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Repetición o muerte

Para los canales de televisión, el único monstruo sagrado es el público, Pero a veces el negocio se opone a esta vocación: ningún ejemplo es más elocuente que la abrumadora repetición de series, algo que los espectadores ven como una plaga, y los canales como un medio de hacer economías. Lo cierto es que las repeticiones se filtraron, inclusive, en la restallante programación que acaban de poner en marcha, estrepitosamente, la mayoría de los canales: los estrategos de Canal 11 alinearon, junto a 13 estrenos absolutos, 19 títulos repetidos (entre ellos, algunos sobrevivientes como Cheyenne, El llanero solitario, Maverick y Lassie). Prácticamente, todas las series que ofrece el Canal 9 han sido exhibidas, hasta el cansancio, por otros canales. Un solo consuelo queda: la indestructible Patrulla de Caminos fue, al parecer, destinada al interior.
El fenómeno llega a extremos asombrosos: Lassie, una serie que nunca abarcó más de 130 capítulos de media hora de duración, ya definitivamente suspendida en los Estados Unidos, incursionó por Canal 7 dos años seguidos, cinco días a la semana, alcanzando un total de 520 exhibiciones; después, la ingeniosa Lassie se encariñó con el Canal 11, donde ladra actualmente. En cuatro años consecutivos, la serie Lassie totalizó ya más de 800 exhibiciones; sin embargo, el público infantil continúa siéndole fiel, y durante esa media hora el canal consigue neutralizar, en parte, la caída de la audiencia entre las 14 y las 18. Otros personajes que se han eternizado en la televisión local son: El llanero solitario, que estiró sus 117 episodios hasta alcanzar 780 proyecciones en los Canales 9, 11 y 7, y Caza submarina, que por fin recaló en el Canal 7, junto al fatigado Peter Gunn y al vetusto Paladín de Revólver a la orden.
Claro que ninguna serie, por más nueva que sea, está a salvo de las repeticiones: las productoras norteamericanas no filman más que 39 capítulos anuales, que deben estirarse hasta cubrir las 52 semanas del almanaque. “Los costos de producción, unos 250.000 dólares por capítulo de una hora, obligan a repetir”, proclama el distribuidor Alberto Rosenfeld.
Para poder explotar una serie, los canales de Buenos Aires deben pagar al productor, o a su representante, un promedio de 52.000 dólares anuales: eso les da derecho a exhibir una vez los 39 capítulos y repetir trece de ellos, a un costo individual de 1.000 dólares. Para Rosenfeld (32 años, casado, una hija), “la calidad de las series aumenta y la plaza, ni siquiera la de USA, no soporta aumentos de precio. La consecuencia es forzosa: para poder colocarlas en el mercado, las productoras redujeron la cantidad de episodios originales; en un principio eran 39, ahora son 32, 30, y a veces 26. Hay que repetir para sobrevivir”. Y agrega: “Además, es imposible derribar el monopolio norteamericano: para que una serie pueda seguir produciéndose, tiene que ser aceptada en los Estados Unidos”. El resultado de la prueba de fuego es siempre imprevisto: Los bribones, una refinada muestra de humor policial realizada por productores ingleses, no sobrevivió a la sacudida norteamericana, pese a que los primeros 30 capítulos (los únicos) habían transitado antes con éxito por todo el mundo. Pero las series que matan en los Estados Unidos, por lo general siguen gozando de buena salud en Argentina: Los bribones vuelve a repetirse, ahora, en Canal 13.
Los productores braman: “Son los canales los que gastan prematuramente las series, estropeando el negocio de la repetición”. Para Jerry Gómez, un viejo hombre de cine que produjo Pelota de Trapo y Sacachispas, hace varios años, antes de sumergirse en la distribución de películas para televisión, “una serie puede repetirse indefinidamente, con la condición de dejarla descansar un año después de cada exhibición. Aquí los canales, entusiasmados con el éxito de una serie, se la disputan encarnizadamente, y llegan a pagar sumas absurdas para pasar segundas, terceras y cuartas repeticiones”. Gómez concede: “Sólo se justifica cuando se trata de rellenar espacios de segunda importancia”. Pero no siempre es así: de las 85 series, aproximadamente, que están en pantalla en los canales de Buenos Aires, en la actualidad, casi 40 son repeticiones.
En Canal 11, Pedro Simoncini (43 años, soltero, asesor legal de la Compañía de Jesús) asume la defensa de su emisora: “Es peligroso repetir un film más de dos veces. Después de la segunda vez, una serie pierde gran parte de su valor: puede tropezar con el aburrimiento del público”, explica. Aunque la observación de Simoncini parece obvia, los canales suelen guiarse por otros indicias para urdir su programación: con una simple comparación de costos, creen a menudo más conveniente pagar 300 dólares por la exhibición de una serie agonizante, y no mil por una nueva. “Nosotros —declara Simoncini— tenemos una sola política: construir una serie hasta que su rating permita comercializarla a un precio competitivo, en relación con su circulación, es decir, con el costo por cada mil espectadores.” Con la profusa programación fílmica de Canal 11 (69 series por semana), la emisora adoptó una definida línea de ataque en el único terreno en el que le está dado competir, ya que su solo estudio le permite producir nada más que unos pocos programas “vivos”: 13 estrenos (los más notorios, El agente de C.I.P.O.L., La hora de Hitchcock, Alma de acero), más nuevos grupos de capítulos de series “estabilizadas” (27) y 19 “paquetes” de repeticiones. Estas últimas, dispuestas con sagacidad en horarios marginales, “por debajo de las 19.30 y por encima de las 22.30”.
Las reservas de películas se agotaron en las arcas de los distribuidores, y los otros canales acusaron el impacto: pese a que el 13 defendió su trono con una demoledora proporción de programas “en vivo”, su directivo máximo, Goar Mestre, y Jorge Vaillant, gerente de programación, volaron a U.S.A. para proveerse con prudente anticipación para el año próximo. “Aquí ya no había nada para comprar —se lamentó Alberto R. Constantini, gerente general del canal—: por el camino burocrático de los representantes, uno está obligado a comprar tarde el descarte de las series que otros compraron en Estados Unidos y, muchas veces, sin siquiera ver los pilotos (episodios de muestra).”
Aunque no siempre las nuevas series, tan laboriosamente cosechadas, consiguen hacer olvidar títulos ejemplares en su género: de las series estrenadas en los canales de la capital en la presente temporada, ninguna está a la altura de La ciudad desnuda, Ruta 66 y Los defensores (tres series que se empeñan en no abandonar las carteleras). Tal vez es preferible aceptar estas repeticiones —o mejor, reposiciones—, a soportar títulos que no constituyen, siquiera, un pasable entretenimiento. ♦
Primera Plana
26.04.1966
 

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