ¿cómo arreglar esa cuestión-del piano? No resulta nada fácil, sobre todo si tenemos en cuenta sus escasos medios económicos y el ambiente en que vive.
—¿Un piano?... ¡Estás loco, muchacho!...
Es el padre quien voltea así de plano sus aspiraciones. Roberto Firpo no se amilana. Piensa: “con un poco de suerte podré comprar un piano”.
La suerte, para él, significaba trabajar, ayudarse ahorrando centavo a centavo. Su profesión no era muy lucrativa que digamos. Pero ¿a quién recurrir en esa circunstancia? Además, manifestar sus propósitos era exponerse al ridículo. Lo del piano era cosa de millonarios. Un instrumento para ricos. Solamente las familias pudientes del barrio Norte hacían estudiar a sus niñas ese instrumento de lujo. Entonces, ¿cómo resolver el problema?
Los negocios del padre marchaban magníficamente. Pero don Nicolás no quería saber nada con la vocación del hijo. En el restaurante y peluquería de Rioja y Rondeau se tomaba a broma la cosa.
Roberto Firpo, en cambio, caviloso, acorralado por las pullas, maduraba sus propósitos...
Un bautismo de época
—¿Querés hacer un baile, viejo?...
—¿Un baile?... —articuló Firpo extrañado por la invitación que ese amigo le hacía—. ¿Te parece que puedo tocar?...
—¡Y claro que podés!... Tenés varios pasodobles, algunos tangos y unas mazurcas... Mirá, viejo —recalcó el amigo—, yo sé que vos no conocés música, pero rascás bien el violín... El tango no tiene secretos para vos... Además, no es un compromiso serio el que te propongo... Se trata de un bautismo en el barrio... ¿Qué me decís?... Son unos pesos.
—Y, bueno, si a vos te parece, arregla el asunto nomás...
El cristianamiento fué también bautismo de músico para Roberto Firpo. Una noche inolvidable aquella de 1904 en un patio de la calle Luca.
Flauta, violín y guitarra, trío de época, estaban en un rincón. Salieron las primeras parejas. Firpo, indeciso, movía el arco. La flauta y la guitarra, en cambio, atacaban con brío. Primero un vals, el de rigor, para animar la reunión; luego una mazurca. A Roberto Firpo se le entibiaba la muñeca. En la cuarta pieza afirmó el pulso. Seguro ya de sí mismo, sacaba delicias del encordado chiquito que sostenía bajo la barbilla.
Las parejas, en el patio, se floreaban de lo lindo. El violín de Roberto Firpo facilitaba el juego de los bailarines.
—¡Sos un fenómeno, viejo!... —dijo por lo bajo el flautista.
A medianoche, la cerveza comenzó a hacer da las suyas en el patio de la calle Luca, donde Firpo le ganaba la derecha a su vocación musical.
El padrino, un italiano de enormes bigotazos que apuntaban como espadas hacia sus sienes, se zangoloteaba violento entre las parejas de bailarines.
—¡Más despacio, muchachos!... ¡Menos “cortes”!... ¡Más luz!...
El violín seguía haciendo primores, invitando al serpentineo de corridas, ochos y medialunas. No faltó el chusco que dijera:
“No pregunto cuántos son, digo que vayan saliendo...” Bueno, y ahí nomás se cayó la estantería. ¿Qué había pasado? Lo que comúnmente ocurría entonces: una tremolina entre guapos del barrio. Gritos de las mujeres, sillazos, botellazos, apagamiento de luces. Y luego la presencia del vigilante de la parada, como final de fiesta...

“El choclo” \ y “La Morocha”
El nombre de Roberto Firpo se afirmó en la barriada. Sus tangos y pasodobles, ejecutados de “oído” en el violín, le trajeron nuevas satisfacciones. Y disgustos también. Don Nicolás trinaba su bronca con ese hijo que le había salido músico y parrandero. Pero Firpo estaba seguro de lo que hacía.
Al primer bautismo le siguieron otros. Y también casamientos, donde su violín o su guitarra daban un acento distinto a los tangos en auge.
En los patios de los comités parroquiales acrecentó su fama de buen ejecutante. “El choclo”, de Enrique Saborido, y “La morocha”, de Ángel Villoldo, que salen recién a luz, encuentran en Roberto Firpo un intérprete poderoso.
Estamos en 1905.

A. Bevilacqua, su primer maestro
No ahorra entonces caminatas nocturnas. No elude los andurriales ciudadanos, con tal de acercarse a los grandes músicos de la época. Entre tanto amontona sus chirolas para la adquisición de un piano. Y así, mientras de día le da al pincel o realiza otras tareas agobiaderas, de noche Roberto Firpo se larga hasta la calle Entre Ríos al 700, café “El Estribo”, donde Vicente Greco, apodado “Garrote”, realiza maravillas en el bandoneón. O si no se llega i hasta la Boca o merodea per la calle Triunvirato, cerca del arroyo Maldonado, donde Juan Maglio, conocido por el sobrenombre de “Pacho” hace de las suyas en aquel instrumento que reemplaza eficazmente al arpa y la concertina.
También llegan hasta sus oídos los nombres de las glorietas Hansen, “Velódromo”, “El Quiosco” y “El Tambito”, donde ya el tango tiene sus-cultores consumados.
Después de andar y desandar caminos, una noche, en una de esas vueltas que le depara el destino, hace migas con Alfredo Bevilacqua, músico reputado como uno de los más capaces de aquel momento.
Corren los días del año 1906. Roberto Firpo tiene entonces 22 años de edad.
—¿Dónde aprendiste a tocar el violín, muchacho?...
—Solo, maestro... Escuchando desde la esquina de mi barrio a los organitos “Rinaldi”... —respondió Firpo, entrecortadamente, a la pregunta de Alfredo Bevilacqua.
Hacen amistad, Firpo le confía sus inquietudes: y sus aspiraciones. A Bevilacqua le resulta simpático ese muchacho del Parque de los Patricios que quiere abrirse camino en la vida. Lo alienta, pero con alguna reserva.
—Mirá, muchacho, el asunto del piano es un poco bravo en nuestro ambiente...
¡Vaya si él conocía eso! Sin embargo, con timidez, arriesgó la pregunta:
—¿Y si probamos. maestro?...

-pie de foto-
Roberto Firpo, el segundo de la derecha, con un grupo de amigos, cuando su prestigio comentaba a despuntar.

Revista Esto Es
16-03-1954

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