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crónicas del siglo pasado

REVISTERO

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LA MASACRE DE EZEIZA
(Yo fui testigo 1986)

-continuación-

Apogeo del "brazo armado de Perón"
Ante Cámpora se enfrentan las organizaciones armadas

Perón, hábil estratega, supo conducir desde el exilio el movimiento según las circunstancias concretas que debió enfrentar. En un primer momento, a la reacción "gorila" que lo derroca e instaura en el poder a los sectores más reaccionarios, le opone un dirigente combativo, nombrando como su delegado personal a John William Cooke. Este mantendrá con el líder una nutrida e interesante correspondencia, que fue publicada en 1973 y en la que se puede apreciar la concepción de Cooke, de tendencia izquierdista, frente a una posición más amplia de Perón, que no quiere "cerrar el juego" sino mantener abierto un amplio espectro de posibilidades para jugarlas tácticamente.

 

 

El sindicalismo, en una primera etapa, ante la propuesta de Lonardi de respetar las estructuras creadas por el Justicialismo, hizo un recambio en su cúspide de forma de permitir y consolidar el diálogo. Pero ante el fracaso del proyecto "ni vencedores ni vencidos", que tendía a "corregir desviaciones" del peronismo, y la consolidación de la "Revolución Libertadora" con Aramburu y Rojas a la cabeza (y la propuesta de la "dictadura de la democracia") todo cambió. Los dirigentes fueron perseguidos y encarcelados, los sindicatos fueron intervenidos, se investigaron sus finanzas y se derogó la legislación que los favorecía.
El sindicalismo pasó entonces en masa y de lleno a la oposición clandestina, con el programa aprobado en La Falda, Córdoba, en 1957, en el plenario de delegados regionales de la CGT. Pero cuando Perón hace el pacto con Frondizi, y el peronismo como entidad diferenciada empieza a salir a la luz nuevamente, se aprecian las primeras diferencias entre los distintos sectores y cobra cuerpo lo que, por ahora, llamaremos sindicalismo participacionista.

Virtudes y defectos de la "burocracia sindical" que no se puede mantener unida

Los sindicatos adquieren poco a poco conciencia de su peso específico en la estructura social y política del país.
Si alguna vez alguien pensó que eran sólo un "invento" de Perón, llegó la hora de demostrar lo contrario. El sindicalismo, en la forma en que se dio en la Argentina, con una central única de trabajadores, surgió durante el gobierno peronista y con el apoyo explícito de Perón, pero pronto los dirigentes políticos, empresarios y aun los militares, descubrieron las ventajas de "negociar" con una conducción única en vez de tener que enfrentar al mismo tiempo diversos conflictos aislados y espontáneos.
Las cúpulas sindicales que a partir de entonces comienzan a ser "seducidas" por los diversos sectores que aspiran al poder, mantienen su posición peronista como factor aglutinante del conjunto del movimiento obrero, son símbolo de protesta y correa de transmisión de sus propias inquietudes. Pero entran en el "coqueteo".
La más clara divergencia entre Perón y las cúpulas dirigentes se produce con el vandorismo, a partir de 1963. Augusto Timoteo Vandor, entonces secretario de la poderosa U.O.M. (Unión Obrera Metalúrgica), abre su propia senda, pero fracasa cuando intenta una independencia política, un "peronismo sin Perón", en las elecciones de Mendoza de 1965.
En esta oportunidad el líder envía a su esposa Isabel con instrucciones precisas de apoyar a un candidato peronista opositor al "vandorismo". Así se divide el electorado peronista y gana las elecciones un candidato tradicional.
El sindicalismo, además de canalizar las protestas sociales, luchar por un salario digno y por el mejoramiento de las condiciones de trabajo, tenía que mantener una estructura burocrática relativamente amplia, con asesores legales, contadores, médicos y servicios sociales importantes. Esto imponía un manejo de fondos lo suficientemente significativo como para que cualquiera que tuviera una cuota de poder, dentro o fuera de la estructura sindical, le tuviera respeto.
Es decir, en muchos casos, el sindicalismo llegó pronto a conformarse con ser un factor de poder, más interesado en su propia supervivencia que en la defensa real de los intereses en función de los cuales había sido creado.
Surgió lo que desde la izquierda se llamó la "burocracia sindical", constituida por dirigentes que mantenían esta política de supervivencia de la estructura misma, aun a costa de sacrificar demandas obreras legítimas. Aquí hay que incluir a los que no tienen interés de cambiar el orden establecido, en la medida en que es en éste donde su juego de poder tiene sentido, y que se definen a sí mismos, aún hoy, como "freno al comunismo", con plena conciencia de su función social: integrar a la clase obrera al sistema.
Frente a la alianza de estos dirigentes neoperonistas con la dictadura de Onganía, surgen los primeros intentos de organización sindical paralela en las denominadas "62 Organizaciones de pie junto a Perón", nucleamiento que apenas dura un año.
Más tarde, cuando la lucha se comienza a radicalizar ante el plan de desnacionalización y empobrecimiento lanzado por Adalbert Krieger Vasena desde el Ministerio de Economía, apoyado por Guillermo Borda, ubicado en el Ministerio del Interior, desde donde aplica una política de mano dura, surge la famosa "C.G.T. de los Argentinos", conducida por el casi mítico dirigente Raimundo Ongaro. Su existencia no será mucho más duradera que la anterior, pero su importancia histórica radica en la actuación protagónica que tuvo durante los sucesos del "Cordobazo". Uno de sus detonantes fue el encarcelamiento de Ongaro y el hecho de haber sido el factor de nucleamiento de todos los sectores "combativos" que provenían de diversas vertientes, y que confluyeron en 1970 en el Congreso de Bases convocado por esta organización obrera.
"No nos interesan los edificios de los sindicatos, sino los trabajadores de cada gremio", se señaló en el mismo, en clara alusión al sector tildado de "participacionista" o de "burócrata".
En otro momento, se resalta la unión con todos los grupos radicalizados de aquel entonces: "Las alianzas permanentes de la CGT de los Argentinos son con los sectores revolucionarios que luchan por la liberación del pueblo (...) porque la virtud y capacidad de consagrarse al pueblo es sólo patrimonio de los revolucionarios (...) que ofrendan la vida junto a los compañeros y hermanos oprimidos".
En esos mismos momentos, la conducción de la CGT renovaba sus autoridades en un discutido congreso normalizador que terminó consagrando a José Rucci como secretario general. En el mismo se asistió a la deserción de 140 delegados de S.U.P.U., FOETRA, A.T.E., Frigoríficos, Navales, Gas del Estado, etcétera, que decidieron retirarse ante lo que calificaron de "farsa".
A partir de entonces dos líneas quedan claramente diferenciadas: la de las "62 Organizaciones", comandadas por el dirigente metalúrgico Lorenzo Miguel, y las combativas, en las que, si bien Ongaro y la CGT de los Argentinos son un punto convocante, también nuclea a sectores cristianos, tercermundistas y estudiantiles que deciden pasar a jugar al denominado bando nacional y popular, junto a juventudes políticas y organizaciones armadas.
Hasta las elecciones del 11 de marzo, aunque se advierten marcadas diferencias en el gremialismo y la guerra interna continuaba (en 1969, por ejemplo, ocurre el asesinato de Vandor), el espectro aparecía cohesionado. Es a partir de esa fecha cuando el conflicto se desata en toda su virulencia.
La lucha se establece, como veremos más adelante, en todos los campos. Con las "62 Organizaciones" se alinean los grupos del peronismo de derecha: el Comando de Organización (C. de O.); Guardia de Hierro, la resucitada Alianza Libertadora Nacionalista, de Queraltó y organizaciones estudiantiles nuevas.
La conducción política gremial, sin fuerzas propias dentro de la juventud, resuelve crear "desde arriba" una Juventud Sindical Peronista, que se va a distinguir por sus brazaletes verdes.
Por otro lado se genera la confluencia de la izquierda peronista, a la que se suman muchos grupos de izquierda recién "peronizados". Este fenómeno se da, sobre todo, entre los intelectuales de la clase media, y el espacio en que se mueven se denomina, en sentido amplio, la "Tendencia".

 

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La junta de comandantes en jefe
Rey, Lanusse, Gnavi

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1973 Manifestantes detienen un tren del ferrocarril Mitre

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1973 La policía controla vehículos en el Gran Buenos Aires

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La piedra del escándalo. Antes de que asuma Cámpora, el 25 de mayo de 1973, se abren las puertas de la cárcel de Devoto

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Solano Lima y Cámpora

Era conducida por la "Jotapé" (Juventud Peronista), liderada en la época electoral por Rodolfo Galimberti, que con el tiempo se reprodujo en diversos organismos, tales como la J.U.P. (Juventud Universitaria Peronista), la U.E.S. (Unión de Estudiantes Secundarios Peronistas), que florecía por segunda vez en la historia, la J.T.P. (Juventud Trabajadora Peronista), etcétera. Detrás de estos verdaderos centros políticos, actúan, con una línea de pensamiento y una estrategia propias, las organizaciones armadas. En especial F.A.R. y Montoneros.

Muchos católicos hallan en la teología asidero para entrar en la lucha armada

Cuando hablamos en términos generales de sectores "revolucionarios" nos estamos refiriendo a un espectro que va desde los grupos católicos y tercermundistas, hasta los más fieles e intransigentes "trotzkistas" empeñados en llevar a la práctica, al pie de la letra, las posiciones teórico-prácticas de León Trotzky.
Dentro de las bases obreras, cada vez más distanciadas de las conducciones "participacionistas", surgen importantes corrientes de socialistas que generan políticas propias, como la de izquierda, liderada por el dirigente sindical cordobés Agustín Tosco y la peronista que se nuclea alrededor de la CGT de los Argentinos.
Todos estos sectores coinciden en caracterizar los últimos años del país por la represión, la proscripción, las persecuciones y el empobrecimiento progresivo de la población, con notoria disminución de la participación del salario en el producto bruto nacional y el consiguiente desmejoramiento de las condiciones de vida.
En los documentos políticos de la época, la violencia de los oprimidos se justifica como reacción ante los bombardeos de la Marina "gorila" sobre la multitud reunida en la Plaza de Mayo en junio de 1955, así como contra los fusilamientos del general Valle y sus hombres en José León Suárez, la intervención a los sindicatos, el cercenamiento de las libertades de los ciudadanos, la proscripción de la mayoría en las elecciones de 1958 y 1963, la aplicación del Plan Conintes para reprimir y encarcelar dirigentes, la dura represión del conflicto desatado en el Frigorífico Lisandro de la Torre, en el corazón de Mataderos, la desaparición del obrero metalúrgico Felipe Vallese y las constantes nuevas víctimas: Méndez. Mussi, Retamar y así sucesivamente.
Dentro de la Iglesia surge el cristianismo revolucionario, basado en las posturas defensoras de la justicia social, sostenidas por Paulo VI en la "Populorum Progressio" y por Juan XXIII. El Congreso de MedeIlín, en 1969, será un hito muy significativo para la Iglesia latinoamericana. Allí define su papel junto a los oprimidos, los pobres y los perseguidos.
El teólogo Schoonenberg escribe sobre la teología de la liberación, en la que se basará el llamado movimiento de curas "tercermundistas", y dice, por ejemplo: "En Bogotá, Paulo VI se convirtió en heraldo de los necesitados y explotados, pero condenó la violencia por contraria al espíritu del Evangelio. Si con tal condena no pretendió borrar con el codo lo que escribiera con la mano en la encíclica —cosa absurda— debemos entender que, según el Papa, la violencia es el extremo recurso que les queda a los cristianos, si pretenden conformarse al Evangelio. Condenar en absoluto la violencia, empleada en defensa de legítimos derechos, sería abiertamente contrario al Evangelio, Porque equivaldría a sancionar como contraria a la moral cristiana la defensa de los legítimos derechos.
"No sólo las autoridades de la Iglesia —termina diciendo Schoonenberg—, y éstas en primer lugar por ser las más interesadas, debieran ponerse a analizar con qué medios eficaces cuentan al presente para redimir al pobre del hambre y la explotación. Si no hallan medios eficaces y radicales, condenar la violencia equivale a canonizar el actual estado de cosas. Y la canonización del actual estado de cosas es mucho más antievangélica que la canonización de la violencia".
Hemos tomado estos conceptos de un reportaje al padre Hernán Benítez, publicado en esa época en la revista "Cristianismo y Revolución".
Estos conceptos abren camino a sectores de origen católico que se vuelcan así a la lucha del modo en que ésta se presente, armada o no, y muchos, indudablemente, se suman con entusiasmo a los cuadros de la guerrilla.