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A la una de la tarde los parisienses suelen en el invierno
combatir el frío con un vaso de vino rouge. Muchos se acercan hasta
los cafés, se instalan ante sus mesas o se acomodan en el estaño y
cumplen tranquilos, parsimoniosos, el rito del bon vin. Mientras
deambulaba por las calles de París (fue en 1970), decidí compartir
la costumbre de los franceses: entré en el café de Cluny en pleno
corazón del Boulevard Saint Michele, a dos cuadras del Sena. Pedí un
vaso de borgoña, a mi lado conversaba una pareja: él con una voz
gangosa y en perfecto castellano le confiaba a su amiga sus
aventuras de hombre famoso; ella miraba con admiración la cara
larga, la mirada profunda. Era Julio Cortázar contando las anécdotas
de su último paso por Buenos Aires. Naturalmente seguí, con atención
el diálogo, así pude acceder a varias anécdotas —absolutamente
desconocidas— que definen, de alguna manera, la polifacética
personalidad del escritor. "Cuando llegué a Buenos Aires tenía toda
la intención de visitar a mi madre y ver a algunos pocos amigos que
me interesan; pero al bajar del avión me encontré con una gran
cantidad de periodistas que me pedían declaraciones, me acosaban. Yo
no quería opinar sobre la Argentina, así que me tuve que refugiar en
la casa de mi esposa, en la calle Paraguay. Entonces me sucedió algo
increíble, ¿te acordás de Casa tomada? Bueno, más o menos lo mismo
que les sucedía a los personajes me pasó a mí; los conejos —se
refería a los reporteros— querían invadirme con preguntas. Yo
realmente no quería contestar, sentí en carne propia ese gran drama
de los argentinos, la indiscreción". Sus quejas no terminaron ahí:
"Parece que los porteños todavía no saben que para escribir se
necesita tiempo; y yo no quiero perder el tiempo conversando sobre
cosas que no siempre me interesan".
Después se apoltronó en la silla, levantó la copa, bebió suavemente,
encendió un cigarrillo y miró a su alrededor. "¿Sabes lo que me pasó
un día que iba a comer a la casa de un amigo? Resulta que para ir
salimos casi escondidos, por temor a que me acorralaran nuevamente
los periodistas que estaban esperando en los alrededores; por suerte
no había nadie a la vista, pero no pudimos conseguir un taxi por
nada del mundo; así que finalmente decidimos viajar en subte.
Desgraciadamente, mi rostro es inconfundible; tal vez por eso cuando
llegamos a la estación me ocurrió algo increíble; se me acercó un
canillita y me dijo: No me diga que usted es la persona que estoy
pensando. Sí, le contesté, soy yo. Entonces el hombre se emocionó y
me preguntó si me podía dar un abrazo: yo naturalmente le contesté
que sí y él me confesó: ¿Sabe que yo leo todos sus libros? ¿No
tendría por casualidad una foto suya? Ya que está, sea bueno,
fírmeme un autógrafo, así mi mujer me cree cuando le cuente que
estuve con usted." Después de recordar el episodio; Cortázar meditó
un minuto; luego comentó con gesto preocupado: "Yo me sentí en ese
momento igual que un jugador dé fútbol o un campeón de box. Me quedé
desorientado, sé que es una cosa importante, pero creo que los
intelectuales no estamos acostumbrados a eso. Deberíamos adaptarnos
a ese tipo de experiencias. Pero la cosa no terminó ahí, porque en
el vagón del subte se me acercaron seis personas y me dijeron que
eso era un sueño, que estaban viajando con Julio Cortázar, que leían
todos mis libros. Era superior a mis fuerzas, yo estaba muy mal y
sentía que tenía que volver a mi casa para pensar bien en todo lo
que me había pasado".
Pero los escozores de la fama no terminaron con ese viaje: "Una vez
fui a cenar a Zía Teresa, en el barrio Norte, y se me acercó otro
canillita que me dijo que leía mis libros y que quería que yo le
firmara uno, pues él tenía varios en su quiosco. Yo creo que ese
hombre no debe entender un pito de Rayuela, y sin embargo intenta
leerme. Es una cosa notable cómo me conocen en la Argentina".
Entonces Cortázar miró atentamente a su interlocutora y le preguntó
si eso no le resultaba emocionante; ella le respondió que lo que
sucede es que los argentinos todavía no se acostumbraron a tenerlo y
a cuidarlo. El escritor se rió, otro Gitanes, se entretuvo con el
humo, jugó con un trozo de papel que tenía en sus manos. "Es que el
oficio del escritor es verdaderamente curioso. Una vez en Chile me
pasó algo francamente sorprendente. Mientras daba una charla en una
escuela, una de las alumnas se puso colorada y me dijo si yo le
podía explicar por qué en Rayuela yo había abandonado a la Maga. Me
quedé sorprendido, pero enseguida comprendí que esa es la típica
transferencia que hace el lector al confundir al escritor con sus
personajes. Cuando le expliqué que en realidad yo no había dejado a
la Maga sino que sólo soy el autor de esa situación ficticia, me
acordé de lo que le pasó una vez a Mario Benedetti, que estaba
caminando por Montevideo un tiempo después de la aparición de su
novela 'Gracias por el fuego' y se le acercó un señor y le preguntó
por qué había matado a su padre. Mario se quedó sorprendido y le
contestó que él tenía muy buenas relaciones con el padre, que en su
novela uno de los personajes había cometido un parricidio, pero que
eso no tenía nada que ver con su vida, que era sólo una ficción".
Cuando Cortázar terminó su largo recuerdo comprendió que él era
quien más había hablado y entonces se dirigió a su amiga y le dijo:
"Ya debes estar cansada con mis historias. ¿Por qué no me contás
algo vos?" La respuesta fue corta, pero sintetizó la forma en que
sienten muchos de los admiradores del escritor argentino: "Vine a
verte un rato por algo muy concreto —respondió ella— no quiero
hacerte perder mucho tiempo, porque sé que para vos es más
importante escribir que conversar".
del libro Grandes reportajes, preguntas y
respuestas desnudas. José Tcherkaski
Editorial Galerna
diciembre 1980
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Cortázar |
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