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Desde Caras y Caretas hasta Mafalda: 70 años en busca de la sonrisa argentina
Cien hijos del humor

El hombre primitivo dañaba la imagen de su enemigo, para provocar un mal en el cuerpo o en el alma de su enemigo. Es el principio mágico del Vudú. En la edad media, se quemaba en efigie al enemigo —del hombre, de la sociedad o de quien mandaba— para inferir un daño no a su persona, sino a su honra. Luego vino la caricatura (de caricare. cargar) y finalmente el personaje de historietas. En todo el proceso permanece actuante el principio de agresión: antes dirigido hacia un individuo, ahora contra un “tipo” de individuo, contra una abstracción.
Para los psicólogos, la gente ríe porque así descarga energías acumuladas, porque revive procesos placenteros de la infancia y porque riendo en grupo comparte una complicidad agresiva. También afirman que siempre detrás de la risa hay un miedo superado.
La energía de tres generaciones de argentinos, su agresividad, su risa cómplice. se ha descargado, a lo largo de los últimos setenta años en un centenar de personajes creados y mantenidos por tres docenas de dibujantes humoristas. Han sido y siguen siendo, esos cien muñecos, los instrumentos de un Vudú colectivo, donde el ingenio y la sátira sirven de alfiler y estilete. Después de haber sonreído tanto tiempo a sus costillas, merecen el intento de tomarlos en serio. Siquiera una vez.

Humor de clase media
La gestación de Mafalda llevó dos años, cuenta Quino. Una empresa de publicidad le pidió una tira cómica cuyos personajes centrales debían ser una familia de clase media, que usase habitualmente determinada enceradora eléctrica. Debía tener algo del humor de “Rabanitos” (“Peanuts” de Schultz) y algo de “Hogar, dulce hogar” (Chick Young). El nombre del personaje central debía comenzar con “M”, la misma inicial del producto a publicitar. “Pensé en la hija de “Pelusa”, una de las figuras centrales de la novela “Dar la cara”, de David Viñas, y le apliqué el mismo nombre”. Así fue bautizada Mafalda.
El trato con la firma publicitaria no cuajó, y tras dos años de permanencia en un cajón del escritorio de Quino, Mafalda nació en una revista porteña. Los trámites correspondientes a la mudanza al diario donde ahora vive, provocada por un conflicto de “patria potestad” sobre la precoz niñita, contaron con la eficaz ayuda del humorista-abogado-publicitario Miguel Brascó. “Gracias a él —dice Quino— Mafalda se salvó de morir de inanición”.
Cuando pedimos a Quino una descripción de su personaje nos da la siguiente: “Mafalda cumplió el año pasado seis años, e hizo la correspondiente fiestita. Por ahora no volverá a cumplir años. Porque si sigue así se va a convertir en una señorita y yo me armaré un lío. No tiene filiación política: su ídolo es U Thant. Ambiciona llegar a ser traductora de las Naciones Unidas, para que la gente se entienda. Su núcleo familiar está compuesto por sus padres, a los que no conozco muy bien: por su abuela, que supongo que debe existir, pero a la que aún no he presentado, y por la tía Paca, que apareció una sola vez, de visita. El papá trabaja en una compañía de seguros y mantienen un decoroso nivel de clase media. Sus amiguitos son: Susanita, Miguelito, Felipe el Dientudo, y Manolito, el hijo del almacenero. Susanita solo piensa en casarse y tener hijos. Es la señora gorda en potencia. No le tengo mucha simpatía. Miguelito es el que se hace tremendos problemas con cosas inútiles. Por ejemplo ahora está preocupado por la importancia de la espalda en el acto de irse. Felipe el Dientudo, en cambio, resume mis recuerdos infantiles. Como lo hacía yo, él se angustia mucho cuando lo ponen en penitencia, pero se consuela pensando que si por estar en esa posición incómoda se llegase a enfermar y morir, sus padres luego lo recordarían con cariño y remordimiento. Manolito es un futuro comerciante y muy materialista. Antes Mafalda y yo le teníamos antipatía, pero ahora lo queremos mucho’’.

Los precursores
En una punta del lapso de siete décadas de humorismo gráfico argentino figura Mafalda. En la otra, “Caras y Caretas”, cuna de una generación de dibujantes y humoristas que, a partir del centenario, marcará época y formará escuelas: Juan Carlos Huergo, Eduardo Álvarez, Alejandro Sirio y, especialmente, Ramón Columba.
Diez años más tarde, Columba se ha independizado y lanza sus “Páginas de Columba”. Allí colaborarán Dante Quinterno, José Luis Salinas, René González Fossat, Raúl Roux, Juan Angel Cotta, Eduardo Linage, Héctor Rodríguez, Mirco Repetto, Narciso González “Bayón”, y muchos otros. Este grupo da a luz personajes que pronto ganan popularidad: “Pancho Talero”, de Arturo Lanteri, y “¡Sonaste Maneco!”, de Linage.
Habrá de ser Dante Quinterno quien, en la década del treinta, tomará el puesto de Columba como “manager” de nuevos valores. Tras haber actuado junto a Columba, Quinterno crea su “Don Julián de Montepío”, y lo publica en un diario de la tarde a partir de 1928. Este personaje se convertirá con el tiempo en “Isidoro Cañones”, pero su ahijado, el “Indio Patoruzú” lo sobrepasará rápidamente en celebridad, quizá por ciertos sentimientos nacionalistas —folklóricos, si se quiere— propio de los años 30.
Voluntariamente inaccesible al periodismo, Quinterno, convertido hoy en hombre de empresa, solo admite dar de su principal personaje un "curriculum’' entre poético y mitológico. La dinastía de los Patoruzek reinaba en Egipto, y un día —por un error al tomar el colectivo que unía El Cairo con Addis Abeba— Patoruzek I y su bella esposa Napata Patora la Tuerta, llegaron a América y aquí se quedaron. De ellos descienden Patoruzú y Upa. Millonario, dueño de media Patagonia, forzudo, valiente, generoso, sencillo y tímido con las mujeres, el Indio es una especie de Don Quijote afortunado. (Algunos encuentran reminiscencias de Popeye o Espaguetti en su psicología.) No solamente no envejeció con los años, sino que la aceptación del público obligó a “ir hacia atrás” y lanzar a Patoruzito e Isidorito, en procura del lector infantil.

Cómo nació Don Fulgencio
Contemporáneo de Patoruzú es el primer personaje de Lino Palacio: “Ramona”, la doméstica gallega que toma las palabras al pie de la letra y que “la embarra” continuamente. Nació en las páginas de un diario de vida efímera, en 1930. Desaparecido éste, durante casi 15 años dejó de publicarse, hasta que en 1945 resurgió en otro diario y allí está.
“Las treinta primeras historietas se basaron en hechos reales. Era una sirvienta de mi abuelo que se empeñaba en barrer las escaleras de abajo hacia arriba” —relata el creador de Ramona. “Una vez, desde un periódico gallego, me atacaron violentamente porque lo tomaban como un intento de ridiculizar a sus paisanos...”
Sin embargo, fue “Don Fulgencio” el hijo que más satisfacciones brindó a su padre Lino Palacio. “En 1915, estaba yo un día semiescondido en un café de Bolívar al 200. Me había hecho la rabona en el Nacional Buenos Aires. Por la vereda opuesta caminaba solitario un vendedor de Biblias que recorría habitualmente el barrio de San Telmo. De pronto se detuvo, miró para todos lados en busca de ocasionales testigos, y creyendo que nadie lo observaba, pateó con entusiasmo una cajita de fósforos. Luego siguió su camino, recobrando su aire solemne y reservado. Yo tenía entonces 12 años. Diez y siete años más tarde, convertí aquel recuerdo en un personaje y lo llevé a “La Prensa”. Ezequiel Paz lo vio y le gustó. Pero tenía otro nombre. El propio Paz lo rebautizó “Don Fulgencio". Tras doce años de vida en
“La Prensa”, pasó a “La Razón”. El personaje dio nombre a una revista independiente, por la que pasaron, entre otros, en 1945, Juan Carlos Colombres (Landrú). Ahora la tira se publica en 200 diarios de Argentina, Latinoamérica, Estados Unidos y Japón. En todos conserva su nombre, menos en Brasil, donde se llama “Don Oscar”.
Cuando nació como personaje Fulgencio tenía entre 40 y 45 años. Ahora Palacios “lo ve” como de 60 años. Piensa que no se va a casar con su novia Amapola —aunque lleva tres años de noviazgo— porque “un par de veces han hablado de hijos y Fulgencio se puso colorado; además él cree en la cigüeña”. Un sobrino del “hombre que no tuvo infancia”, llamado Tripudio, causó algunos dolores de cabeza a Palacio. Quiso enjuiciarlo un señor que se llamaba de igual manera, aduciendo que el empleo humorístico de su nombre lo perjudicaba. Acabó por cambiárselo legalmente.

La escuela de las “chicas"
Junto a Dante Quinterno se formó una generación de artistas del lápiz. Entre ellos Ferro, Blotta, Mazzone, Cao y Divito. Sus personajes alcanzaron un éxito inmediato. Ferro incursionó en el terreno de la fantasía pura con su “Fantasma Benito”, y en los temas náuticos con “Chapaleo" y “Langostino, el navegante solitario”; Blotta tuvo su “Gnomo Pimentón” y “Ventajita”; Cao, hijo de José María Cao (humorista que escribía en “El Quijote”, aparecido en 1884) dio vida a su inolvidable “Pepe el pistolero”.
Divito, como Columba y Quinterno, también llegó a independizarse y tomar rumbo propio, creando su propia escuela. Sus “Chicas”, a partir de la fundación de “Rico Tipo” (1944); trajeron un nuevo humor al Buenos Aires de entonces. Como el tango en sus primeras épocas, “Rico Tipo” era la revista que “no podía entrar en casas de familia”, según opinaban las señoras aún habituadas al humor simple y pueblerino de “Estás listo, Calixto” o “¡Sonaste Maneco!”. Pero la revista entró y dictó cátedra hasta de modas femeninas y masculinas. La juventud quiso parecerse a sus figuras de aquel entonces.
El staff de la revista de Divito incluía nombres como los de Pedro Seguí, Abel laniro, Calé, Juan Angel Cotta, Garaycochea, y Oski. Y entre los argumentistas a Carlos Warnes, Horacio Meyrialle, Miguel A. Meaños, Billy Kerosene y Miguel Angel Bavio Esquiú, creador de un personaje de arrabal porteño: Juan Mondiola, cuya figura visible impuso el dibujante Pedro Seguí.
Los personajes creados por José Antonio Guillermo Divito forman una de las familias humorísticas más prolíficas: “El Dr. Merengue”, “Fúlmine”, “Bómbolo”, “Fallutelli”, “Pochita Morfoni”, “El abuelo”, “Malagamba”, “Un amigo”. Como en los otros casos, todos típicos representantes de la comunidad ciudadana.
En el elenco de “Rico Tipo” figuraba “Amarroto”. El colmo de la tacañería: se iba a dormir cuando se ponía el sol para no gastar luz. El creador de este personaje —Oscar Conti, Oski— ilustraba las cartas de César Bruto, la cáustica creación de Carlos Warnes. Una línea temblorosa, pueril, deliberadamente complicada, definían el dibujo. Surgía de la conjunción Warnes-Oski, otro humor. Desmañado, aparentemente primitivo como el nombre del personaje, pero agudo y satírico en el fondo. En muchos casos, bordeando el absurdo, o jugando en ese plano.
Conti es descendiente de genoveses y milaneses. Y la fama que en Italia tienen los primeros condice con la psicología de “Amarroto”. “Siempre afirmé que la idea había nacido observando a un tío mío que se llamaba Vicente —confiesa Oski— pero ha pasado tanto tiempo que se me pierden los detalles”.
“César Bruto” nació como personaje en 1942 en la revista “Cascabel” —donde hicieron sus primeras armas muchos de los que luego pasaron al clan Divito, y otro como Landrú— y también pasó por las páginas del infaltable diario. Paulatinamente fue fundiéndose con Warnes, hasta quedar como seudónimo personal del escritor. (Algunos señalaron que la peluca de Tato Bores puede ser un remedo de la figura que Oski dio a César Bruto. Sin embargo, Landrú señaló a Panorama que antes de la aparición de Tato con libretos de Warnes, había actuado sobre guiones escritos por el propio Landrú, y en ellos ya calzaba la famosa peluca.)

La Inefable Tía Vicenta
Si en la década del 40 Divito marcó rumbos, en la siguiente el “boom” lo constituyó el humorismo de Landrú, en la línea de los dibujos de Oski aunque con menos subjetividad. (Landrú afirma haber existido una inspiración común en Steimberg, y Oski sostiene que esa inspiración no fue simultánea.) De “Cascabel”, a “Don Fulgencio” y de allí a “Vea y Lea”, Juan Carlos Colombres va llevando su troupe de personajes que se multiplican año a año. Cuando solo tenía 16 años, escribió una inédita “Historia del nacimiento de la raza humana”, y creó su primer personaje. Era el “Borié”. Lo define como “un ser que tenía el cuerpo invisible, y el alma visible bajo la forma de una barra de chocolate; y un día se la comió y se volvió un ser concreto, y fue el Borlé, que es el antecesor de toda la raza”.
Sin embargo, una cierta tía Cora —sobre la cual Landrú brinda escasas referencias—, sumada a todas las señoras gordas, le inspiró a su famosa Tía Vicenta. Comenzó a aparecer esporádicamente alrededor de 1952 en la página que Landrú tenía en “Vea y Lea”, así como otros miembros de su familia. _
Entre los frutos que Tía Vicenta dio, figura la popularización de humoristas como Manucho, Copi, Kalondi, el mismo Quino, que fue colaborador asiduo, y Miguel Brascó, que se usa a sí mismo como personaje de sus humoradas de alto nivel, de ejecutivos para arriba.
La mayoría de estos dibujantes “nueva ola”, eluden la tira cómica con personajes fijos. Landrú mismo cree que está en baja en el gusto del público (¿auto-humorismo?). Otros confiesan que una historieta periódica, o diaria, ata demasiado. Ponen como ejemplo a Quino: “Está esclavizado por Mafalda”.
En el campo del humorismo parece iniciarse —con el éxito de Mafalda como libro de historietas— una época de interés editorial. Hasta el momento, sin embargo, Quino no hizo escuela. Quizá por demasiado personal. Quizá por no haberse lanzado aún con su revista propia —como lo hicieran Columba, Quinterno, Divito, Lino Palacio y Landrú— y no parece dispuesto a hacerlo.
Quien lo logró —con un estilo eminentemente adecuado para niños— fue el hispano García Ferré, radicado hace años entre nosotros, con “Anteojito y Antifaz”; el propio dibujante y un tío suyo, caricaturizados.
El “caso García Ferré” es único: entra por el camino de la publicidad y desemboca en el del humorismo para niños. Habitualmente se da el proceso inverso. Tras el éxito como humorista, pasa a los terrenos de la publicidad (Palacio, Divito, entre otros).
El análisis de los cien personajes de historietas cómicas más populares en los últimos 70 años revela estadísticas extrañas. Solo en un diez por ciento del total aparecen mujeres como protagonistas (Doña Tremebunda y Ramona —de Palacio—, Pochita Morfoni —de Divito—, Tía Vicenta, María Belén, etc. —de Landrú— y pocas más). Otro diez por ciento está compuesto por personajes infantiles (María Luz, de Battaglia; Mafalda, de Quino; Anteojito, de García Ferré; Upa, de Quinterno, etc.).

Psicología de los personajes
El personaje más empleado es el "vivo”. Quizá porque el porteño se siente con tal virtud, o defecto. Comparten esa forma de ser, entre otros, Calixto (González Fossat), Maneco (Linage). Isidoro Cañones (Quinterno), y Videojito (Siulnas). Y lógicamente está su contrapartida. El '"tonto”, al que le salen bien las cosas, o el inocente como Cara de Angel (Yayo), Pan de Dios (Fantasio), Bólido (Divito), Don Fulgencio (Palacio), Capicúa (Mazzone), Felipe el dientudo (Quino), etc.
Los animales humanizados no han tenido mucha aceptación por parte de los dibujantes argentinos. Apenas encontramos tres casos: La Vaca Aurora (Mirco Repetto); Pampero, caballo de Patoruzú (Quinterno) y las ardillitas de una marca de bebidas, creadas por Blotta, que se hicieron popularísimas con su única intervención en dos "cortos” publicitarios.

Canallitas simpáticos
Los delincuentes también dieron sus personajes a la sonrisa porteña. Ocupa el estrado máximo, desde luego, la gran familia creada por Mazzone dentro de la cárcel que alberga a Piantadino, Batilio, Afanando y el resto de la pandilla. Pepe el Pistolero, de Cao y un Don Cleptómano de Mirco Repetto, figuran también en este rubro.
Mordancio (Battaglia), Drácula (Aboy), Cicuta (Jorge Palacio) y “Un Amigo” (Divito), configuran un núcleo de personajes “venenosos” que el público celebró en su momento, especialmente en épocas de auge del humor negro. Junto a ellos tiene un lugar bien ganado el “jettattore" Fúlmine (Divito). Dos sectores importantes lo componen los personajes incoherentes como Porcel y Rogelio (Landrú), Confusio (Jaime Romeo) y Babilonio (Sagrera); y los fanfarrones como el Doctor Merengue (Divito), Purapinta (laniro) y el Nuevo Rico (Héctor Rodríguez).
Finalmente, dentro de los núcleos importantes, resta el de los haraganes. Fiaquini (Mazzone), Constantino y el Ñato Crosta (Quinterno) y Vagonio (González Fossat), se llevan la palma en tal oficio.
Otros muchos —como el capitán Grant, de Brascó— quedan fuera de la estadística. Son demasiado complejos como para encuadrarlos (aunque así lo logre Medrano con sus “Grafodramas”), o demasiado especializados (por oficio, nacionalidad, rasgos físicos o de carácter), como para admitir compañeros. Hecho curioso: en la mayoría de los casos, este tipo de personaje es de vida efímera y depende de la moda. La excepción ¡a da Medrano, con sus inagotables “Grafodramas”.
Son los cien hijos del humor argentino. Algunos nacidos espontáneamente, otros emparentados con hijos del humor extranjero, o surgidos de pedidos especiales, pero todos ellos dotados de un contenido humano profundo, de un bagaje de simpatía —un cierto sabor a sonrisas dulces— aun en los que han nacido como productos comerciales y contribuido a hacer famosos a sus creadores. Son integrantes de la población argentina, evadidos del Registro Civil, pero inscriptos en el recuerdo de tres generaciones. En su haber tienen un mérito invalorable: la producción de millones de sonrisas-hora...
Salvador Nielsen

-pie de fotos-
-Foto de familia —especial para Panorama— de Mafalda y los suyos: sus padres, Manolito Susanita, Miguelito y Felipe el Dientudo, (Aba/o) Joaquín Lavado, "Quino", su creador
-Piantadino y sus compañeros de cárcel: nacieron en 1942 en la mesa de dibujo de Mazzone
-Abogado, humorista y publicista, Miguel Brascó se tomó a sí mismo como persónate de historieta. Disconformista y complicado, ha evolucionado hacia un estilo de sátira social para ciertas clases.
-Desaparecido a los 42 años, Abel laniro se formó junto a Divito. Su personaje Purapinta, desde las páginas de Rico Tipo, se ganó la simpatía del porteño. Su autor fue además celebrado caricaturista.
-Tía Vicenta es hermana de Jacinto W., del señor Porcel y de Rogelio; prima del carnicero Cateura, y tía de María Belén, Mirna Delma y Felipito. Todos descienden del Borié, ser con alma de chocolate creado por Landrú a los dieciséis años, en un libro inédito.
-Anteojito, de García Ferré; uno de los pocos personajes dirigido a los niños y aceptado por ellos. Nació, así cambian los tiempos, en televisión y con carácter comercial.
-Landrú —Juan Carlos Colombres— no recibió de Tía Vicenta solamente un té, sino la fama por su especial significación.
-Patoruzú, de Dante Quinterno, irrumpió en la década del 30: refloreció el folklore
-El juan Mondiola, ladeadamente compadre cobró cuerpo con dibujos de Pedro Seguí.
-Inspirándose en el perfil que luego trazarla en sus conocidos dibujos, José A. Divito
-César Bruto, hijo literario de Carlos Warnes y visto por Oscar Conti. Oski, apareció como suplente de otro personaje en 1941. Su dibujante (derecha) fue maestro de un nuevo estilo.
-Un vendedor de Biblias, creyéndose solo, jugó en la calle con una caja de fósforos. Fue en 1915. Lino Palacio lo observaba: 17 años después, nada su Don Fulgencio.

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