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"CADA DIA, UNA ETERNIDAD"
Cuando un hombre ha hecho -como
él- semejante aporte en beneficio del género humano, el mundo olvida que, detrás de su
obra y de su genio, existe una persona como tantas. Es lo que trató de explicar el
creador de la vacuna antipoliomielitica oral, cuya visita a Buenos Aires permitió, la
semana pasada, este curioso encuentro con SIETE DÍAS en la habitación de su hotel.
Por ADRIANA
Y el mundo intenta -generalmente
en vano- estirarse para alcanzar su talla. Y lo agobia con preguntas cuyas respuestas
muchas veces resultan incomprensibles. Y el respeto se convierte en oprimente formalidad o
en forzado servilismo. Y la atmósfera se impregna de una inexplicable inhibición. En el
caso del profesor Albert Sabin todo esto no puede ocurrir por el simple hecho de que él
no permite que ocurra. Albert Sabin es un científico que ha dedicado su existencia a
resolver un problema humano. Lo ha logrado: hoy la vacuna Sabin oral, a virus vivo, se
utiliza en todo el mundo y salva millones de existencias. Pero Albert Sabin es también un
hombre con sentido del humor, con temores y dudas.
En este momento está en la habitación del hotel donde se hospeda, preocupado
porque perdió su chequera de viajero.
-¿Dónde la habré puesto?
¡Qué inconveniente! ¡Qué trastorno! Perdón. Le pido mil perdones por el desorden,
pero revolví todo...
En efecto. Ni que hubieran
entrado ladrones. Valijas abiertas, cosas tiradas. Papeles, carpetas, pañuelos, corbatas.
Un verdadero caos.
-Bueno, no importa, no tiene
importancia ... En verdad la tiene, y mucha, pero no importa. Ayúdeme, venga; usted de
este lado y yo de este otro. Sacaremos la valija que está sobre esta cama. ¡Muy bien!
¡Formidable! Ahora, perdón... Le pido mil perdones, mil excusas, pero me voy a recostar.
Usted siéntese en ese sillón ... ¡Muy bien! ¡Formidable! Pero qué trastorno el de la
chequera, cables al banco, miles de inconvenientes; bueno, no importa ... Ah, qué bueno
es descansar un rato. Usted no lo creerá pero hace veintidós días que no descanso
¡Qué torbellino! Desde que dejé Israel todo ha sido un constante viajar, y valijas y
aviones y hoteles, y nuevamente valijas y aviones y hoteles ... Y ahora ese tonto problema
de la chequera ... ¡Pero qué desmemoriado! ¿Dónde la habré puesto?
-Tal vez en algún bolsillo...
-Revisé todo, todo; fíjese qué
desorden... Dios mío, qué cansado me sentía... ¿Sabe usted cómo agota saludar? A
veces no hago nada, saludo solamente, pero me canso.
-Es que el mundo entero le debe
reconocimiento. Usted lo ha beneficiado y él quiere agradecerle.
-La gente ha sido buena conmigo.
Me conmueve con su agradecimiento. A veces me siento turbado, desconcertado... No me
siento del todo merecedor. Ocurre que la gente necesita crear héroes. Mi obra no ha sido
exclusivamente mía sino de centenares de personas... Pero el mundo no quiere comprender.
Un hombre viaja a la Luna y luego regresa a la Tierra. Ese hombre se convierte en un gran
héroe... Y todos se olvidan que no ha sido solamente él quien produjo ese milagro sino
cientos, miles de otras personas. El sólo se introdujo en la cápsula. El sólo ha sido
un hombre valiente... El resto lo han hecho posible los demás. Los que jamás se nombran.
Los que pasan al olvido. Quieren que me sienta importante, pero yo no me siento
importante. ¡Afortunadamente! Porque de esta manera no vivo la constante angustia de
decir cosas importantes. Digo lo que pienso. Digo lo que siento. Soy como soy. ¿Cómo
soy? Algunos dicen que difícil. Es cierto. Me considero un neurótico compulsivo. La
incesante necesidad de realizar cosas... De vivir nuevas aventuras, nuevas sensaciones,
nuevas gratificaciones.
-Y las está viviendo en Israel.
-¡Por supuesto! Yo estaba
trabajando en los Estados Unidos. Y mi trabajo me hacía sentir feliz; pero lo que está
ocurriendo en Israel ahora, lo que ha ocurrido durante este último cuarto de siglo y lo
que ocurrirá en el futuro es y será el capítulo más importante en la historia del
pueblo judío... Desde hace años deseaba sentirme directa y activamente implicado en los
eventos que están ocurriendo en Israel. Siempre ansié ayudar a Israel. No me conformaba
únicamente con visitas a ese país de cuando en cuando. Necesitaba imperiosamente estar
allí, para ayudar. Para contribuir personalmente a su desarrollo... La oportunidad no
llegó hasta 1969, cuando el Instituto Weizmann (uno de los más importantes institutos
científicos del mundo) me ofreció esta ocasión. Acepté sin titubear porque era
precisamente lo que más ansiaba. Lo que yo más deseaba. Y sin vacilar abandoné una vida
cómoda. Abandoné mis trabajos científicos. Abandoné todo y a todos simplemente porque
se me había presentado la posibilidad de vivir una nueva y excitante aventura. Una nueva
vida que me proporcionaba la oportunidad de formar parte de este renacimiento de Israel,
de sus luchas, de su gente, de toda su creatividad.
-De haberse hallado el Instituto
Weizmann en cualquier otro sitio del mundo, ¿hubiera usted aceptado ser su presidente?
¿Hubiera usted renunciado a su existencia anterior?
-Claro que no. Yo estaba
trabajando. Y mi trabajo me hacía sentir feliz. Acepté presidir el Instituto Weizmann
porque está situado en Israel y está jugando un importantísimo papel, tanto en el campo
científico como en el desarrollo económico y cultural de Israel, y en sus contribuciones
hacia el mundo. Vivir en Israel representa para mí una flamante y maravillosa aventura.
-Y un gran cambio. Y muchas
renuncias...
-¡Lógicamente! En Israel vivo
solo. Mis hijas estudian en Estados Unidos. Mi familia está lejos. Mi segunda esposa no
ha podido seguirme puesto que tiene un hijo pequeño de su primer matrimonio y no ha
podido alejarlo de su padre... Estoy solo. Hemos tenido que renunciar a nuestro
matrimonio. Comencé una nueva existencia, rica pero solitaria.
-Es que debe ser sumamente
difícil convivir con usted.
-Pienso que sí. Una vez alguien
me dijo: "Se comenta que usted es excedente científico pero pésimo marido". Es
cierto. Sí. Y probablemente también soy un pésimo padre, porque me he consagrado entera
y fervientemente a mi trabajo y por lo tanto no he podido dedicarme a la vida de hogar.
Los que exigen de mí una total dedicación no se sienten ni demasiado satisfechos ni
demasiado dichosos... Depende de lo que se me exija. Si se me exige todo, no sirvo. Si se
me exige poco, puedo llegar a servir... |

El profesor Sabin olvida que a
todos les ocurre exactamente lo mismo. En cambio, recuerda súbitamente a su chequera:
-La busqué por todos lados. No
sé realmente dónde podría estar...
-Usted dijo que solía guardaría
en los bolsillos de (sus pantalones... ¿por qué no la busca allí? Usted se
tranquilizaría y yo también. Me apena dejarlo con esa preocupación.
-Habría que deshacer las
valijas. ..
-¡Cuestión de un minuto! Mire,
es egoísmo puro! Y necesito hallar esa chequera tanto como usted!
El profesor Sabin evidentemente
no sabe armar valijas, ni doblar sacos y pantalones. Todo estaba arrugado. Todo revuelto.
-Usted me reprende, pero créame
que no tengo tiempo... Están arrugados porque no he tenido el tiempo necesario de doblar
las cosas como corresponde.
De pronto, su rostro se ilumina.
Pega un alarido de júbilo.
-¡La encontré! ¡Pero qué
felicidad! ¡Qué dicha! Bueno, discúlpeme, excúseme, pero es que me siento revivir... Y
todo gracias a usted. ¡Nunca se me hubiera ocurrido buscarla en los bolsillos de los
pantalones!
Se frota las manos. Y como una
criatura en penitencia se recuesta nuevamente en la cama. Se ríe solo.
-¿De qué se ríe, profesor?
-De nada, de nada... Encontré la
chequera.
-¿Y por eso se ríe?
-¡Es tan gracioso haberla
encontrado en los bolsillos de los pantalones!
De pronto el profesor cambia de
expresión y de tema;
-Bueno, como le iba diciendo,
todo esto significa posibilitar la tarea de muchos importantes científicos. Significa una
inmensa, descomunal gratificación. Antes solía gratificarme satisfaciendo mi curiosidad
mediante la adquisición de nuevos conocimientos... y realizando cosas. Ahora me gratifico
sabiendo que estoy facilitando la tarea de otros.
-¿Cuando viajó a Israel por
primera vez?
-Hace veintisiete años. Fue como
oficial de la armada norteamericana durante la Segunda Guerra Mundial. Estuve en Egipto,
cerca del Cairo... Allí tenía que realizar una misión que solamente podía llevarse a
cabo en las inmediaciones del mar Muerto. Fue entonces cuando crucé él desierto, llegué
por primera vez a Palestina y vi y conocí esa maravillosa tierra. Fue una asombrosa, casi
mágica experiencia. Nunca la podré olvidar. Luego viajé a África, a Europa, a
Oriente... Viajé mucho, a todas partes. Y trabajé mucho. Siempre intensamente
comprometido en los distintos aspectos de mi vida científica. Israel, en ese entonces, me
interesaba no más de lo que me interesan los problemas del resto del mundo... Pero
después de la Guerra de los Seis Días me marché nuevamente a Egipto y a Jordania. Fui
en busca de comprensión. Quería, necesitaba saber por qué pensaban como pensaban y
cuáles eran las posibilidades de un acuerdo, de modificar esa dramática situación.
Durante ese período me envolví más y más. Por eso ahora me siento totalmente feliz: a
través de! Instituto Weizmann puedo trabajar para la ciencia, para Israel y para el mundo
entero... ¡Qué maravillosa es la vida! ¡Qué milagrosa! Uno nace, lucha, sabe que
deberá morir y sin embargo qué extraordinario es todo. El mundo está poblado de
potencialidades. Y la vida es tan rica, tan excitante... ¡Cómo aumenta el placer de
vivir a medida que podemos beneficiar más y más a nuestros semejantes. Hace cinco mil
años un filósofo hindú dijo: "Dedica tu vida al servicio de todos". Lo
predicó hace cinco mil años y aún no hemos aprendido a hacerlo. Pero tenemos que
aprender a hacerlo, es imprescindible. Yo tengo una receta para la vida, y puesto que
usted me ayudó a encontrar la chequera se la voy a dar. Vive cada día como si pudieras
vivir eternamente... pero al mismo tiempo, vive cada día como si fuese el último. Si lo
vives como si la vida fuese a durar eternamente, lo planificarás todo y te sentirás
siempre dinámica, joven y con el deseo de realizar cosas... Pero si además tomas
conciencia de que cada día puede ser el último, adquirirás una mayor humildad, una
mayor bondad.
Y el presidente del Instituto Weizmann, el hombre aliado a la humanidad, se relaja
totalmente. Sacude sus brazos, agita sus manos y se ríe. Y bosteza y grita de júbilo. Y
habla cansadamente. Es un hombre.
-El Instituto Weizmann necesita
ahora 400 mil dólares para la construcción de un edificio que se dedicará a la
enseñanza científica. Tendré que viajar a Los Angeles. Tendré que pronunciar
discursos... Y además viajaré a Washington, a Nueva York y a Boston; y luego regresaré
a Israel. ¡Qué dinamismo se respira en Israel!... Llegué a la conclusión de que la
vida allí es una mezcla de weltschmerz (dolor hacia el mundo) y joie de vivre (dicha de
vivir).
Y a Israel, más allá de las
limitaciones de sus dimensiones, más allá de su pobreza o de sus peligros, Albert Sabin
ha jurado lealtad. |