Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

  roberto villanueva  

TEATRO
La vanguardia cuesta millones
“Nunca planifico mis respuestas. Ciertas lecturas, experiencias vitales y “contactos" producen en mí determinados estímulos y en base a ellos empiezo mis trabajos”. La joven vida de Roberto Villanueva tampoco ha trascurrido sobre senderos rígidamente planificados.
Nació en 1929 en Hernando (Córdoba). Se educó en Buenos Aires y de pronto se encontró estudiando arquitectura. Al promediar su carrera universitaria “se le cruzó” el teatro y abandonó los estudios académicos. Fue actor, autor y director. Entretanto hubo cosas que interfirieron sus cambiantes vocaciones. Una en especial: la idea —un poco loca por entonces— de “inventar" un taller de experimentaciones teatrales donde tuvieran cabida todas las tendencias nuevas que germinaban en el mundo de la escena. Ese “invento" se llamó: Centro de Experimentación Audiovisual, integrándose como anillo al dedo a una institución mucho más amplia e importante: el Instituto Torcuato Di Tella. Esto ocurrió en 1964 y para entonces el Instituto tenía seis años de vida (creado el 22 de junio de 1958), un capital (el de la Fundación Torcuato Di Tella) de 1.828 millones 813.783 pesos cuyas rentas pasaban automáticamente al Instituto, considerables aportes de otras instituciones (Grupo Siam, Fundación Ford, Fundación Rockefeller, Asociación Económica Americana) que en sólo un año totalizaron 120 millones de pesos y un plan de acción que abarcaba disciplinas artísticas, sociológicas, científicas, formación de bibliotecas especializadas, otorgamiento de becas, actividades públicas, etc. En ese complejo y suntuoso marco el “invento" de Villanueva prosperó por obra de su director y por la evidente despreocupación en materia de finanzas. “Las autoridades administrativas del Instituto tienen la fineza de no proporcionarnos las cifras deficitarias” aclara complacido y gratificado Villanueva.
Así se entiende la política no-exitista que despliega con mesurado entusiasmo y juvenil desinterés el aparentemente plácido, suave y melancólico director: el escenario estará abierto a cualquier “proposición interesante”, sin más exigencias que un mínimo de talento, pues “ocurre que los millones gastados—aclara Villanueva— se consideran bien invertidos cuando sirven para desbrozar caminos muy transitados y descubrir nuevas rutas. Para justificar un espectáculo basta encontrarle un mínimo de hallazgos renovadores. . . Al Instituto le preocupa fundamentalmente mantener la imagen de la cosa viva, abierta, dinámica y actual que ha ganado en su breve historia. Personalmente me interesa un teatro que se cuestione y critique a sí mismo de manera permanente”.
Desde 1964 Villanueva ha producido más de un centenar de estrenos a un promedio de 25 por año, en una vertiginosa sucesión de artistas, obras y espectáculos que incluyeron éxitos con repercusión en París y fracasos que abochornaban hasta a los más fanáticos defensores del Centro.
“El público argentino es pasivo. Acepta lo que se le ofrece sin mayores muestras de rechazo o adhesión. A lo sumo de él podría decirse que bosteza cuando algo no le gusta y muestra algún tibio entusiasmo pasajero cuando el hecho le interesa. La “calentura” en pro o en contra del producto estético no es precisamente una de las características del espectador porteño.” Así explica Villanueva la reacción pública ante los éxitos y fracasos del Centro. Entre los primeros cita a “Lutero" de Osborne (obra inaugural dirigida por Jorge Petraglia), “Juguemos a la bañadera" de Graciela Martínez, “Crash” de Oscar Araiz, “El desatino” y “Los siameses” de Griselda Gambaro, “Libertad y otras intoxicaciones” de Mario Trejo (el mayor éxito de taquilla), “Ubu encadenado” de Alfred Jarry y “Tiempo lobo” de Carlos Trafic. De los fiascos prefiere no hablar “porque son parte viva del proceso de búsqueda; porque son necesarios como punto de referencia y porque, en definitiva, no se busca el éxito convencional sino la investigación y la experimentación en sí mismas”. Villanueva lo sabe, sin duda, pero él es uno de los pocos casos en el mundo entero del teatro que puede prescindir con semejante indiferencia del problema económico.
Tal independencia de otros factores que no sean los estrictamente estéticos prevalecerá en la temporada de este año. Uno de los espectáculos previstos será aportado por él mismo, pues tiene pensado (no “planificado”) algo inspirado en La Biblia (el Génesis, para mayor precisión). No adelanta ideas ni planes sencillamente porque asegura no tenerlos. Dice: “La Biblia es para mí una fuente de vitaminas, un desencadenante de cosas, un mundo de imágenes estimulantes”. Además de esa incursión por los terrenos del Antiguo Testamento, Petraglia dirigirá “Los enanos" de Pinter; Graciela Martínez estrenará un espectáculo de danzas (con diálogos, sonidos y, por supuesto, gritos); Susana Zimmerman se mostrará en un “show” personal y Agustín Alesso ofrecerá una versión de "La conversación" de Claude Mauriac. Mezclada con tales nombres, una treintena de títulos se sucederán con el vértigo habitual. La “Manzana loca” de Buenos Aires podrá agitarse así, una vez más, al compás de los fermentos iconoclastas y antieconómicos del Centro de Experimentación Audiovisual. ♦
Panorama, 14.01.1969



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