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El DIPUTADO QUE NO CESÓ
Tato Bores sigue en su banca del Parlamento de los domingos: “Cumplo
con el programa -dice-y por eso me reeligen”
Tato Bores miró por la amplia vidriera de la confitería La Tenaza,
en el barrio Norte, y exclamó con sonrisa traviesa, aludiendo al
retorno del funcionario policial a quien hicieron célebre, en la época
de Frondizi. sus campañas de moralidad:
—¿Qué puede tener el comisario Margaride contra esas piernas tan
lindas?
Varias parejas jóvenes sonrieron con aire de complicidad y hasta se
oyeron risas. Una muchacha se le acercó para pedirle un autógrafo, y
el mozo le preguntó si era cierto que iba a renunciar el ministro del
Interior.
Muchos lo hablan visto el domingo anterior, 7 de agosto, ante sus
aparatos de televisión, donde apareció, como de costumbre, con un frac
cubierto de enormes llaves y el pelo estrafalariamente revuelto. Se
sujetaba los anteojos a cada momento y hablaba casi a gritos; de
pronto apoyaba los codos sobre la mesa y se quedaba en silencio, y
luego seguía hablando. Esa noche, a las 21, Tato tronó desde la
pantalla del canal 11:
—Cuando estaba mi gran amigo el doctor Frondizi: “¡Eh, esto no puede
seguir, hay que sacarlo!”. Y cuando vino mi gran amigo el doctor
Guido: “¡Esto no puede seguir, hay que llamar a elecciones en
seguida!”. Y cuando hubo elecciones y triunfó mi gran amigo el doctor
Illia: “¡Esto no puede seguir, este gobierno se viene abajo, hay que
cambiarlo por otro!”. Y ahora que vino otro, los mismos de siempre
empiezan a quejarse y a llorar la carta... Entonces, yo pregunto una
cosa: si al gobierno anterior no lo querían y hacían tanta fuerza para
que viniera otro ... ¿Quién creían que iba a tomar el gobierno?
¿Caperucita Roja? ...
En otra audición, enfrentado al simbólico teléfono directo con la Casa
de Gobierno, Tato vacilaba —como de costumbre— en el sobreentendido
llamado. Comenzó a discar, desistió, volvió a discar, desistió una vez
más. Finalmente se preguntó:
—¿Qué soy yo? ¿Un hombre o un ratón?
Dejó el teléfono, sacó un trozo de queso del cajón de la mesa y se
puso a comer.
Ante no menos de tres millones de argentinos, todos los domingos se
crea un Parlamento imaginario, extraoficial. en el que, mediante
chanzas y sutilezas, el cómico Tato Bores dice cosas que muchos
políticos y hombres públicos apenas tienen la posibilidad de sugerir
mediante declaraciones y comunicados de prensa que pocos leen.
El personaje del domingo
Cuando el 29 de junio el presidente Illia se alejó de la Casa Rosada y
los tanques del ejército rodearon el Congreso de la Nación, la ruptura
del orden institucional produjo un gran silencio: el recinto de la
Cámara quedó desierto como un anfiteatro antiguo, y 192 diputados y
más de 40 senadores regresaron a sus hogares. Prohibidos los partidos
políticos y suprimidas también las legislaturas provinciales y
municipales, el ámbito natural para las grandes discrepancias y
coincidencias argentinas había enmudecido de pronto.
Entonces quedó un solo "político” sobre su tribuna: ese muchacho que
satiriza tipos y costumbres y relata alguna intencionada fábula de
Esopo a millones de televidentes. ¿Quién es ese curioso "político”
cuyos denuestos son pullas amables, cuyo “programa” estipula, para la
solución de nuestros problemas nacionales, dosis crecientes de buen
humor? Es el hijo de un judío religioso, fallecido hace un año, que
poseía una peletería en Córdoba 1178. Es un ex actor de los escenarios
revisteriles del Maipo y del Nacional, el dueño de un criadero de
cerdos en Del Viso, el socio de una fábrica de radios para automóviles
(que atiende su hermano Enrique, en Potosí al 4400), pero sobre todo
un gran histrión bondadoso que hace reír con las cosas tristes y
transmite un mensaje cálido y humano, algo así como un optimismo a
contrapelo. Nació en una casa de Tucumán y Carlos Pellegrini, en
Buenos Aires, e hizo el ciclo primario en la escuela Presidente Roca,
de donde lo echaron “por burro” ... Tiene 39 años, es padre de dos
hijos, admira al Estado de Israel, simpatiza con “el macho” Alsogaray,
según él mismo lo caracterizó, y asegura que pronto comenzará a
estudiar inglés, yoga y relajación muscular. Se llama Mauricio
Borensztein, pero el público lo ha ungido como Tato Bores, el diputado
que no cesó.
El espejo de la vida
—En 1962, yo solía decir que no teníamos buenos gobiernos porque
faltaba una academia de presidentes. Trataba de comunicarme con
Olivos, pero no conseguía tono, o la secretaria me contestaba que ya
me iban a avisar... Pero una noche recibí un llamado telefónico. Era
el doctor Frondizi, que me dijo: “Lo felicito. No sé si soy buen
presidente, pero tengo sentido del humor...”
—¿Y por qué no lo llama al teniente general Onganía?
—Porque la imagen que la gente tiene del Presidente no la invento yo.
La gente se dice: “¡Mejor no llamarlo!”. Onganía es serio, no le
hablamos porque le tenemos miedo. Más vale cobarde en mano que cien
valientes volando ... Como dice mi libretista César Bruto, yo soy un
espejo de lo que pasa en la vida.
Tal vez por eso, y para evitar las suspicacias de quienes puedan
sentirse aludidos, Warnes hace colocar en el escenario sugestivos
carteles: No culpe al espejo quien tiene la cara fea, reza uno de
ellos.
En las audiciones anteriores al 28 de junio, Tato, el Espejo,
reflejaba la expectación general con esta insistente pregunta hecha a
Crespi, el golpista que pretendía "fundar un imperio": Decime,
Crespito: si triunfa tu golpe, ¿podré seguir hablando?
Sin embargo, tanto Tato como César Bruto, afirman que nunca recibieron
imposiciones ni sugerencias de ningún gobierno. Illia veía la audición
y la festejaba con su familia, y el doctor Guido los invitó a almorzar
en Olivos, junto con Dringue Farias, Landrú y otros humoristas:
—Estuvo muy divertido. Se hicieron muchos chistes. Fue en marzo del
63, tres días antes de que se armara la rosca padre... —comenta
refiriéndose a los acontecimientos de aquel entonces.
Luego recuerda que cuando se produjo el derrocamiento del doctor Illia
tuvieron que cambiar el libreto en tiempo récord:
—No sabíamos si el nuevo gobierno iba a decir: “Basta con todo”. Pero
a nosotros no nos van a echar. No decimos nada que no podamos
repetirle directamente al interesado ... Nuestra crítica jamás fue
agresiva ni agraviante.
El hombre que se teme a sí mismo
—¿Qué tal se siente como diputado?
Tato Bores mira al periodista como si éste le hubiese tendido una
trampa, y contesta en seguida:
—Primeramente, no me siento diputado.
—Sin embargo...
—Bueno, el pueblo me consagró, me dijo SI.
—¿Cómo lo explica?
—Cumplo el programa que prometí. Por eso me reeligen ...
Cuando comenzó, en 1960, Tato ganaba 1.000 pesos por audición. Ahora
confiesa que percibe “más de un millón” de pesos mensuales, aunque
otros cálculos elevan esa cifra a unos dos millones (es el actor que
más cobra por audición: alrededor de 450.000 pesos). Se inició como
actor a los 16 años, casi por un azar: en una representación de
aficionados que se realizó en la escuela de Bellas Artes, “las chicas
temblaban y los muchachos no sabían para dónde agarrar”. Tato, que no
formaba parte del elenco, se entretuvo contando chistes entre acto y
acto, “para darles ánimo”. Ahora declara:
—Desde ese primer día empecé a ser un gran astro, un monstruo sagrado.
Y es muy lindo ser monstruo sagrado...
Cuando se le pregunta sí admira especialmente a alguien, responde:
—No admiro a nadie más que a mí mismo. Vea, no le pienso hacer
publicidad a nadie... Nunca leí un reportaje de un cómico que dijera:
“¡Qué bueno es Tato Bores!”
—¿Quiere decir que no cree en nadie?
Tato reflexiona y contesta con otra pregunta:
—¿Usted cree que si a mí me echan, a la gente le va a importar más de
un minuto al día siguiente en la oficina?
Luego pone cara seria y añade, abriendo los brazos:
—Creo en la gente, pero le temo a la masa. Y yo soy masa cuando me
junto con todos.
—¿Se teme a sí mismo, entonces?
—Sí.
Tato en pantuflas
En su departamento de tres ambientes (Bulnes y Libertador), vive
rodeado de cuadros de Schurjin, Bruzzone y Alonso, que compró Berta
Spindler, la mujer sonriente y amable con quien se casó hace doce
años. Protagonista del programa de TV de mayor audiencia los domingos
a la noche, trabaja sólo los seis meses que dura la temporada (de mayo
a octubre). Afirma que no trabajaría más ni aunque le pagaran una
fortuna, y se ufana de llevar una vida sencilla, sin ostentaciones.
—Ya ve, éste es un departamento cualunque, como si yo fuera un
empleado de tienda...
Con frecuencia, Tato lleva a cenar a toda su “tribu” (Berta y los dos
hijos: Sebastián y Alejandro Isaac, de 3 y 8 años) a la pintoresca
“Cantina del Piacere”, en Almagro. Según Roque Dell’Acquila,
propietario del comercio, a Tato lo enloquecen las pulpetas, las
pastas al dente, bien coladas, y el buen vino. Dell’Acquila colgó en
la pared un gran retrato del actor y se considera su amigo, pero tiene
una queja: lo está perdiendo como cliente, porque ahora se cuida de la
gordura ...
El diputado que no cesó pasa tres meses de sus vacaciones en Punta del
Este y a veces viaja a Europa. Los vecinos y amigos opinan al unísono
que es un hombre cariñoso, muy unido a la familia, y que sus chicos lo
adoran; sentado en su comodísimo sillón giratorio de cuero negro, Tato
se balancea de un lado para otro mientras comenta:
—Los fines de semana, si el tiempo es bueno, me los llevo a pasear; si
el tiempo es malo, van al cine con Berta. Pero eso sí: las noches de
los domingos son mías: Me leo bien-bien todos los diarios de la
mañana, con los suplementos íntegros...
—¿Es feliz, Tato?
La respuesta es primero afirmativa, pero después reflexiona:
—Bueno, más o menos. Un tipo completamente feliz debe ser medio idiota
...
Un llamado telefónico interrumpe la conversación. Cuando termina de
hablar con el invisible interlocutor, Tato hace un gesto de fastidio:
—Alguna gente cree que yo soy un ministro sin cartera o una cosa de
ésas. Me acaba de llamar una amiga que está sin teléfono ...
El “otro yo” del diputado
Detrás de las chanzas, a veces afiladas, siempre humanas, que festejan
tantos argentinos, está el “otro yo” de Tato Bores; un hombre de
aspecto atlético y cansado a la vez, de pelo casi blanco, que no
aparece nunca en la pantalla: es el libretista Carlos Warnes, o César
Bruto, el humorista de expresión escéptica que colecciona poemas
tristes.
Sentado a su mesa de trabajo, en su “refugio” de Austria al 2300, sus
facciones parecen una refutación de sus palabras:
—Sólo me propongo divertir a una sola persona: yo. Cuando escribo me
divierto como un perro, aunque no sé si los perros se divierten. Es
injusto que me paguen por divertirme... Me parece que están todos
locos...
Tato conoció a Warnes en 1959, por intermedio del general Ignacio
Avalos, que era dueño de una agencia de publicidad. Avalos los
contrató para un microprograma que titularon El decreto que faltaba.
En cada audición, Tato afirmaba que si él fuera presidente, daría tal
o cual decreto para reglamentar esto y aquello... Al año siguiente,
visto el éxito del microprograma, que se transmitió por una emisora
porteña, nació Tato siempre en domingo, titulada así en oposición a
'Nunca en domingo', la película que difundió por todo el mundo a la
perturbadora Melina Mercouri...
Ex herrero, carpintero, mozo de almacén, sereno del Museo Histórico
Nacional y periodista, Carlos Warnes (61 años, padre de tres hijas de
“más de 25”...) habla de Tato con evidente cariño y declara que es el
primer actor con el que logró una complementación perfecta. Por su
parte, Tato afirma que Warnes es un genio, a pesar de haber dicho el
día anterior que no admiraba a nadie más que a sí mismo.
—Yo soy como un sastre que le hace a Tato un traje todas las semanas.
A veces se lo hago entallado, a veces suelto, de colores alegres o de
luto, según la ocasión..., explica Warnes.
—Siendo usted el creador de los libretos, ¿cómo se siente ante la
popularidad de Tato?
Warnes reflexiona, habla lentamente:
—En el fondo, muy en el fondo, uno sabe que está también en la
pantalla. Mucha gente va a ver a Laurence Olivier en Hamlet y no sabe
quién es Shakespeare.
Una noche, en el canal, Tato hizo un comentario que los define a los
dos:
—Warnes y yo somos dos tipos muy decepcionados ... Si agarramos un
libreto de hace cinco años y le cambiamos algunos nombres, nadie se
daría cuenta; total, siempre se habla de lo mismo: la carestía de la
vida, la censura, los militares y tutti quanti...
Tato no bebe nunca antes de trabajar, pero una noche se dejó tentar y
bebió unos whiskies de más. Su memoria es excepcional; no se olvidó
una sola línea del libreto, pero lo dijo todo al revés, mezclando
párrafos que no tenían nada que ver uno con otro. Eso ocurrió en 1962,
cuando la audición se hacía en vivo.
Tampoco nadie se dio cuenta...
Nuestra alegre tristeza
El conde de Keysering y el tango difundieron por el mundo la imagen de
una Argentina triste que es sólo la contracara de la verdad. Tato
Bores cree que “ése es un cartel que nos han hecho”. En todo caso, su
propio milagro, el del diputado que no cesó, ejemplifica
suficientemente su afirmación. Porque el humorismo fue y sigue siendo
entre nosotros, más allá de las contingencias institucionales, el
quinto poder de la República. Un poder inderrocable que se nutre en la
imaginación chispeante y el corazón receloso de los argentinos. Cada
vez que el Parlamento calla o se obstruyen otros canales de expresión,
el humorismo acrece: es ubicuo, omnipresente, y juega con los otros
poderes como el gato con el ratón. Nuestro Lino Palacio escribió que
“la risa misma es un signo de seriedad, de civilización”, y el agudo
Bernard Shaw afirmaba que “nada grande se hizo solemnemente”. Tato
Bores viste con risas las frustraciones argentinas, muestra el reverso
de nuestro escepticismo en un humor a veces cáustico, siempre humano,
que es la otra cara de la Argentina triste.
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